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Psiquiatria vs. psicoanalisis: estamos todos locos?

Por Matías Loewy:

Juan M., un docente de La Plata de 44 años, casado y con dos hijos, es un acaparador serial. No puede dejar de amontonar en la casa de su madre (una viuda de 87 que vive a pocas cuadras) recortes de madera, electrodomésticos en desuso, restos metálicos, cubiertas o piezas mecánicas de vehículos que va juntando de la calle. Los trastos, aunque podrían tener algún uso potencial, terminan en la práctica juntando polvo e invadiendo habitaciones. Pero le cuesta muchísimo desprenderse de ellos. La casa de su mamá, dice con culpa, “se fue vaciando de gente y llenando de objetos”. Pero la pulsión recolectora es más fuerte.

Aunque Juan M. tiene recuerdos de esa costumbre desde la infancia, “desde hace un par de años se ha convertido en un problema que se magnificó y al que no pude encontrarle solución”. ¿Qué hacer entonces? Una alternativa clásica podría ser la siguiente: embarcarse en un largo tratamiento psicoanalítico, a menudo durante años, para develar la raíz íntima y biográfica de esa manifestación. Pero, como advierte Gabriel Rolón en el prólogo del bestseller Historias de diván, quien opte por ese método deberá saber que va a entrar en un mundo que lo llenará de confusión y perplejidad. “Cada analizante (paciente) trae con él un jeroglífico, algo que se oculta y que desde su escondite se resiste a salir a la luz”, grafica.

Otra opción, en cambio, le resulta en principio más seductora. Desdeña las búsquedas de significados y promete soluciones más expeditivas. Para hacer el diagnóstico, el psiquiatra o psicólogo tildará los síntomas del paciente como si se tratara de ir tachando los útiles de la lista del colegio a medida que se los consigue. Y luego, implementará un tratamiento específico, si es posible breve, con psicofármacos o algún tipo de terapia cognitiva, para corregir la desviación o intentar “reformatear” la mente.

Son dos enfoques, dos paradigmas, cuyos defensores han ido radicalizando posiciones en las últimas décadas. Y que podría entrar en un punto sin retorno a partir de mayo próximo, cuando se publique la quinta edición del DSM: la influyente guía de clasificación estadística y diagnóstico de enfermedades mentales que se considera una “biblia” de los psiquiatras. El lanzamiento ya está produciendo una tormenta en el universo psi. El DSM, elaborado por la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos (APA) pero adoptado extensamente en nuestro país, va a experimentar su mayor renovación en tres décadas. Y mientras algunos especialistas valoran el intento de refinar la detección de distintos trastornos que no encajaban en las guías previas, otros denuncian que el DSM-V avanza en el proceso de “patologización” de conductas normales, promueve el diagnóstico “fast-food” por parte de no expertos y alienta el uso desmesurado de psicofármacos, incluso desde la infancia.

“El efecto va a ser nefasto”, pronostica Néstor Yellati, psiquiatra y psicoanalista de la Escuela de Orientación Lacaniana, en Buenos Aires. El DSM-V, dice, va a seguir favoreciendo “epidemias de diagnósticos”. “No necesitamos más enfermedades, sino profesionales a la altura de su época que sepan escuchar y abordar las problemáticas de sus pacientes”, agrega.

El DSM, sobre todo a partir de su tercera edición, ha buscado objetivar las características de las dolencias psiquiátricas y unificar criterios entre los profesionales. Aunque la guía fue diseñada originalmente sólo con fines investigativos epidemiológicos, su impacto en la Argentina y muchos otros países del mundo es marcado: las coberturas médicas la utilizan como referencia para definir qué aflicciones van a cubrir, por cuánto tiempo y bajo qué enfoque de tratamiento.

Psicoanalisis, ciencia y caza de brujas

 

