Archive for the ‘Psychoanalysis’ Tag

“…el amor es ciego y anda siempre con la locura”: Dra. Judith Harders

 

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Dra. Judith Harders escribe:

“Freud hablará de nuestra indefensión originaria. Si lo pensamos bien, es impresionante darnos cuenta del tiempo que necesitamos para estar listos para el mundo. Es nuestra fuerza y a la vez nuestra debilidad dirá el psicoanalista. Las experiencias de satisfacción junto con las experiencias de dolor, marcarán nuestro camino hacia el otro en tanto encuentro amoroso. Y sí, en efecto, pueden buscar miles de artículos para desmentirlo, agarrarse de la ciencia más dura para no pensarlo, pero lamento decirles que por mucha hormona que haya de por medio, por mucho instinto que asegure la supervivencia de la especie, el encuentro amoroso, enamorarse, es incontrolable, inconsciente, no se puede detener, te parte como un rayo y punto.

Un cuento de tradición oral nos cuenta que, en un gran encuentro entre los vicios y las virtudes, la locura propuso jugar a las escondidas. El amor se escondió en un rosal; la locura había encontrado a todos los vicios y las virtudes pero no al amor. La sinceridad denunció el escondite y la locura agarró un palo para no pincharse con las espinas y fue hurgando en el rosal. De pronto se oyó un grito de espanto y salió el amor con los ojos ensangrentados. Los vicios y virtudes denunciaron la locura de la locura y la castigaron a acompañar siempre al amor. Así es como el amor es ciego y anda siempre con la locura.”

“¿Cómo ser dos en una relación?”

Luciano Lutereau escribe:

“Roma no se hizo en un día” recuerda una célebre canción de Morcheeba. El tema de la letra es el proceso que una pareja debe atravesar para consolidarse. Pasada la etapa del enamoramiento, suelen llegar las peleas; y los primeros conflictos suelen determinar la continuidad, o no, del encuentro que hizo que dos confiaran que podían ser uno.

¿Cómo ser dos en una relación? He aquí una pregunta que, de modo diverso, y con variados matices, muchas parejas traen a la consulta. En particular, con el fin de la etapa de la fascinación empiezan a aparecer las mañas, hábitos y costumbres que hacen del otro un ser diferente… al que se proyectó en la fantasía. Cuando el semejante se vuelve un prójimo, más o menos invasivo, pero siempre incómodo en su singularidad, es que comienzan las preguntas en torno a la “aceptación” (eufemismo, a veces, para nombrar la “resignación” a la que muchos se sienten obligados).

Pasada la etapa del enamoramiento, suelen llegar las peleas; y los primeros conflictos suelen determinar la continuidad, o no, del encuentro que hizo que dos confiaran que podían ser uno.

” …el amor al prójimo es bastante endeble…”

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Lucia Rangel escribe:

En suma, el amor al prójimo es bastante endeble y las leyes sociales son insuficientes para normar la convivencia con el semejante, pues en el fondo está la maldad constitutiva del humano que persigue el reencuentro con la muerte. La pulsión de muerte pone en marcha la repetición del evento traumático y con ello una fuerza pulsional que no alcanza nunca su objeto y por ende tampoco su satisfacción. Se llegará a pensar que el goce es masoquista en la medida en que se repite una y otra vez la misma forma insatisfactoria de alcanzar a un objeto inexistente; el eterno retorno de lo igual, que nunca será idéntico. Freud coloca a la pulsión agresiva como un sustituto de la pulsión de muerte que tiende a la destrucción y a la disolución, a diferencia de Eros cuya intención es la fusión.

