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“El psicoanálisis no busca que estés bien, sino que seas tú mismo”

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Luis Condon entrevista a Gabriel Rolón:
Quizás uno de los componentes que alarga el sufrimiento sea la depresión.
La depresión tiene que ver con eso. Somos concientes de nuestra propia finitud, decía don Miguel de Unamuno. Y se preguntaba cómo hacemos para no vivir angustiados, sabiendo que tarde o temprano nos vamos a morir. La manera en que logramos vivir, sin tanta angustia, es poniendo cosas ante nosotros. Esas cosas son los proyectos, los sueños. El depresivo es aquel que ha perdido esos velos que oculta la muerte.
En el libro dices que te gustaría salvarles la vida a tus pacientes, pero no puedes. ¿Cómo los ayudas?
Lo más importante es tener una libertad de escucha, como para descubrir qué es lo que este paciente quiere de verdad. El psicoanálisis no busca que estés bien. Busca que seas tú mismo. En ese sentido, uno no se va de un análisis diciendo “qué bien que me siento”. Se van de un análisis diciendo “yo soy otro”.

“La afirmación de que Borges era un paranoico es un tanto arriesgada”

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David Gonzalez escribe:

La afirmación de que Borges era un paranoico es un tanto arriesgada. Sus mitómanos no perdonarían la infamia y sus detractores la sumarían al desprecio de recordar su célebre frase que unía como sinónimos democracia, superstición y estadística.Anotar en una biografía del autor de Ficciones, El Aleph o El libro de Arena ciertas obsesiones -complejos de inferioridad o de Edipo, celos fraternos de Norah Borges, dependencia de su madre Leonor o conducta narcisista defensiva- sería algo simplista (¿o apócrifo?). Porque si de verdad existía una obsesión para Borges, según se desprende de sus palabras y escritos, era única e irrenunciable. Borges –y esto puede admitirse también como suposición- deseaba ser BORGES, con mayúsculas. Borges no quería que leyéramos sus libros, sino a Borges. Para ello, irremediablemente, tuvo que espiarse a sí mismo. Ya en una de sus célebres sentencias puede resumirse su vida: “Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca”.Así sea: un deseo hecho biografía, puesto que Borges, hijo de un abogado con expectativas frustradas de escritor, crió sus inquietudes bajo el bilingüismo (hablaba inglés y castellano). Aprendió francés, latín, alemán y, a lo largo de su vida, otros tantos idiomas. Enuncian sus biógrafos que a los 10 años tradujo a Oscar Wilde y, posteriormente, son codiciadas sus traducciones de Chesterton, Poe, Wolf, etc. Borges, por tanto, suponemos que optó por una vida quijotesca de vivir en los libros lo no vivido en su día a día. De nuevo rescatamos palabras de Jorge Luis Borges. Fueron pronunciadas en una conferencia de 1971, en Londres: “Yo tenía, de niño, tres espejos enormes en mi habitación, y sentía por ellos un miedo profundo porque (…) me veía a mí mismo triplicado, y tenía mucho miedo al pensar que tal vez las tres formas comenzaran a moverse por su cuenta”. Así, el sueño se hizo realidad. Borges primero vigiló a los clásicos en versión original, tradujo sus palabras y, finalmente, cuando el Borges lector se convirtió en escritor, un día el reconocimiento internacional le tocó en el hombro –aunque a su pesar no le otorgaran el Premio Nobel-. Renegó entonces de sus primeras obras y revisó concienzudamente sus múltiples reediciones. Espía de sí mismoLlegó, entonces a un espionaje de sí mismo inigualable. Incluso cuando sus ojos se apagaron a causa de una ceguera heredada de su padre, Borges seguía escuchando su Literatura bajo el cobijo de las lecturas de su madre y luego bajo la atención de su viuda María Kodama. Espiar, perfeccionar, espiar. El perfeccionismo aplicado a uno mismo es un defecto que los acérrimos de Borges lo extreman hacia la virtud. Por eso, quizás, el texto más indicativo de su peculiar delirio, en el que desde el propio título nos enseña qué postula, sea Borges y yo: “Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra”.Borges, el hombre, narra sobre Borges, el escritor. ¿Estilo u obsesión? ¿Originalidad o influencia cervantina? Difícil responder, puesto que la literatura de Borges es miniatura, juega con su propio juego, sueña lo soñado, incluye en la brevedad un universo o el infinito de todas las literaturas. ¿No sería que Borges, vigilante de sí mismo -“de un modo vanidoso”, como cita en Borges y yo– conocía sus propios límites? ¿Y no son los géneros el límite más óptimo para crear una sólida estructura narrativa?¿Quién era Borges?Borges ocultaba a Borges bajo un sutil disfraz. El escritor argentino –además de la poesía y el ensayo- se universalizó por sus cuentos fantásticos, en los que introducía inalcanzable erudición: metafísica, matemáticas, filosofía… El género fantástico tiene algo de fronterizo, en el que a un lado y a otro, lo cotidiano y la posibilidad (o la locura) convergen. Borges nunca escribió una novela. Ese fue su límite. Su obsesión era otra. Porque a quién no le hubiera gustado contemplar a Borges en su infinita biblioteca. Y no releyendo a los clásicos, sino revisando, por ejemplo, su texto Agosto, 25, 1983, en el que Borges entra en un hotel y se descubre a sí mismo, más viejo y a punto de suicidarse. Quizás la revisión de esta narración por parte de Borges –la escena en su biblioteca- fuera la mejor metáfora que describiría al escritor que se siente autovigilado: espiaba al Borges escritor, al Borges narrador de dicha historia, al otro Borges personaje que se suicidaba ante su propio yo, a los dos Borges que se soñaban… ¿Paranoia o genialidad? Imposible responder, quizás lo supiera Miguel Khoan Miller, psicoanalista que lo trató durante tres años, según detalla el amor imposible de Borges, Estela Castro, en su polémico libroBorges a contraluz. De esas sesiones se podría haber extraído muchas huellas de lo que posteriormente plasmó en su obra. Sin embargo, el secreto de que Borges se sometía a psicoterapia contrasta con otras afirmaciones. “Muchos críticos se empeñan en que Borges era un obsesivo”, nos comentaba su viuda y albacea María Kodama a un grupo de periodistas recientemente. “Borges era muy lúcido, muy crítico. Corregía continuamente. Su obra nunca era definitiva”, decía Kodama.