Psicoanalisis, ciencia y caza de brujas, por Marta Maside

Hace unos días leí, con desagradable sorpresa, que la OMC (Organización Médica Colegial) abría un Observatorio desde el cual denunciar lo que viene a denominar las “prácticas pseudocientíficas”, entre las cuales lista una serie bastante dispar, y en ella, figura el psicoanálisis.
Sorpresa, porque la existencia de los colegios profesionales responde a la necesidad de regular una práctica: la propia. Cada uno, la suya. ¿Por qué iba a erigirse la OMC en reguladora de otras prácticas? ¿Ha leído todas esas doctrinas en profundidad, ha revisado sus clínicas para poder emitir un juicio fundado acerca de su pertinenecia o su “cientificidad”?
Desagradable, porque encontré el nombre del psicoanálisis entre esas prácticas “pseudocientíficas”. No sabía que la OMC hubiese leído a Freud, a Lacan y a Miller con tanto detenimiento, que hubiera puesto en práctica la clínica y el análisis personal de los practicantes, para llegar a concluir que se trata de una pseudociencia. Porque los que sí que lo hemos hecho, los que los hemos leído y los seguimos leyendo, concluimos otras cosas.
Como en los últimos tiempos ya he venido escuchando esta cantinela más de una vez, me parece necesario aclarar un punto de partida: el objeto de estudio del psicoanálisis es la subjetividad del ser humano. La subjetividad es el producto del encuentro, singular e irrepetible, de cada ser hablante con el lenguaje; producto que se irá contruyendo y estructurando a lo largo de su existencia, y que gobernará todas sus decisiones en la vida.
Subjetivo, es el par opuesto de objetivo. Lo que estudia la ciencia es aquel objeto que es medible, cuantificable, reproducible, y cuyos efectos, bajo determinadas condiciones, son siempre replicables. ¿Puede aplicarse el método científico a la subjetividad para extraer un saber sobre la misma? No lo parece.
Sigmund Freud, un neurólogo, llegó a esa conclusión y se apartó de la biología para seguir el rastro de unos síntomas que no obedecían a las leyes científicas de la anatomía, sino a la lógica de la palabra -como supimos años más tarde, gracias a la posterior investigación de J. Lacan.
Es decir, que Freud encontró en su práctica médica datos empíricos que apuntaban a inferir la existencia de otro mecanismo, psíquico, que actuaba porque producía efectos en el cuerpo de los pacientes. A este mecanismo psíquico lo llamó inconsciente. Y fueron estos casos clínicos los que lo condujeron a investigar las leyes de su funcionamiento, y el método más apropiado para abordarlo. Tarea en la cual sigue implicado el psicoanálisis a día de hoy. Primero con Freud, después con Lacan, y ahora con J.-A. Miller.
El psicoanálisis es una disciplina que desde su nacimiento ha extraído el cuerpo de sus conocimientos de los hallazgos de la clínica. Esto es, supone el empirismo de la observación y el tratamiento del caso por caso.
El psicoanálisis no es una ciencia, es una disciplina rigurosa, con unos principios definidos, que aborda el sufrimiento psíquico -la salud mental, podemos decir- y que lo trata por la vía de la palabra, obteniendo unos efectos tanto terapéuticos como de saber, que están a disposición de cualquiera que desee conocerlos o de hacer la experiencia de un análisis.
La subjetividad no es sólo lo que gobierna nuestra vida, la herramienta con la cual afrontamos e interpretamos los acontecimientos; sino que concentra todo aquello que nos hace humanos, porque surge del anudamiento particular que se produce entre la palabra y el afecto en cada uno de nosotros. No deberíamos olvidar esto, en los tiempos que corren de la burocratización y la protocolización generalizadas, en los que el peso de la ciencia, seguramente mal entendida o mal aplicada, no soporta ningún tipo de incertidumbre… ¿pero qué es la ciencia, sino se funda en el deseo de saber? ¿Es el único método de conocimiento posible para el ser humano?
La subjetividad tiene sus propias leyes, que no pueden medirse con escuadra, ni analizarse con microscopio, ni reproducirse mediante réplica exacta de su algoritmo. Y a lo mejor, ni falta que hace.

Elige a un paciente mental y te revelaremos tu miedo mas profundo

¿Sabes a qué realmente le tienes miedo? ¿Qué es lo más aterra tu subconsciente? Para responder a esta pregunta, el famoso psiquiatra y psicoanalista húngaro Léopold Szondi ideó un test para explorar los impulsos más guardados y los miedos más fuertes que esconden las personas. ¿En qué se basa? En la simpatía o aversión que podemos sentir al ver fotografías de psicópatas.

Según Szondi, todo aquello que nos molesta en la vida adulta nos molestó en las primeras etapas de la vida infantil, y con el paso de los años lo hemos reprimido.

¿la pasión sólo dura tres años?

Por:
AGUSTINA ROBLES URQUIZA

El enamoramiento produce además un nivel de energía inusitado. Los primeros meses las parejas pasan la noche despiertos y no sienten cansancio. Entre doce y dieciocho meses más tarde, a los enamorados ya no les transpiran las manos. Se duermen más temprano y sus corazones dejan de saltar al cielo. Esta teoría biologicista explica que es natural que luego de una etapa de enamoramiento feroz, bajen los decibeles. Según este enfoque, el sistema nervioso da paso al amor calmo, mejor escenario para cuidar la primera infancia del hijo. Aquí ya no hay romance sino apego, algo muy necesario para nuestro cuerpo. Los investigadores liderados por Fisher concluyen que ese amor del que somos capaces tiene una duración relativamente corta para que el organismo no se desgaste. Matizar tanta locura es, entonces, un mecanismo de auto-conservación.
No se puede medir el amor
Desde la vereda de enfrente a esta clase de enfoques, el reconocido psicoanalista y escritor Gabriel Rolón asegura que no hay tubos de ensayos, resonancias magnéticas ni encuestas que sirvan para medir el amor. Sin embargo, Rolón coincide en que el enamoramiento es una fase, que tarde o temprano se termina. “Pretender sentir mariposas en la panza todo el tiempo es un pensamiento adolescente”, dice y remarca que igualmente algo del enamoramiento primario puede estar a lo largo de los años en una relación de pareja.
Rolón destaca que, con el tiempo,  el enamorado comienza a percibir que el otro tiene cosas que no le gustan. “Al principio, el enamoramiento es un flasheo permanente. Vemos al amado más lindo, más alto y más inteligente de lo que es”. Tras ese periodo llega uno nuevo en que el enamorado se da cuenta de que su pareja no es el ser perfecto que creyó,  y que no puede llenar todos sus anhelos.

