Archive for the ‘Psychoanalysis’ Tag

“Cuando se echa el síntoma por la puerta, vuelve a entrar por la ventana”: Judith Miller

La filósofa Judith Miller, hija de Jacques Lacan en Buenos Aires, 2009. Foto: Gustavo Ortiz

Judith Miller, tercera hija del psicoanalista francés Jacques Lacan murió el miércoles 6 de diciembre. Tenía 76 años, presidía la Fundación del Campo Freudiano y estaba casada con el psicoanalista Jacques Alain Miller, el “mejor” alumno de su suegro y encargado de transcribir las conferencias de Lacan. Judith, doctora en Filosofía, dedicó la vida entera a difundir la obra de su padre, hablaba español y visitó Buenos Aires en varias oportunidades.

Antes de adoptar el apellido Miller fue Lacan y en un principio fue Bataille, el primer esposo de su madre. Sin vueltas, fue una hija extramatrimonial. Una caracterización que iba a marcar su vida. Cuando estuvo en Buenos Aires en 2009, le dijo a Clarín “La novedad permanente es la enseñanza de Lacan. Pero no quiero que sea equivalente a decir tenemos únicamente la enseñanza de Lacan y no tenemos que hacer nada más que repetir lo que él ha dicho. Los analistas y la gente que trabajan con ellos, los analizantes, particularmente, me parece, participan de una búsqueda al nivel clínico, de la doctrina analítica, a cada nivel que hace parte de las luces lacanianas”.

La Fundación del Campo Freudiano es una red psicoanalítica importante y poderosa que funciona en muchos países y en la que su marido, el psicoanalista Jacques-Alain Miller organiza la transmisión del psicoanálisis tal como lo concibió Lacan. Judith también dirigía Colofón, el órgano de información del Campo Freudiano. En la visita a Buenos Aires de 2012, ella y Jacques Alain Miller fueron recibidos por la presidenta Argentina, Cristina Fernández de Kirchner. En la Argentina, el psicoanálisis puede ser una razón de Estado.

En su magnífica biografía Lacan, Elisabeth Roudinesco cuenta que Judith nació el 3 de julio de 1941, “en las horas más sombrías de la ocupación (nazi)” y que fue registrada como Judith Sophie, en la alcadía de Antibes bajo el apellido de Bataille. La hija de Lacan adhirió al maoísmo en los años sesenta, se doctoró en Filosofía en La Sorbona en los setenta y, en los ochenta, dirigió la revista de cultura llamada L’Ane (El Asno) y la colección Champ Freudien en Editions du Seuil. Es autora, entre otras obras, de La sesión analítica y el Álbum Jacques Lacan. Imágenes de mi padre, publicados por Paidós en 1991.

En el diario Le Monde, Roudinesco subrayó que Lacan tenía una verdadera adoración por su hija, que era mutua. Sufría con amargura por no haber podido darle el apellido desde el nacimiento y él estaba deslumbrado por su belleza, sus dones y virtuosidad intelectual.

“Es verdad que el efecto de un análisis no es de normalizar a nadie”, decía Judith en Buenos Aires. “Un análisis saca a la luz la singularidad de la persona que ha consultado. Es muy difícil saber quién soy yo. Una experiencia analítica permite ubicar cuál es mi deseo; si quiero lo que deseo. Es decir ubicar la división que cada uno tiene. Eso toma tiempo, es completamente antipático al apuro contemporáneo. Queremos ahora, inmediatamente lo que esperamos y es difícil de no ceder a este apuro. Pero el psicoanálisis no puede ceder a eso. Es una trampa. Cuando se echa el síntoma por la puerta, vuelve a entrar por la ventana. Ese es un principio fundamental del funcionamiento de la repetición”.

Judith fue una observadora atenta del fenómeno psicoanalítico en el mundo. Paradójicamente quien más hizo por la difusión del lacanismo nunca fue analista ni paciente. “Era una niña que veía llegar al consultorio gente que sufría. Y recuerdo cambios en los pacientes: poco a poco no los podía reconocer”, sostenía en su optimismo Judith Miller.