“…un marido genera 10 veces más stress que un hijo”

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Luciano Lutereau escribe:

Recientemente vi en la televisión un documental sobre fertilización, en el que una mujer comentaba la decisión de tener un hijo “sola”. No le faltaba una pareja. No le faltaba nada. Pero era algo que no quería compartir. Literalmente, dijo que le “daba paja” la vida familiar con un hombre. En última instancia, así se reservaba la última palabra. Nadie le puede decir nada sobre su hijo. Su autoridad es absoluta…

 ¿Quién podría juzgarla? No está ni bien ni mal. Es una elección. Hacia el final ofrecía un detalle cuyo valor clínico es precioso (y preciso): antes del embarazo, se compró un perro para practicar. Un hijo puede sustituir al falo, también a una mascota. El niño como “Tamagotchi” es parte de lo que hace tiempo vengo llamando “clínica del soltero”, es decir, una descripción de las posiciones de aquellos que bien pueden no rechazar la pareja, pero sí la realización subjetiva a través del encuentro con el otro sexo (en Otro).

 Veámoslo con otro caso. Esta vez más general. Todo varón conoce la dificultad de sacar a bailar a una chica. El corto de Martín Piroyansky “Un juego absurdo” (2009) lo demuestra: por un lado están los muchachos, por el otro las mujeres y, en el medio, el deseo. La iniciación sexual está mediada por esa tensión que hace del encuentro algo contingente, que requiere la puesta a prueba de la potencia y, eventualmente, la precipitación de un síntoma (como la vergüenza).

Ahora bien, en “El baile de los solteros” (2004), Pierre Bourdieu se ocupa de la posición de aquellos hombres que no bailan, y se quedan al margen, que miran. Son “incasables”, dice. Están excluidos del “mercado matrimonial”, agrega. Es atractiva la idea del matrimonio como un “mercado”. El sociólogo advierte que en Bearne son los primogénitos los que ocupan ese lugar. En otro tiempo, hubieran sido candidatos inmejorables. No obstante, los tiempos cambiaron con el desarrollo de las ciudades y las industrias, y a los hombres “arraigados” les bajaron el precio, porque el matrimonio ya no vale como alianza en el contexto de la modernidad desarrollada.

Es valiosa la ecuación que se produce: el que queda nombrado por una herencia, en tiempos de la decadencia del patriarcado, sintomatiza el matrimonio. Los solteros no bailan porque, como dice una canción de Café Tacuba: “El amor es bailar”.

