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“Hay una suerte de desenfreno de espiral negra en estos textos…”

Foto: LA NACION

Ivonne Bordelois escribe sobre Alejandra Pizarnik:

Ciertos textos de humor obsceno aparecen en la Correspondencia, en particular en las muy significativas cartas a Stutman -pero debo decir que no regreso a ellos con predilección: me resultan aún más ominosos que aquellos donde Alejandra invoca líricamente a la muerte. Hay una suerte de desenfreno de espiral negra en estos textos, que producían una irreprimible angustia en los que la rodeábamos- Olga Orozco decía experimentar algo parecido al respecto. Era como si asistiéramos a un paseo por la cornisa del abismo, a una suerte de desfonde deliberado en donde nadie podía detener lo inevitable. En otras palabras, más que textos, estos escritos me parecían o me resultaban síntomas, y nunca he podido distanciarme suficientemente de ellos como para considerarlos de otra manera, lo cual, naturalmente, desvirtúa la interpretación literaria, como la que ofrecen en este punto los escritos críticos de María Negroni o Cristina Piña. Para acercarse acertadamente a estos textos, con todo, entiendo que se precisa recordar en primer lugar lo que dice Alejandra: “La obscenidad no existe; existe la herida”. Así le escribe a la filósofa tucumana Eugenia Valentié, en una de las cartas incorporadas a esta nueva edición:

Solamente vos, en este país inadjetivable, comprobás con notable facilidad y prodigiosa rapidez, que el personaje -esa Érzebet increíblemente siniestra- no es una sádica más sino alguien que pertenece a lo sacro: eso a lo que intentamos aludir en las palabras del sueño, las de la infancia, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos. Solamente vos comprendiste (atendiste a) mi última frase: “la libertad absoluta? es terrible” que tanto escandalizó a los izquierdistas de salón que, para fortuna de ellos, nada saben de la falta absoluta de límites, sinónimo de locura, de muerte (y de la poesía, de la mística?) Nadie odia más que yo a la Bathory.

Pero también hay lugar para disquisiciones sobre el humor, como en esta carta que dirige a Antonio Fernández Molina -una novedad de esta edición:

Por cierto que siendo el humor -el “alto don sagrado” del humor- una de mis preocupaciones constantes, me encantó sentirlo encarnado en poemas como los tuyos, enteramente insólitos en nuestra lengua, empleada tan a menudo para la sátira (tan inútilmente cruel) pero no para el-humor-ácido-corrosivo- de-la-llamada-realidad.[?] Quiero decir que nunca, hasta ahora, la lengua española ha sido instrumento apto para ciertas metamorfosis de que sólo es capaz el humor. Quisiera que no abandonaras esta preciosa vía de iniciación hacia lo otro.

Lo que estas cartas señalan es que había en Alejandra una intuición central que daba en el corazón de cada cosa -textos, situaciones o personas circundantes-, ya que nada ni nadie podía escapar a su formidable perspicacia: era el suyo un poderío difícil de conjurar. Pero se matizaba con una extrema sutileza, lirismo y comicidad en todos sus giros, donde lo obsceno y lo delicado alternaban de forma sorprendente. Cautivaba el clima que comunicaba, tanto en sus conversaciones como en sus escritos: las citas exactas, el humor negro o maravilloso, las lecturas abracadabrantes que proponía, su manera de dar vuelta la literatura con una sola frase. Su voluntad de descifrar y poner a prueba, con palabras precisas, “el corazón de las tinieblas”, era admirablemente obstinada, e imponía una suerte de compasión mezclada de reverencia y terror. Por eso acaso su existencia tuvo un breve límite, porque semejante intensidad no era sostenible más allá de ciertos plazos naturales.