Advertisements

León Ostrov, psicoanalista de Alejandra Pizarnik, escribe: “Hace veinticinco años…”

Texto: palabras del psicoanalista León Ostrov, tomadas del libro Alejandra Pizarnik |León Ostrov. Cartas (Euvim).
Hace veinticinco años —fue a mediados del 57— una mujer me llamó por teléfono para pedirme una entrevista. Mi primera impresión, cuando la vi, fue la de estar frente a una adolescente entre angélica y estrafalaria. Me impresionaron sus grandes ojos, transparentes y aterrados, y su voz, grave y lenta, en la que temblaban todos los miedos. (Me acordé de esa criatura perdida en el mar de un cuento de Supervielle). El diálogo que entonces iniciamos, y que duró poco más de un año, continuó después, ya instalada en París, en cartas que no hacían más que corroborar lo que desde los primeros momentos supe: que con Alejandra Pizarnik, romántica y surrealista, pero por encima de todo, ella, Alejandra, inclasificable y única, algo importante se incorporaba a nuestras letras.
Alejandra me traía, habitualmente, un poema, páginas de su diario, un dibujo (había comenzado a asistir al taller de Batlle Planas). Y ahora lo puedo decir: no podía sustraerme al goce estético que su lectura, su visión suscitaban en mí, y quedaba, en ocasiones, si no olvidada, postergada mi específica tarea profesional, como si yo hubiera entrado en el mundo mágico de Alejandra no para exorcizar sus fantasmas sino para compartirlos y sufrir y deleitarme con ellos, con ella. No estoy seguro de haberla siempre psicoanalizado; sé que siempre Alejandra me poetizaba a mí.
La entrega de Alejandra a la poesía era total, absoluta. Fue lo que le permitió resistir —hasta que decidió abandonar la lucha— los embates del viento feroz. La irrenunciable y heroica tarea de acercarse al caos para entrever su ley secreta, de atisbar en las tinieblas para iluminarlas con el relámpago de la palabra precisa y bella fue la tarea que eligió como definición de su destino. (Necesito hacer bellas mis fantasías, mis visiones. De lo contrario, no podré vivir. Tengo que transformar, tengo que hacer visiones iluminadas de mis miserias y de mis imposibilidades… Hoy me apliqué varias horas a Góngora… él “sabía”, se daba cuenta de las palabras, de todas y de cada una).
 
Siempre confié en Alejandra. Más allá de sus desfallecimientos, de susabandonos, de sus renuncias, de sus angustias, de sus muertes —de su muerte— sabía yo que estaba salvada, irremediablemente, porque la poesía estaba en ella como una fuerza inconmovible. Y si los poderes oscuros,algunas veces, parecían ganar terreno, no era más que el trámite inevitable para que, después, lo terrible entrevisto se convirtiera en condición decrecimiento y de mayor lucidez. Hasta que Alejandra —hace diez años— decidió interrumpir su búsqueda. ¿Porque había ya encontrado? ¿Porque sintió que nunca encontraría? (Simplemente, no soy de este mundo… Yo habito con frenesí la luna… No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva… No puedo pensar en las cosas concretas; no me interesan… Yo no sé hablar como todos. Mis palabras suenan extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie…¿qué haré cuando me sumerja en mis mundos fantásticos y no pueda ascender? Porque alguna vez va a tener que suceder. Me iré y no sabré volver. Es más, no sabré siquiera que hay un “saber volver”. Ni lo querré acaso).
 
En una carta le contaba que en mis últimos días de París, allá por el 55, había resuelto llevarme algo de la ciudad —el inexcusable souvenir— y morosamente le narraba mi aventura. Alejandra, a su vez, me confió que detener que llevarse algo, como recuerdo de su estancia en París, se llevaría la fachada de una casa medio derruida que había visto en un pueblito — Fontenay-aux-Roses— cuya estación de ferrocarril está llena de rosas. Las ventanas de esa casa eran de color lila, pero de un lila tan mágico, tan como los sueños hermosos, que imaginaba que entraba en ella, y una voz la recibía: Hace tanto que te esperaba… Y allí se quedaba —para siempre — porque ya no tendría que buscar más.

“El psicoanálisis va a desaparecer”, dice Mikkel Borch-Jacobsen

Mikkel Borch-Jacobsen

Luisa Corradini escribe:

PARIS.– Los intelectuales norteamericanos llaman the Freud war a la guerra sin cuartel que libran, desde 1993, defensores y detractores de Sigmund Freud y de la teoría que modeló al hombre del siglo XX, el psicoanálisis.

En ese contexto, el filósofo e historiador Mikkel Borch-Jacobsen puede ser considerado uno de los generales que lideran las huestes antifreudianas. Es uno de los principales autores de un libro colectivo que acaba de ser publicado en París y que ha desencadenado la fase más despiadada de esta guerra: “El libro negro del psicoanálisis”.

Dinamarqués de nacimiento, francés por su educación, Borch-Jacobsen se instaló en los Estados Unidos en 1986. Es profesor en la Universidad de Washington. Identificado con la corriente constructivista del pensamiento, Borch-Jacobsen ha pasado los últimos 30 años de su vida denunciando “las falacias, ocultamientos y manipulaciones” de los representantes de la escuela freudiana, comenzando por su propio fundador. Su estilo pasional y directo aumenta el impacto de sus controvertidas posiciones.

