Archive for the ‘Writing’ Category

“Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes”: Carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik

Publicado en Cronopiolandia:

Carta de Julio a Alejandra

Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.

Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo.

El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima.

Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.”

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Interlitq blog to publish regular “Angela Topping Column”

Angela Topping

Interlitq blog is to publish regular “Angela Topping Column”.

Further news to follow.

Angela Topping’s website.

Read Angela Topping’s Wikipedia entry.

Read two poems by Angela Topping in Issue 1 of Interlitq.

Read two poems by Angela Topping in Issue 21 of Interlitq.

 

 

Cristina Escofet entrevistada por Yamila Musa

Cristina Escofet

Cristina Escofet entrevistada por Yamila Musa, Editor de Argentina de Interlitq.

Lee la entrevista con Luis Hornstein por Yamila Musa.

Lee la entrevista con Patricio Leone por Yamila Musa.

Lee la entrevista con Milcíades Peña (hijo) por Yamila Musa.

Lee la entrevistado con Luciano Lutereau por Yamila Musa.

Lee la entrevista con Hernán Neira por Yamila Musa.

Lee la entrevista con Andrea Prodan por Yamila Musa.

Sobre Yamila Musa.

«Claude Silve a laissé s’épanouir ses dons qui l’inspiraient si bien, d’imagination et de sensibilité…»

Claude Silve

Le Duc de Lévis-Mirepoix écrit à propos de sa soeur, la écrivaine Claude Silve:

«D’une voix qui savait nous donner l’impatience d’entendre et la ferveur d’écouter, ma mère avait coutume de nous faire très souvent la lecture, à ma sœur et à moi.

Ainsi nous est venu à travers les contes de Perrault et les récits de la comtesse de Ségur, bien d’autres encore, un goût vite insatiable des livres, nos jouets préférés.

Ce goût devint une passion de la jeunesse dont nous ne pûmes nous défaire à la maturité et qui enfin nous mit l’un, et l’autre la plume à la main. Nous n’avons pas écrit de livres ensemble.

Claude Silve a laissé s’épanouir ses dons qui l’inspiraient si bien, d’imagination et de sensibilité, tandis que je servais l’objectivité de l’Histoire. Mais nos pages se connaissaient de l’intérieur par notre intimité fraternelle.

C’est en prenant ce point de départ tout simple que je voudrais jeter un regard sur quelques œuvres caractéristiques de sa manière, sur cette cadence très personnelle qui module l’imagination sur la ‘sensibilité.

On dirait que ses mots, pour être agréés, donnent satisfaction à son plaisir d’écrire. Cependant, ni recherche ni facilité trompeuse; une plume assurée dans l’aisance dont la sobriété n’a jamais desservi la grâce.»

León Ostrov, psicoanalista de Alejandra Pizarnik, escribe: “Hace veinticinco años…”

Texto: palabras del psicoanalista León Ostrov, tomadas del libro Alejandra Pizarnik |León Ostrov. Cartas (Euvim).
Hace veinticinco años —fue a mediados del 57— una mujer me llamó por teléfono para pedirme una entrevista. Mi primera impresión, cuando la vi, fue la de estar frente a una adolescente entre angélica y estrafalaria. Me impresionaron sus grandes ojos, transparentes y aterrados, y su voz, grave y lenta, en la que temblaban todos los miedos. (Me acordé de esa criatura perdida en el mar de un cuento de Supervielle). El diálogo que entonces iniciamos, y que duró poco más de un año, continuó después, ya instalada en París, en cartas que no hacían más que corroborar lo que desde los primeros momentos supe: que con Alejandra Pizarnik, romántica y surrealista, pero por encima de todo, ella, Alejandra, inclasificable y única, algo importante se incorporaba a nuestras letras.
Alejandra me traía, habitualmente, un poema, páginas de su diario, un dibujo (había comenzado a asistir al taller de Batlle Planas). Y ahora lo puedo decir: no podía sustraerme al goce estético que su lectura, su visión suscitaban en mí, y quedaba, en ocasiones, si no olvidada, postergada mi específica tarea profesional, como si yo hubiera entrado en el mundo mágico de Alejandra no para exorcizar sus fantasmas sino para compartirlos y sufrir y deleitarme con ellos, con ella. No estoy seguro de haberla siempre psicoanalizado; sé que siempre Alejandra me poetizaba a mí.
La entrega de Alejandra a la poesía era total, absoluta. Fue lo que le permitió resistir —hasta que decidió abandonar la lucha— los embates del viento feroz. La irrenunciable y heroica tarea de acercarse al caos para entrever su ley secreta, de atisbar en las tinieblas para iluminarlas con el relámpago de la palabra precisa y bella fue la tarea que eligió como definición de su destino. (Necesito hacer bellas mis fantasías, mis visiones. De lo contrario, no podré vivir. Tengo que transformar, tengo que hacer visiones iluminadas de mis miserias y de mis imposibilidades… Hoy me apliqué varias horas a Góngora… él “sabía”, se daba cuenta de las palabras, de todas y de cada una).
 
Siempre confié en Alejandra. Más allá de sus desfallecimientos, de susabandonos, de sus renuncias, de sus angustias, de sus muertes —de su muerte— sabía yo que estaba salvada, irremediablemente, porque la poesía estaba en ella como una fuerza inconmovible. Y si los poderes oscuros,algunas veces, parecían ganar terreno, no era más que el trámite inevitable para que, después, lo terrible entrevisto se convirtiera en condición decrecimiento y de mayor lucidez. Hasta que Alejandra —hace diez años— decidió interrumpir su búsqueda. ¿Porque había ya encontrado? ¿Porque sintió que nunca encontraría? (Simplemente, no soy de este mundo… Yo habito con frenesí la luna… No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva… No puedo pensar en las cosas concretas; no me interesan… Yo no sé hablar como todos. Mis palabras suenan extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie…¿qué haré cuando me sumerja en mis mundos fantásticos y no pueda ascender? Porque alguna vez va a tener que suceder. Me iré y no sabré volver. Es más, no sabré siquiera que hay un “saber volver”. Ni lo querré acaso).
 
En una carta le contaba que en mis últimos días de París, allá por el 55, había resuelto llevarme algo de la ciudad —el inexcusable souvenir— y morosamente le narraba mi aventura. Alejandra, a su vez, me confió que detener que llevarse algo, como recuerdo de su estancia en París, se llevaría la fachada de una casa medio derruida que había visto en un pueblito — Fontenay-aux-Roses— cuya estación de ferrocarril está llena de rosas. Las ventanas de esa casa eran de color lila, pero de un lila tan mágico, tan como los sueños hermosos, que imaginaba que entraba en ella, y una voz la recibía: Hace tanto que te esperaba… Y allí se quedaba —para siempre — porque ya no tendría que buscar más.