Consideremos un último punto. Según un estudio de la Universidad de Michigan, tener un marido genera una carga extra de 7 horas semanales de trabajo. La Organización Mundial del Trabajo, en el 2016, afirmó que un marido genera 10 veces más stress que un hijo. Estamos hablando siempre de un marido “normal”, porque si a esto le agregamos que podría tratarse de un vicioso (alcohólico, fanático de Racing, lacaniano) las cifras se disparan. Sin duda, esto hace del matrimonio (única manera de consagrar la unión con un marido) una elección poco conveniente. Podríamos bromear y decir que es preferible el giro neoliberal y tercerizar el servicio, flexibilizar el modo de contratación, anular el convenio colectivo del amor conyugal.

De acuerdo con cierta orientación contemporánea, es importante avanzar en el cuestionamiento del patriarcado, pero no de manera ingenua, dado que en nombre del deseo podemos realizar el sueño del individualismo burgués y capitalista. Si el deseo no destituye al sujeto, es mero cálculo, la más básica de las formas masculinas de sexualidad: la “paja colectiva” del adolescente varón. Desde mi punto de vista, no se trata de liberarse sino de buscar otras formas de compromiso con el otro.

Para concluir, si la Organización Mundial del Trabajo sostiene que un marido causa 10 veces más stress que un hijo, es porque se supone que un marido es comparable con un hijo. En efecto, sólo para una madre vale esta suposición, lo que demuestra el carácter machista del informe (a pesar de su intención progresista), que sólo piensa a la mujer a partir de la demanda. Pero no sólo es machista, sino también normativo, ya que reprime el deseo que podría llevar a una mujer a “adoptar” a un hombre. ¿Qué prejuicio menosprecia que un hombre pueda reencontrar en una mujer algunas huellas maternas? Eso es la histeria y su queja: “Soy tu mujer, no tu mamá”, que absolutiza lo femenino como algo opuesto a la maternidad. Esta cuestión nos devuelve al caso del principio.

“pareciera que matan en su fantasía a una Madre que también quiere ser mujer”

El suboficial de la Prefectura Naval, delegación Paraná, Orlando Ojeda, asesinó el sábado a dos mujeres. Diario UNO de Parana / Archivo Clarín.

El suboficial de la Prefectura Naval, delegación Paraná, Orlando Ojeda, asesinó el sábado a dos mujeres. Diario UNO de Parana / Archivo Clarín.

Madre, mujer, santa y puta

El psicoanalista argentino Sergio Zabalza explica así el fenómeno en una nota en el diario Clarín del 8.11.2016: “Estos feminicidios múltiples revelan quizás algo de lo que palpita en la psiquis de estos desquiciados: pareciera que matan en su fantasía a una Madre que también quiere ser mujer”. “Al macho del siglo XXI la Toda Madre se le transforma en Toda Mujer”, dice Zabalza, y su conjetura es que el machismo asesino es el intento fallido de “neutralizar a una madre que aparece como omnipotente”.

¿Es esto consecuencia de una cultura en la que se idealiza la figura materna a tal punto de provocar una dicotomía de tal dimensión? “En Argentina existe todavía la tradición del tango, en la que la mujer es buena y maravillosa cuando es la madre y pasa a ser una puta cuando es pareja y quiere su autonomía”, opina Monique Thiteux-Altschul. “La mujer es vista, y eso sin diferencias de clase, de capas sociales ni de acceso a la educación, como una propiedad. Cuando pierde el control sobre esa propiedad, el varón se vuelve loco”, afirma. “Esto ya no es amor, es que su machismo no les permite que sean de otro. Es la posesión por la práctica sexual”, coincide Mabel Bianco.

También el aumento en el consumo de drogas, que está fuera de control desde hace algunos años, ahora hace estragos, señala la experta: “Hay numerosos casos de sometimiento a través de las drogas, y de chicas muertas por sobredosis. Las secuestran y les dan droga para violarlas en grupo.”

De todos modos, esas posibles causas no terminan de explicar la magnitud que ha cobrado la violencia contra las mujeres en Argentina. El cuerpo de la mujer se ha convertido en un campo de batalla en el que se escenifican actos totalmente deshumanizados. “Los hombres que atacan a las mujeres entran en una alucinación de poder sin siquiera pensar en que pueden ir presos. En muchos casos se suicidan después de haber matado a la mujer”, subraya Monique Thiteux-Altschul, una de las voces más importantes del movimiento feminista en Argentina. “Ahí se ve también la poca importancia que tiene para ellos su propia vida”.

“…ha podido hablarse…de una ‘feminización’ de los varones”

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Luciano Lutereau escribe:

“Por eso ha podido hablarse, en los últimos años, de una ‘feminización’ de los varones.”