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“Pizarnik escribió para la mujer desde el cadáver presentido…”

Alejandra Pizarnik

Carolina A. Navarrete González escribe:

Alejandra Pizarnik y su Obra Poética

Alejandra Pizarnik, nacida en Buenos Aires en 1936, comienza a publicar sus poemas ya a los 20 años. Sus cinco libros poéticos fundamentales son: Árbol de Diana (1962); Los Trabajos y las noches (1965); Extracción de la piedra de Locura (1968); El Infierno musical (1971); y Textos de sombra y Últimos poemas, que contiene una recopilación de poemas y textos dispersos, no publicados antes y que aparece recién el año 1982. Alejandra Pizarnik se suicidó en Buenos Aires en septiembre de 1972. Cercana al surrealismo, admiradora del romanticismo alemán, los poetas malditos. Amiga y admirada por Cortazar, Octavio Paz, Manuel Mujica Lainez y gran parte de la intelectualidad argentina de la época, su muerte dejó un gran vacío, pues era considerada la voz poética de su generación.

En los poemas de Pizarnik se puede seguir las imágenes que describió Lacan como la fragmentación del sujeto, la búsqueda de unidad (que para ella se lograría en el silencio), el desplazamiento del significado frente al mar profundo y ambiguo de significantes, la dificultad de encontrar la palabra verdadera, la manifestación del deseo en el texto, el intento de plasmar y de conjugar cuerpo y texto, la angustia ante el desencuentro y la desesperanza.

 

Análisis de “Contemplación” y “Caminos del espejo”

He querido traer a escena los poemas “Contemplación” y “Caminos del espejo” con el fin de trazar ciertos rasgos que develan la presencia de una relación entre escritura – cuerpo – lenguaje. Esta relación pondría de manifiesto al cuerpo (de mujer) que ha perdido la experiencia de sí (ha sido secuestrado, anulado, borrado) y que en la escritura se recupera, intenta palparse, re-conocerse. Ambos poemas comparten, a través de la conjugación cuerpo y texto, una polifonía que permite a la palabra “significar algo totalmente diferente de lo que ella dice”, hacer “oír otra cosa”.

Te atraviesan graznidos. Te martillean con pájaros negros. Colores enemigos se unen en la tragedia. ( “Contemplación”)

Alejandra Pizarnik estaría develando esta relación escritura-cuerpo-lenguaje que en Latinoamérica está dominada por el signo de la violencia: descuartizamiento e inscripción de la máquina en el cuerpo. Basta recordar los mecanismos de tortura y secuestro institucional del cuerpo en las diferentes etapas del capitalismo, mecanismos expuestos por Michel Foucault en La verdad y las formas jurídicas (1973); Vigilar y Castigar 81975); y Microfísica del Poder (1971-1977).

Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro. (“Caminos del espejo”)

Si bien Pizarnik parece participar de esos rasgos generales, a la vez parece hablar de una manera particular sobre otra cosa: máscara dentro de la máscara, desdoblamiento y desterritorialización, suplemento que resiste (Muschietti, 1989)

Pizarnik habla desde una lengua que crece apegada al silencio y aunque le teme como amenaza constituye su punto de partida, silencio que es hueco, tachadura, ya que la constituye históricamente. Nacer mujer ha sido nacer para ser mantenida por los hombres dentro de un espacio limitado y previamente asignado. La presencia social de la mujer se ha desarrollado como resultado de su ingenio para vivir sometida a esa tutela y dentro de un limitado espacio. Pero ello ha sido posible a costa de partir en dos al ser de la mujer. Una mujer debe contemplarse continuamente. Ha de ir acompañada casi constantemente por la imagen que tiene de sí misma. Desde su más temprana infancia se le ha enseñado a examinarse continuamente.

Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo
súbitamente borrada por la lluvia.

Pizarnik se mueve en el espacio de la borradura, la escisión constitutiva del sujeto femenino la conduce contra el Edipo, de cara a la niña como pura potencia y posibilidad, construir en contra del silencio de la otra: la máscara (la de la boca y los párpados cosidos) que opone el yeso a la carne. Escribir es construir el otro silencio como iluminación.

En este sentido, el silencio constituye el único lugar donde para ella sería posible la comunicación.

