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Género y sexualidad desde el psicoanálisis/ Video

Álvaro Zas

Para el psicoanalista Álvaro Zas, uno de los grandes aportes del psicoanálisis fue “deconstruir la imagen biologicista” de la sexualidad y el género.

“Nunca antes fue tan indispensable la búsqueda una pareja o compañero de vida”: Luciano Lutereau

Luciano Lutereau escribe:

Nuestra época vive las relaciones amorosas de un modo generalizado. Nunca antes fue tan indispensable la búsqueda una pareja o compañero de vida. Desde hace tiempo que no oímos hablar más que de los desencuentros y sufrimientos que implica la vida con otro.

“Te necesito”, “No puedo vivir sin vos”, “Me muero si te vas” son algunas de las frases habituales (muchas de ellas reflejadas en canciones populares) que exponen cómo el dolor en la vida erótica se ha vuelto exponencial, quizá porque la otra cara de la pérdida es la profunda soledad; pero, ¿qué perdemos cuando perdemos el amor?

Si algo llama la atención en consultas por motivos relacionados con este padecer, es el carácter general de la pérdida. Desde un punto de vista freudiano, puede hacerse una distinción entre dos modos de temer el desvalimiento amoroso: por un lado, el miedo a la “castración”, que es una pérdida parcial, que toca a una parte de la existencia o, como decía una vez un paciente “Si me separo, no pierdo la vida; a lo sumo, pierdo la felicidad”. Por otro lado, la pérdida de amor, en la que se juega el ser en su totalidad, en la que la pérdida es masiva, y se fantasea con la propia desaparición.

Entre estos dos modos de distinguir actitudes ante la pérdida, Freud introdujo a su vez la distinción entre dos posiciones sexuadas: el varón y la mujer. El deseo fálico es el deseo aquejado por la castración, mientras que el ser femenino es el que teme la pérdida de amor. La diferencia sexual no es entre dos tipos de órganos, sino entre dos modos distintos de hacer un duelo. Los “varones” sufren por lo que fue y quisieran recuperar. Las “mujeres” por lo que no fue y pudo haber sido. Por eso las mujeres sufren más que los hombres en el amor. Porque de lo que no sucedió, no hay olvido posible.

Dicho de otro modo, la diferencia sexual no es anatómica, sino entre dos modos de armar una familia. “Mujer” es quien la arma en el interior de su familia de origen. “Varón” es el que lo hace por fuera. La mujer padece el conflicto de que el interior pueda ser endogámico (tiene que realizar esa diferencia). El varón sufre el desgarramiento de un exterior ajeno que lo confronta a la nostalgia del regreso. Las mujeres nunca terminan de irse. Los varones se van pensando en volver.

Son diferentes los desafíos que varones y mujeres tienen que realizar para hacer lugar a la experiencia amorosa. No es simplemente encontrar a una persona que nos quiera. Por cierto, esta actitud es más propia de un niño, que de un hombre o una mujer. En todo caso, si recordáramos la clásica elección forzada entre “la bolsa o la vida”, en la que la pérdida es obligada (dado que es preferible una vida trunca, sin la bolsa, a la pérdida de la vida), podría decirse que en nuestro tiempo encontramos una generalización del modo femenino de situarse en las relaciones amorosas, para hombres y mujeres. Hoy sufrimos la pérdida de amor como una pérdida de la vida, cuando no se elige el confort de una vida sin amor.

Argentina: una neurosis de destino

Ernesto Fernández Núñez

Ernesto Fernández Núñez escribe:

El fracaso debería abrevar en las aguas procelosas del aprendizaje, en la medida que este se produzca de vez en cuando. Otros opinan que el mismo no existe, solo hemos elegido la puerta equivocada.