Participaron unos 40 especialistas europeos y norteamericanos. La primera de las 830 páginas de “El libro negro del psicoanálisis” comienza así: “Francia es, con la Argentina, el país más freudiano del mundo. En nuestros dos países es comúnmente aceptado que todos los lapsus son reveladores, que los sueños develan deseos inconfesables y que un terapeuta es forzosamente un psicoanalista. (…) En el resto del planeta, desde hace 30 años, la autoridad del psicoanálisis se ha reducido en forma dramática. (…) ¿Francia y la Argentina serán las únicas en tener razón, contra el resto del mundo?”

“Cuál será el origen del malestar producido por la pérdida del objeto amado”

Aldo Dall’orso

Aldo Dall’orso escribe:
Cuál será el origen del malestar producido por la pérdida del objeto amado. Según Melanie Klein existiría una primera relación entre el duelo normal y la posición depresiva infantil. Para Klein, siempre que se experimenta la pérdida de la persona amada, esta experiencia conduce a la sensación de estar destruido. Se reactiva entonces la posición depresiva temprana y junto con sus ansiedades, culpa, sentimiento de pérdida y dolor derivados de la situación frente al pecho y toda la situación edípica, desde todas sus fuentes.
Por otro lado, En el duelo de un sujeto, la pena por la pérdida real de la persona amada está en gran parte aumentada, según piensa la autora, por las fantasías inconscientes de haber perdido también los objetos “buenos” internos. “Sabemos que en el sujeto en duelo, la pérdida de la persona amada lo conduce hacia un impulso de reinstalar en el yo este objeto amado perdido”

¿Porqué algunos individuos sufren más que otros y porqué estos últimos poseen las armas para sobrellevar de mejor forma la pérdida de la persona amada?
Según Klein, las experiencias desagradables y la falta de experiencias gratas en el niño pequeño, especialmente la falta de alegría y contacto íntimo con los seres amados aumenta la ambivalencia, disminuye la confianza y la esperanza, y confirma sus ansiedades sobre la aniquilación interna y la persecución externa; además, lentifica y a veces detiene permanentemente el proceso beneficioso a través del cual, a la larga, se logra una seguridad interior. Por consiguiente, la autora sostiene que “una buena relación con el mundo depende del éxito logrado en la lucha contra el caos interior (la posición depresiva) y en haber establecido con seguridad objetos “buenos” internos”

A modo de conclusión, lo que Melanie Klein aporta es el origen infantil proveniente de una deficiente resolución de la posición depresiva en el niño, como una explicación para comprender por qué la ida de la persona amada origina sufrimiento y porqué para algunas personas es una experiencia tan traumática. Pero independientemente del origen de dicha pena, cómo puede el sujeto posmoderno sobrellevar y superar el dolor que lo carcome, ¿existirán caminos más adecuados que otros, los cuales entreguen un alivio a aquel que sufre en demasía?
Una parte esencial del trabajo de duelo, tal como lo señaló Freud es el juicio de realidad,“En la aflicción, explicamos este carácter, admitiendo un cierto lapso para la realización paulatina del mandato de la realidad, labor que devolvía al yo la libertad de su libido, desligándola del objeto perdido” 
Según Klein, en el adulto, sobreviene el dolor con la pérdida de una persona amada; sin embargo, lo que lo ayuda para vencer esta pérdida abrumadora es haber establecido en sus primeros años, “una buena imago de la madre dentro de sí”. Por otro lado, el sujeto en duelo, si está rodeado de personas que él quiere y que comparten su dolor y si pueden aceptar su compasión, también esto favorece la restauración de la armonía de su mundo interno y se reducen más rápidamente sus miedos y penas.
En conclusión, cuando existe un buen juicio de la realidad, la persecución disminuye, la dependencia hostil frente al objeto, junto con el odio, también disminuye y las defensas maníacas se relajan.
El penar por el objeto amado perdido también implica una dependencia frente a él, pero una dependencia que se transforma en un incentivo para lograr la reparación y la conservación del objeto. Esta reparación será creativa si está dominada por el temor, mientras que la dependencia basada en la persecución y en el odio es estéril y destructiva.

Por otra parte, en el texto “Duelo y melancolía”, Freud describe estos dos conceptos como las dos posibles vías que el sujeto en pérdida puede seguir.

“Alejandra Pizarnik es la esencia misma del lenguaje…”

Alejandra Pizarnik

Héctor Freire escribe:

Alejandra Pizarnik es la esencia misma del lenguaje, el nudo original donde todo empieza y puede ser, el “Sancta Sanctorum” de la poesía, ese estado de asombro, de deslumbramiento y horrorosa verdad. Sus poemas tienen el poder de transportarnos a una zona sagrada, vedada, el lugar mismo del nacimiento y muerte de la infancia, un cerno donde el silencio tiene el poder conjuratorio del horror, y el amor, la sacralidad mítica de la muerte.