¿Y qué deseaba yo?
Deseaba un silencio perfecto
Por eso hablo.

El silencio constituye el lugar idílico, soñado, en que se liberaría de la búsqueda infinita, de la eterna cadena ansiosa de sustituciones que describía Lacan, en el que las palabras pueden reencontrar su significado perdido a través del paso por la cultura, por los distintos hombres, que al usarlas, las han cargado de significados que no les pertenecen y que las desvirtúan.

Si el lenguaje la apartaba del mundo, entonces, el único lugar donde se podía vivir en paz era el silencio.

Pero el silencio es cierto. Por eso escribo
Estoy sola y escribo. No, no estoy sola
Hay alguien aquí que tiembla.

La verdad, la palabra verdadera, perseguida con tanto anhelo, no es música que pueda ser escuchada. Esa música que por estar alojada en el inconsciente está separada de nosotros.

Podríamos decir que el sujeto de la escritura, entendiendo por sujeto a quien ha sido dividido por la acción del significante, tendría como sesgo conceptual a la alineación: encontrarse escindido.

Si la alineación del sujeto se liga a la constitución del sujeto en el campo del Otro en tanto operación que determina la captura del sujeto por el significante, en el sujeto femenino, este significante no mata, de ninguna manera, sino que inaugura una función: aquella denominada afánisis (el término es tomado por Ernest Jones) y que constituye un desvanecimiento, una desaparición, una petrificación.

Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quien me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.

Aquí, el efecto del significante es introducir una suerte de knock-out, donde el sujeto queda desvanecido. En la doctrina lacaniana la opción que procura buscar el sentido, se topa con el sin sentido. No hay sentido pleno en ningún ser hablante, por cuanto inevitablemente ocurre una pérdida que lo constituye, la cual, en la realización del sujeto, es lo inconsciente. Lo que queda, entonces, es una falta: ni uno ni otro. Esta es la acción del campo del Otro en la constitución del sujeto en su primer movimiento.

Ahora bien, esta falta en la constitución del sujeto femenino que devela Pizarnik guardaría relación con la normativización del deseo sexual femenino inserta dentro de la ideología patriarcal.

Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy.

Se trata de reescribirse con la voz apenas percibida del cadáver de la mujer. Se construye el territorio de la otra, la asesinada y se suspende allí la respiración del animal que presiente la aproximación de la muerte.

Su poesía es la búsqueda obsesiva de un cuerpo (el de la mujer) que ha sido normativizado bajo la forma del trabajo femenino como trabajo maternal y doméstico.

El deseo de saber (yo fui en busca de quien soy) acaso nos ofrece la posibilidad de dominar/ dominarnos a nuestro objeto /sujeto de conocimiento. Sin embargo, hay que tener en cuenta que existen limitaciones del supuesto de saber-para-ser con el cual las mujeres hemos tratado de configurarnos como sujetos existentes. Pareciera, no obstante, que es necesario transitar por los múltiples caminos que ofrece el deseo de saber a las mujeres, inclusive aquel que nos ofrece “sabernos existentes”, para intentar aportar desde allí, nuestro “saber de mujeres”, un “saber” que constituye parte de la conciencia de la pertenencia al género sexual femenino, a una cultura que ha relegado históricamente tal saber a la marginalidad y/o a la omisión.

Y la sed, mi memoria es de la sed,
Yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.

Quedaría, entonces, la labor de la mujer deconstructiva y reconstructiva en la resignificación de experiencias deseantes anteriores a la represión ejercida sobre ella (especialmente el deseo de saber y del deseo de poder)

El término resignificar (Laplache y Portalis) es una palabra utilizada frecuentemente por Freud en relación con su concepción de la temporalidad y de la causalidad psíquica: experiencias, impresiones y huellas mnémicas son modificadas ulteriormente en función de nuevas experiencias o del acceso a un nuevo grado de desarrollo. La resignificación permite tomar la historia del sujeto no con un determinismo lineal que sólo tendrá en cuenta la acción del pasado sobre el presente sino concebir como un sujeto elabora retroactivamente los acontecimientos pasados, y plantearnos que es esta elaboración lo que le confiere sentido.

Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.

La apelación al  constituye el llamado solidario de la escritura. Allí se vincula la historia de yo-ella con la historia de las otras. Lo que se tiene en común con las otras es la tachadura del deseo, por eso la memoria se vuelve terreno baldío, la memoria ha sido aniquilada desde la infancia por lo que lo único que quedaría sería apelar a una resignificación de la mujer a partir de la de-construcción del vacío.

La resignificación que se desprende de la escritura de Pizarnik obedece a la re-escritura en la máscara corpórea del lenguaje de otra máscara que hay que poner del reverso.

El lenguaje, lo decible es mentira, se encontraría del lado de la máscara que deviene espejo. Pizarnik habla, escribe con la otra lengua (la del cuerpo borrado, asesinado) escribir con la lengua desde y para un cuerpo de mujer. Estar atenta a las alas del deseo de una y no del otro.

Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos, en dueño, he de comprender lo que dice mi voz.

La resignificación deviene del reconocer-se que es reconstruir el lugar del crimen; desciframiento de esa voz antigua que habla en un murmullo discontinuo; es perseguir fragmentos perdidos con el lenguaje de los sueños. Es tensar-se entera para escuchar aquello que fluye desde el muro del silencio. Pizarnik intuye un puente ubicado sobre el lenguaje, más allá de él, al que si bien logra traspasarlo pareciera que la posibilidad de instalación en él no habría podido concretarse. Basta recordar el escrito que dejó sobre el pizarrón de su cuarto antes de suicidarse:

No quiero ir
Nada más
Que hasta el fondo
Oh vida
oh lenguaje
oh Isidoro.

Pizarnik escribió para la mujer desde el cadáver presentido de un cuerpo (¿el de ella?), intentando fijar en el presente aquello que su palabra instalada en el linde del silencio y al borde del des-territorio vislumbraba como el desprendimiento de la presencia de la ausencia.

Yamila Musa entrevistará a Pedro Saborido, productor de “Peter Capusotto y sus videos”

Pedro Saborido

Noticias de InterlitqYamila Musa, Editor de Argentina de Interlitq, entrevistará a Pedro Saborido (“Featured Interviews”).

Sobre Pedro Saborido:

Pedro Saborido (GerliProvincia de Buenos Aires1 de marzo de 1964) es un productor, guionista y director de cineargentino de radio, teatro y televisión. Con una larga trayectoria, ha adquirido popularidad y reconocimiento trabajando junto al actor, comediante y guionista Diego Capusotto.

Lee la entrevista con Luis Hornstein por Yamila Musa.

Lee la entrevista con Patricio Leone por Yamila Musa.

Lee la entrevista con Milcíades Peña (hijo) por Yamila Musa.

Lee la entrevistado con Luciano Lutereau por Yamila Musa.

Lee la entrevista con Hernán Neira por Yamila Musa.

Lee la entrevista con Andrea Prodan por Yamila Musa.

“Las depresiones deben ser abordadas desde el paradigma de la complejidad…”: Luis Hornstein

Luis Hornstein

Luis Hornstein entrevistado por Yamila Musa:

“Las depresiones deben ser abordadas desde el paradigma de la complejidad, y así entendemos el desequilibrio neuroquímico presente en las depresiones, debido a la acción conjunta, y difícilmente deslindable de la herencia, la situación personal, la historia, los conflictos neuróticos y humanos, la enfermedad corporal, las condiciones histórico-sociales, las vivencias, los hábitos y el funcionamiento del organismo.