 En lo que corresponde entonces al desarrollo libidinal tenemos una parte de esta pulsión de muerte que tuerce a su favor la meta erótica y conforma lo que llamamos las pulsiones sádicas presentes en la neurosis obsesiva. Se trata de una tendencia a la destrucción con fuerte liga de erotismo, en donde existe una mezcla de ambas pulsiones: de vida y de muerte. Admite asimismo que los componentes sádicos de la pulsión sexual a lo largo de la organización pregenital se conforman también como una mezcla de ambas pulsiones. Aun no sabe bien qué lugar o qué estatuto se jugaría para las pulsiones de muerte, sin embargo, en Malestar en la Cultura, propone y sostiene que debe de haber otra disposición pulsional originaria que funciona de manera autónoma sin ligarse al erotismo. Esta pulsión originaria vendría a ser un subrogado de la pulsión de muerte sin carga erótica. Entonces quedan delimitados dos campos en torno a la destrucción: el campo de la violencia erótica como una mezcla de pulsiones y otra original, que sólo tendría que ver con la destrucción o aniquilación del objeto como producto de la tendencia a la disolución previa a toda diferenciación del yo.

 Desde la lectura de Lacan también, habrá que distinguir la agresividad y los actos violentos como substrato de la estructuración narcisista del yo; y otra muy diferente, la del sadismo en tanto sería una pulsión no configurada a partir de la imagen narcisista del otro, de la víctima como objeto total, sino con el goce que proporciona la promulgación del derecho a usar el cuerpo del otro, conforme a mi deseo, entrando en juego el objeto parcial. Por tanto, el odio es correlativo del amor en lo que al registro imaginario se refiere, mientras que la pulsión de destrucción con fines eróticos se dirige a un objeto parcial no narcisista por lo mismo el objeto al que se dirige ya no está en el imaginario totalizante del otro, sino que está en relación directa con ese más allá del placer.

¿Por qué las parejas no duran?

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Luciano Lutereau escribe:

Ya no es como antes. El amor no es lo que era. Sin duda he aquí un motivo de queja corriente en nuestros días. Y si bien podemos estar de acuerdo con los hechos, lo cierto es que puede haber más de una interpretación para dar cuenta del frecuente malestar contemporáneo.

Al menos, puede haber dos interpretaciones. La primera, a la que quisiera llamar “pesimista”, enfatiza especialmente que el mundo ha cambiado. En las coordenadas actuales del capitalismo, las cosas del amor siempre pueden quedar relegadas. Es sabido que hay empleos para los cuales se buscan postulantes que sean solteros, ya que el vivir en familia implica “arraigo”, “compromisos”, y otros factores emocionales que son un obstáculo para el self-made man. Según estadísticas, este seductor trampolín para el desarrollo personal incluye también a muchísimas mujeres. La realización en el mundo del trabajo ya no es privilegio de los varones, sino que es para cualquiera que esté dispuesto a sacrificar su vida amorosa. Desde hace algunos años las películas de Hollywood no hacen más que hablar de esta cuestión.

Hoy en día no hay nada que no se pueda posponer por el crecimiento en el ámbito laboral. Hombres y mujeres en el consultorio cuentan cómo deben “negociar” con sus parejas antes de aceptar algún ofrecimiento tentador. “No me dejó por otra mujer, sino cuando decidió tomar el cargo de gerente”, me decía en cierta ocasión una paciente.

Y he aquí algo que también se verifica en la modificación (y ampliación) del período adolescente. La adolescencia como etapa de la vida se prolonga ya que los jóvenes de nuestro tiempo primero deben terminar el secundario, luego cursar estudios universitarios y, cuando parecía que constituir una familia era un opción, empiezan a surgir las ofertas de posgrados, la inserción en la profesión, etc., que lleva a que muchas personas (para ya no llamarlas “adolescentes tardíos”) tengan cerca de 40 años y, antes que la preocupación por una vida compartida, se les imponga el miedo de no poder tener hijos (a ellas) o el miedo a quedarse solos (a ellos).

