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“Tres de cada cuatro chicos, entre los 2 y 4 años, sufren maltrato físico o psicológico”

El Dia:

Tres de cada cuatro niños de entre 2 y 4 años sufren maltrato psicológico y castigos físicos, como el grito, el menosprecio, el zamarreo, el chirlo, la cachetada y golpes por parte de sus cuidadores, según un estudio que realizó Unicef y que incluye a la Argentina.

El informe difundido ayer por la organización compara “la violencia en las vidas de los niños y adolescentes” registrada en la última década en 190 países, y en este marco ubica a la Argentina dentro de la media global.

En el país el castigo físico a niños de entre 2 y 4 años abarca a un 54,4 por ciento de esa franja etaria contra un 63% en el mundo; la agresión psicológica sube al 62,5 por ciento en Argentina mientras a nivel global es del 67%; y cualquier práctica de disciplina infantil violenta alcanza al 72,9% mientras que en el mundo llega a un 75 por ciento.

A su vez, 6 de cada 10 niños menores de un año están sometidos a algún tipo de violencia doméstica de manera sistemática.

Estas cifras fueron calificadas como “alarmantes” por especialistas consultados por este diario, quienes destacaron que uno de los principales peligros que conlleva es el de reproducir una y otra vez el modelo de vínculo violento.

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“Sixth forms have read the satanic bits of Paradise Lost as if they were upmarket Tolkien”: Simon Jenkins

The Creation of Eve, watercolor illustration to Milton’s Paradise Lost by William Blake

Simon Jenkins writes:

If John Milton were alive today I imagine he would be writing this column. A former Blair luvvie, he would have refused the laureateship because of Labour’s human rights abuses. Rejected for a job at Ofsted he would have stormed off to teach classics at a prep school while his poems were remaindered as worthy but unreadable by Faber. His three wives would sell their kiss-and-tell memoirs to the Daily Mail.

This week’s celebration of Milton’s fourth centenary has been almost a private affair, led by that home of lost causes, Radio 3.

Sixth forms have read the satanic bits of Paradise Lost as if they were upmarket Tolkien. Some have taken a stab at Lycidas. But Milton no longer sets the heart racing. Imagine if this had been the anniversary of the birth of the poet with whom Milton so long shared a pedestal, Shakespeare.

There is no doubting the reason. Milton lacks the qualities now considered essential in a poet: concision, humour, or romance. As Dr Johnson said of Paradise Lost: “No one ever wished it longer.” Readers can handle the poignancy of On His Blindness and snatch pleasure from the great quotes. But the imagery and subject matter of the epics are rooted in a theology and mythology that today are gone.

Milton was brought up by his father “while yet a little child for the study of humane letters”. Not for him the rough and tumble of Shakespeare’s Stratford or the London stage. A fun-averse bookworm at Cambridge, at 23 he was already telling the world that his writing was the will of heaven: “All is, if I have grace to use it so/ As ever in my great Task-Master’s eye.”

We prefer to like our poets, and Milton was a bore and a prig. Even the youthfulness of the two early poems, L’Allegro and Il Penseroso, has a ponderous religiosity. The play, Comus, is a pastoral-mythical tract about a son of Bacchus and Circe that is near unplayable today.

Lycidas, supposedly an “honest shepherd”, is an elegy on a dead friend, a mix of pagan myths and Puritan Christianity. The least we owe it is, “Tomorrow to fresh woods and pastures new”, even if most people say fields for woods.

Milton was instantly famous. He was lionised in Italy, where he wrote verses in Latin and Italian and was eulogised in return. He met Grotius and Galileo, scholars and philosophers, and returned with an even more exalted sense of his destiny. He wrote a tract on education that would have blown the curriculum authority’s collective mind.

“Alejandra Pizarnik es la esencia misma del lenguaje…”

Alejandra Pizarnik

Héctor Freire escribe:

Alejandra Pizarnik es la esencia misma del lenguaje, el nudo original donde todo empieza y puede ser, el “Sancta Sanctorum” de la poesía, ese estado de asombro, de deslumbramiento y horrorosa verdad. Sus poemas tienen el poder de transportarnos a una zona sagrada, vedada, el lugar mismo del nacimiento y muerte de la infancia, un cerno donde el silencio tiene el poder conjuratorio del horror, y el amor, la sacralidad mítica de la muerte.

Su verdad es inefable y, si la palabra pudiera comunicarla lo haría apenas, todo lo que pueda decirse es poco, casi nada, porque la realidad de Pizarnik es difícil de comunicar.

Ni sombra,/ni nombre,/mi carencia./Todo se reduce/a un sol muerto.
Todo es el mundo/y la soledad/como dos animales muertos/
Tendidos en el desierto.

Penetrar en el mundo poético de Alejandra es ubicarnos en ese sector encarnado del verbo donde se produce la apertura hacia la realidad. Poesía del yo-pleno, significante y al mismo tiempo intransferible, cuya inmediata correlación es el silencio.

En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio.