Su verdad es inefable y, si la palabra pudiera comunicarla lo haría apenas, todo lo que pueda decirse es poco, casi nada, porque la realidad de Pizarnik es difícil de comunicar.

Ni sombra,/ni nombre,/mi carencia./Todo se reduce/a un sol muerto.
Todo es el mundo/y la soledad/como dos animales muertos/
Tendidos en el desierto.

Penetrar en el mundo poético de Alejandra es ubicarnos en ese sector encarnado del verbo donde se produce la apertura hacia la realidad. Poesía del yo-pleno, significante y al mismo tiempo intransferible, cuya inmediata correlación es el silencio.

En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio.

Al mismo tiempo, su lenguaje es una misteriosa alquimia que extrae, de lo más íntimo del silencio, la palabra o el símbolo que lo nombre y lo haga comunicable; es un abrazo interior, pero también una profunda integración a la totalidad. Las palabras que componen sus poemas emergen de las tinieblas de la infancia perdida, y es como si necesitaran de poesía para seguir viviendo porque las mismas están sumergidas en un equivoco absoluto; por eso sus palabras son nombres para las cosas, continuas indagaciones en el problema del auto-conocimiento. Su yo, completamente separado de sus pseudo-yoes, ya no tiene alternativa, debe buscar su totalidad, su vacío y su final, pero entre el principio y el final su yo es consciente de su propia condición de paria. Alejandra es “una hija del ‘insomnio’”, “una desconocida con su mismo rostro” (como la definiera Enrique Molina en el prólogo al libro “La última inocencia” y “Las aventuras perdidas”), y este desgarrado desconocimiento es lo que da origen a sus poesías, a esa necesidad de socorro semántico”, como lo demuestra el primer poema del libro “El infierno Musical” (“Cold in Hand Blues”):

y qué es lo que vas a decir / voy a decir solamente algo / y qué es lo que vas a hacer / voy a ocultarme en el lenguaje / y por qué / tengo miedo.

Ese silencio final es bivalente, está tendido tensamente entre el absoluto de la muerte y la contingencia, sobre el abismo del No-ser.
Sin embargo, hay un deseo de dinamizar el lenguaje para que cumpla su misión de puente o nexo hacia la transmutación del yo en palabra. El repertorio de imágenes que se advierte en distintos pasajes de su poesía gira en torno al tratamiento especial, metafórico-visual, de varios elementos simbólicos, como lo son el viento, el lila, el pájaro, la música, el jardín y el muro:

Tú haces el silencio de las lilas que aletean/en mi tragedia del viento en el corazón. / Tú hiciste de mi vida un cuento para niños/en donde naufragios y muertes / son pretextos de ceremonias adorables. (del poema “Reconocimiento”).

El manejo poético de estos elementos realistas es, paradójicamente, al mismo tiempo plenitud y vaciamiento de conciencia. Son un destello repentino, una grieta en la conciencia, una especie de catástrofe que rompe con los poemas cargados de contenidos intelectuales y demostrativos. A partir de ellos se nos abre un nuevo cielo, y todo aparece vestido con un ropaje nuevo, sin falsas ilusiones.

Ella no espera en sí misma. Nada de sí misma. Demasiado ensimismada. Sólo vine a ver el jardín donde alguien moría por culpa de algo que no pasó o de alguien que no vino.
Ella es un interior. Todo ha sido demasiado y ella se irá.
Y yo me iré. (1972)

Los poemas de Alejandra Pizarnik nombran y poseen, nos obligan a descifrar y a entrar en los ritos dialécticos de la realidad, que es destructiva y constructiva a la vez. Son juegos cognoscitivos y mágicos, donde la palabra siempre termina buscándose a sí misma, y Alejandra siempre se pierde. Pero este juego siempre desprende un goce, como cualquier juego, y termina agrandando los límites de la sugestión y connotación de las palabras que se habían perdido y que se vuelven a encontrar para alejarse totalmente de la percepción habitual. Es como si sus poemas finalmente fueran un adecuado tipo de silencio.

Había que escribir sin para qué, sin para quién. / El cuerpo se acuerda de un amor como encender la lámpara. / El silencio es tentación y promesa. (del poema “Fuga en lila”)

En casi todos sus textos Alejandra habla de sí misma como si hablara de otra. Y, en tanto estructura impresa por la escritura, son actos muertos, siempre y cuando no sean re-actualizados por la visión interna del lector. Por eso se hace más que necesaria la ruptura con una “lectura lineal”, para que el lector sea capaz de re-vivir los nódulos de intuición y emoción del poema y cerrar, así, el circuito de comunicación de su poesía. Quizás, ésta sea una de las claves más significativas para comprender la oración final de Alejandra Pizarnik:

“Y que de mí no quede más que la alegría de quien pidió entrar y le fue concedido”.