Es cierto que la bioquímica puede aliviar las depresiones, pero la propaganda (no sólo la publicidad) de la industria farmacéutica suele presentar a la farmacoterapia como la panacea, y la terapia de ninguna enfermedad debería estar en manos de una industria. Todo ha cambiado desde que el paciente se fragmenta en manos del especialista. Algunos consultantes presos del nomadismo de los hipocondríacos, van de consulta en consulta en busca de un consejo o un medicamento nuevo. El paciente contemporáneo es un escéptico que no cree en ningún tratamiento pero que los prueba todos, que acumula homeopatía, acupuntura, hipnosis y alopatía. Pero no es imposible encontrar al médico, psicólogo, psiquiatra, que dialogue para hablar de su sufrimiento, para integrar sus síntomas en una historia personal, en un pacto en el que en un contexto de respeto mutuo se intente encontrar la mejor cura posible.

Los pacientes actuales requieren innovación. Hay que lograr experiencias que le faltaron en sus primeros vínculos, plenos de temor y desilusión. El terapeuta se diferenciará de las actitudes traumatizantes (por exceso o por defecto) de los padres, así como de sus colegas con miedo a innovar, sin deponer cierta asimetría, construirá junto al paciente una nueva historia. Los estudios comparativos son abundantes, se comparan distintas modalidades de tratamiento y/o autores representativos. Aunque menos cordial, también es interesante el estudio comparativo en el interior de cada modalidad, entre terapeutas talentosos y otros incompetentes.

El proyecto terapéutico pretende modificar la relación entre el yo y los retornos de lo reprimido, de manera que pierdan sentido las inhibiciones, las defensas, la angustia, los síntomas y los estereotipos caracteriales, aspirando a que el paciente descubra que sus encuentros actuales están influidos por los privilegios que se conceden a tal o cual rasgo del objeto, a tal o cual referencia identificatoria, y a tal o cual forma de compensación narcisista. La cura consiste en cuestionar la clausura en la que estamos cautivos.”

“Ya no sé si amo u odio…”: Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik

Diario

10 de agosto [1962]

Ya no sé si amo u odio. En verdad ni uno ni otro. Amar. Odiar. Nombres que aprendí no sé en qué lejana y falsa experiencia. Si llegas a descubrir que no “haces” ni uno ni otro te desilusionarás de ti porque tu vida, desprovista de dos prejuicios tan importantes, te parecerá más pobre aún, más pequeña y poco interesante. Por eso, si sabes que no eres una maravillosa heroína suicida al borde del borrascoso de una locura absolutamente poética, eres muy capaz de suicidarte, no por lo que eres sino por lo que no eres. Saber que no reencarnas a la Monja Portuguesa ni a Heloísa ni a Caroline de Günderode te llevará a una muerte magnífica que ellas no imaginaron siquiera, porque su dolor tenía raíces y cuerpo y era auténtico y veraz como la mano del enamorado lejano que alguna vez tocaron. Pero tú, tú amas y después calculas pensando a quién amas. Tú odias y no recuerdas el nombre del odiado destinatario. ¿Es el último? ¿Fue el de hace cinco años? ¿Quién de ellos amanece contigo y te pide agua desde tu garganta en llamas? ¿Cuál es? ¿Cómo? Tantos años de añoranza por lo que se fueron sucediendo: generaciones de ausentes desfilan por mi memoria. Mi dolor crece y me devora. No es posible tanta ausencia, tanto miedo.

Pero te recuerdo. Aquí te recuerdo. Abrazado a mi memoria. Mirándome detrás de mi mirada. No me atrevo a amarte. Temor de irritarte. Por eso no me suicido. Temor de tu cólera. Me dices que no existes, que eres mi antiguo fantasma amado que reencarnó en ti. A otra los problemas metafísicos. Quiero abrazarte salvajemente. Besarte hasta que te alejes de mi miedo como se aleja un pájaro del borde filoso de la noche. Pero ¿cómo decírtelo? Mi silencio es mi máscara. Mi dolor es el de un niño en la noche. Canto y tengo miedo. Te amo y te tengo miedo y nunca te lo diré con mi voz verdadera, esta voz lenta y grave y triste. Por eso te escribo en un idioma  que no conoces. Nunca me leerás y nunca sabrás de mi amor.