El destino, el azar, la casualidad, la coincidencia, el fracaso o la mala suerte, son algunas de las palabras que tratan de explicar aquello que escapa a nuestro conocimiento consciente y racional. Lo que a simple vista es obra de una vida signada por la mala suerte, fracaso tras fracaso, en una lectura “finita” de los hechos, arrojará algunas explicaciones interesantes y esclarecedoras. El fracaso no es anónimo ni es casual, tiene un nombre y una fuerza incontrolables para repetir el mismo patrón de conducta que nos lleva inexorablemente a sentirnos marcados ignominiosamente por el destino. Hablamos de la compulsión a la repetición, o neurosis de destino; yo lo llamaría el teatro de la memoria, allí en ese escenario desfilan todos nuestros fantasmas.

Esta observación no es solo inherente a las personas: es aplicable a los países, a las instituciones. La Argentina no es la excepción; me arriesgo a decir que nuestro país debería tomarse de ejemplo de lo que es un paciente crónico de fracasos, conductas repetitivas y frustrantes que siempre nos dejan en un escalón abajo del cual partimos. Esa es una curiosidad: no regresamos al punto de partida, vamos más atrás.

Acostada en el diván, rápidamente se puede inferir que la Argentina padece un trastorno compulsivo cíclico, destruye con fuerza ciega muy rápidamente lo que construye dolorosamente. El país está allí esperándonos y no lo alcanzamos, nos hemos identificado con el juego del palo enjabonado de los parques de diversiones, nunca llegamos a la cumbre.

La repetición histórica de las conductas de fracaso se da en todos los órdenes de nuestro país. Se repite el patrón en la economía; inflación más devaluación, más endeudamiento externo, igual pobreza. La política y la sociedad reciclan compulsivamente a aquellas personas o candidatos que ya fracasaron, cuyo resultado será inevitablemente el mismo.

Cómo poner fin a la guerra entre hombres y mujeres

Luce Irigaray, lingüista y psicoanalista belga, viene siendo una piedrita en el zapato para el mianstream planetario.

Este logos falo céntrico sigue funcionando como un sistema de valores simbólicos, psicológicos y antropológicos universales. Hay un gobierno masculino que está lejos de cambiar, pero, ¿qué pasaría si se instaurase un matriarcado? No es de hecho la idea de Irigaray, aunque este libro trate de establecer un genio femenino oculto y olvidado durante toda la historia de la humanidad.

Hablemos claro, el problema más urgente es “cómo vamos a afrontar el futuro”. Desde dónde estamos pensando ese futuro y con qué instrumentos, en ese sentido, la crítica de Irigaray busca “descolonizar” el conocimiento dominado hasta ahora por hombres que han excluido desde siempre a la mujer.

Desde los griegos el pensamiento-logos ha sido inventado por hombres, negando a su otra parte un rol protagónico, transformándola en una adversaria, una extranjera, un objeto oscuro de deseo (una divisa de intercambio y no de conocimiento), que es y será sin duda una de las razones de las continuas guerras por hacerse del poder.

Una manera de proteger esta supremacía y seguir adueñándose de la subjetividad femenina se da a través del ejercicio de la violencia.

“La destreza fálica hoy es campo fértil para las mujeres…”

Luciano Lutereau escribe:

La destreza fálica hoy es campo fértil para las mujeres, mientras que los varones han comenzado a padecer síntomas típicos que, en otro tiempo, eran considerados femeninos: celos, temor a la pérdida de amor, preocupación por la imagen física, etc. El hombre enamorado de nuestro tiempo (suelen quejarse algunas mujeres), recurre a estrategias impropias: dar a ver su deseo de manera esquiva, seducir a partir de la sustracción, diferir el encuentro, etc. De aquí el lamento generalizado, en la actualidad, de que los hombres “son histéricos”. A propósito, en cierta ocasión un analizante contaba la siguiente anécdota: ante la situación de estar con un amigo piropeando mujeres en la vía pública, una de ellas respondió con una sonrisa y se acercó, a lo cual este muchacho dijo a su compañero: “Rajemos, que dan bola”. Hemos pasado del hombre que tenía que asumir la división subjetiva de la vergüenza en el encuentro cuerpo a cuerpo con una mujer, al varón que goza de la escena que se construye y sostiene a la distancia.