“Es entonces que llegan las recriminaciones del tipo vos ya no sos la persona que conocí. Pero el otro es la misma persona, lo que cambió es la percepción del enamorado”. En esta fase se tiende a ver a la pareja peor de lo que es, porque el enojo magnifica los defectos.
¿Y por qué sucede, al principio, esa magnificación del otro? En su libro Encuentros (El Lado B del Amor), Rolón indica que el enamoramiento genera  ilusión de eternidad y de que el otro nos completa. Pero esa persona no existe. “Nadie puede sostenerse en ese lugar, en un tiempo más o menos largo, esa etapa cae y da paso al segundo momento en la construcción del amor, que me gusta llamar desilusión”. En el tiempo que demanda la construcción de una pareja el enamoramiento es algo que pasa “porque si no el sujeto quedaría eternamente con un déficit de amor para consigo mismo; podríamos decir, sin amor propio”.
Cuando llega la desilusión, hay peligro de querer terminar con todo y aparece el deseo de romper  la relación, porque el otro no resultó ser lo que se creía. Aquí es cuando se debe estar alerta y asumir que por más lindas que sean las mariposas, si queremos una relación adulta hay que aceptar que se van.
Una vez atravesados esos dos periodos (de ilusión y desilusión), los amantes pueden verse más parecidos a como realmente son y recién entonces podemos hablar de amor. “El amor es una construcción y es solamente el punto de partida”.

 

“…histeria y obsesión comparten el hecho de ser modos de división…”

Luciano Lutereau escribe:

Es conocida la respuesta típica del histérico ante el deseo del Otro: la defensa ante la posición de objeto. Recuerdo el caso de una analizante a la que, en cierta ocasión, luego de que dijera que el hombre con el comenzaba a verse “nada más” quería acostarse ella, le sugerí que “también podría decirse que nada menos”; o bien, la situación de esa otra analizante que se preguntaba si el hombre la quería a ella o a su cuerpo, en la que no pude dejar de pedirle que especificara la diferencia entre ambas instancias. “No vamos a arruinar este momento con una demostración de la existencia del alma”, le propuse al saludarnos.

Sin embargo, por conocida que sea la posición defensiva de la histeria, no es tan evidente que el drama amoroso sea la vía con que se recubre la presencia inquietante ante el deseo. Es en la histeria que encontramos, con mayor frecuencia, las más diversas fantasías en torno al amor y sus vicisitudes: desde la expectativa de que el Otro sea el “adecuado” (una de cuyas versiones es la del “príncipe azul”) hasta los temores respecto de cuánto podría durar la relación. Porque si en última instancia se va a consentir, más vale que sea con motivos. Dicho de otro modo, en este punto es que se pone en juego el modo en que se espera que alguna garantía sostenga el amor para condescender al deseo.

He aquí el núcleo de lo que Lacan llamaba la “armadura” del amor al padre en la histeria. Por supuesto que no se trata de la figura del padre como tal (“el progenitor”, podríamos decir). Respecto de esta cuestión más vale volver a ser freudianos, ya que es lo que puede advertirse en el primer sueño del caso Dora, que Freud interpreta en términos de un “refugio en el amor al padre” ante la coyuntura del escena en que fuera requerida por el señor K. La versión del padre (la père-version) de la histeria consiste en hacer del amor el lugar desde el cual denunciar la seducción del Otro.

De este modo, histeria y obsesión comparten el hecho de ser modos de división entre amor y deseo, pero tratan este conflicto de maneras diferentes, lo cual tiene importantes incidencias en la orientación del tratamiento. Es inútil forzar al obsesivo en la vía del reconocimiento del “ser- para- el- amor”, tanto como lo es apuntar a que la histérica consienta sin más al deseo. De la misma manera que no hay análisis de la obsesión que no atraviese los camuflajes y trampantojos del deseo, ni análisis de la histeria que no deba dedicar un buen tiempo a las versiones y semblantes del amor.