Al mismo tiempo, su lenguaje es una misteriosa alquimia que extrae, de lo más íntimo del silencio, la palabra o el símbolo que lo nombre y lo haga comunicable; es un abrazo interior, pero también una profunda integración a la totalidad. Las palabras que componen sus poemas emergen de las tinieblas de la infancia perdida, y es como si necesitaran de poesía para seguir viviendo porque las mismas están sumergidas en un equivoco absoluto; por eso sus palabras son nombres para las cosas, continuas indagaciones en el problema del auto-conocimiento. Su yo, completamente separado de sus pseudo-yoes, ya no tiene alternativa, debe buscar su totalidad, su vacío y su final, pero entre el principio y el final su yo es consciente de su propia condición de paria. Alejandra es “una hija del ‘insomnio’”, “una desconocida con su mismo rostro” (como la definiera Enrique Molina en el prólogo al libro “La última inocencia” y “Las aventuras perdidas”), y este desgarrado desconocimiento es lo que da origen a sus poesías, a esa necesidad de socorro semántico”, como lo demuestra el primer poema del libro “El infierno Musical” (“Cold in Hand Blues”):

y qué es lo que vas a decir / voy a decir solamente algo / y qué es lo que vas a hacer / voy a ocultarme en el lenguaje / y por qué / tengo miedo.

Ese silencio final es bivalente, está tendido tensamente entre el absoluto de la muerte y la contingencia, sobre el abismo del No-ser.
Sin embargo, hay un deseo de dinamizar el lenguaje para que cumpla su misión de puente o nexo hacia la transmutación del yo en palabra. El repertorio de imágenes que se advierte en distintos pasajes de su poesía gira en torno al tratamiento especial, metafórico-visual, de varios elementos simbólicos, como lo son el viento, el lila, el pájaro, la música, el jardín y el muro:

Tú haces el silencio de las lilas que aletean/en mi tragedia del viento en el corazón. / Tú hiciste de mi vida un cuento para niños/en donde naufragios y muertes / son pretextos de ceremonias adorables. (del poema “Reconocimiento”).

El manejo poético de estos elementos realistas es, paradójicamente, al mismo tiempo plenitud y vaciamiento de conciencia. Son un destello repentino, una grieta en la conciencia, una especie de catástrofe que rompe con los poemas cargados de contenidos intelectuales y demostrativos. A partir de ellos se nos abre un nuevo cielo, y todo aparece vestido con un ropaje nuevo, sin falsas ilusiones.

Ella no espera en sí misma. Nada de sí misma. Demasiado ensimismada. Sólo vine a ver el jardín donde alguien moría por culpa de algo que no pasó o de alguien que no vino.
Ella es un interior. Todo ha sido demasiado y ella se irá.
Y yo me iré. (1972)

Los poemas de Alejandra Pizarnik nombran y poseen, nos obligan a descifrar y a entrar en los ritos dialécticos de la realidad, que es destructiva y constructiva a la vez. Son juegos cognoscitivos y mágicos, donde la palabra siempre termina buscándose a sí misma, y Alejandra siempre se pierde. Pero este juego siempre desprende un goce, como cualquier juego, y termina agrandando los límites de la sugestión y connotación de las palabras que se habían perdido y que se vuelven a encontrar para alejarse totalmente de la percepción habitual. Es como si sus poemas finalmente fueran un adecuado tipo de silencio.

Había que escribir sin para qué, sin para quién. / El cuerpo se acuerda de un amor como encender la lámpara. / El silencio es tentación y promesa. (del poema “Fuga en lila”)

En casi todos sus textos Alejandra habla de sí misma como si hablara de otra. Y, en tanto estructura impresa por la escritura, son actos muertos, siempre y cuando no sean re-actualizados por la visión interna del lector. Por eso se hace más que necesaria la ruptura con una “lectura lineal”, para que el lector sea capaz de re-vivir los nódulos de intuición y emoción del poema y cerrar, así, el circuito de comunicación de su poesía. Quizás, ésta sea una de las claves más significativas para comprender la oración final de Alejandra Pizarnik:

“Y que de mí no quede más que la alegría de quien pidió entrar y le fue concedido”. 

André Mangeot’s birthday, today November 15th, 2017

André Mangeot

Today, November 15th, is the birthday of UK author André Mangeot

“I’m not Welsh but I have a longing for and a protectiveness towards Wales…”: Fiona Sampson

Fiona Sampson: credit Ekaterina Voskresenskaya

Fiona Sampson interviewed by Interlitq: read the entire interview:

Interlitq: Could you tell us more about the time you spent in Wales. How strongly do you identify yourself with Wales and Welshness? Do you rate Dylan Thomas highly?

FS: I’m not Welsh but I have a longing for and a protectiveness towards Wales, and a continuing strong interest in Welsh arts culture. When I returned to Wales straight after finishing at Oxford, I set up an annual international poetry festival in Aberystwyth. Because the poetic traditions in Wales are long and deep-seated. I’ve talked about this elsewhere so won’t repeat myself.

It’s unfashionable to rate Dylan Thomas in British poetry right now but – ever the unfashionable – I owe my love of poetry to him. When I was in that village school in Wales, and when I was only six years old, our wonderful headmaster read us the beginning of Under Milk Wood in school assembly. It was way over our heads. I understood nothing – except that I thought it was amazing. Soon after that I started writing my own little poems in school. And apart from my teens when that English teacher knocked it out of me for about a decade, I just didn’t stop.