Por supuesto que el párrafo anterior plantea una generalización apresurada; pero mi intención no se basa en el rigor del método sociológico. Mi interés radica en observar algo que puede parecer evidente: para la opinión pública un joven que tiene un hijo fue por algún motivo accidental, o porque se embarazó ¡para conseguir un plan social! Creemos que un joven debería estar pensando en su “futuro”, antes que en armar una familia.

Llamo a esta interpretación pesimista, porque tiene el peso de lo trágico sobre el destino humano. El mundo del capital nos impondría esta elección forzada, una suerte de resignación que sólo queda aceptar. Sin embargo, también hay lugar para una segunda versión del mismo hecho.

Me refiero a que nunca como hoy en día el matrimonio fue concebido como resultado de una elección amorosa. Si se busca al “candidato” para el puesto de trabajo, es porque ya no se lo busca en el amor. Un hombre o una mujer pueden ser “excelentes partidos”, pero eso no alcanza si el deseo no sostiene esa elección. Podría llamar “optimista” a esta fusión entre amor y deseo, pero lo cierto es también es una pieza clave para explicar por qué las parejas no duran.

En una relación, el amor rápidamente cede a la rutina, y el deseo… el deseo es algo demasiado variable como para fijarse en un solo destino. En última instancia, no sólo el mundo capitalista ataca a las parejas, sino que también los cimientos de las relaciones son demasiado endebles. En todo caso, antes que preguntar por qué no duran las parejas, la pregunta debería reformularse en los siguientes términos: ¿por qué una elección tan importante se supedita a componentes tan frágiles?

Aquí es donde puedo causar estupor en el lector. ¡Un psicoanalista que no enaltece el amor y el deseo! En absoluto. Desde mi punto de vista la cuestión es más compleja, y encuentro más conveniente pensar que el amor es un sentimiento de madurez, que sólo después de mucho tiempo se llega a amar a alguien; de la misma manera que el deseo que se confunde con la excitación es más bien pobre, y que ciertas personas que amamos son una invitación a desear antes que el objeto deseado.

“El amor femenino es ‘erotómano’, por eso es importante no neurotizarlo”

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Luciano Lutereau escribe:

Volvamos al amor contemporáneo. En nuestros días, en el amor se busca seguridad, tranquilidad, un remedio para la soledad. El amor como “pharmakon” de nuestro tiempo, y los síntomas de las parejas actuales, poco tienen que ver con las condiciones que el falo le imponía al deseo. Este aspecto sí es preciso destacarlo, más allá de una cuestión de género. Del amor-fetichista hemos pasado al amor-osito-de-peluche-de-Taiwan (como dice la canción de Los auténticos decadentes: “Al ratito te comienzo a extrañar/ me preocupa que te pueda perder”), que demuestra que la verdadera relación de pareja contemporánea no es hombre-mujer (ni hombre-hombre, ni mujer-mujer) sino, cada vez más, madre-hijo/a. Antes que una feminización de la experiencia amorosa, quizá sería más preciso hablar de una “infantilización” de la misma, en convergencia con la anticipación de Lacan hacia fines de la década del ’60, cuando hablara de la época del “niño generalizado”.

No obstante, esto no quiere decir que el amor femenino no tenga matices específicos en el mundo contemporáneo. Aquí nuevamente cabe una distinción en torno a un prejuicio. Partamos de una frase que expone un malestar habitual en las mujeres: “Siempre quiero verte”. Alguna vez me lo dijeron. Muchas más veces lo escuché en mujeres que hablaban del sufrimiento que les produce amar. El amor femenino es “erotómano”, por eso es importante no neurotizarlo. Para eso ya están los hombres, que se quejan del reclamo amoroso; o las amigas, que sugieren ocuparse de otras cosas, no ceder al síntoma. Como si se pudiera. Pero el mayor extravío de un analista sería confundir esa forma de vivir el amor con un tipo clínico. Hay poco de histérico en este sufrimiento. Puede que sea de lo que hoy se llama “minita”, pero no de histérica.