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LA VIDA ES SUEÑO – Calderón de la Barca–Audio

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Es un honor traer la que para mí es la obra de teatro más grande de las letras castellanas. La Vida es sueño es una obra escrita por Pedro Calderón de la Barca, estrenada en 1635, pertenece al movimiento literario del barroco. El tema central es la libertad frente al destino.

La concepción de la vida como un sueño es muy antigua, existiendo referencias en el pensamiento hindú, la mística persa, la moral budista, la tradición judeo-cristiana y la filosofía griega. Según Platón, el hombre vive en un mundo de sueños, de tinieblas, cautivo en una cueva de la que sólo podrá liberarse tendiendo hacia el Bien; únicamente entonces el hombre desistirá de la materia y llegará a la luz.

El influjo de esta concepción platónica en la obra es evidente: Segismundo vive en un principio dentro de una cárcel, de una caverna, donde permanece en la más completa oscuridad por el desconocimiento de sí mismo; sólo cuando es capaz de saber quién es, consigue el triunfo, la luz.

Jacinto Benavente/ Video

Jacinto Benavente

Jacinto Benavente

Jacinto Benavente/ Video.

El mal rollo de Borges con Lorca: “Es un amanerado insoportable”

El poeta granadino Federico García Lorca.

El poeta granadino Federico García Lorca.

Lorena G. Maldonado escribe:

En El humor de Borges, Alifano explica por fin por qué ese desencuentro. El argentino y el granadino se conocieron en la década del treinta, cuando Lorca vivió más de seis meses en Buenos Aires. Quedaron varias veces, acompañados por otros autores, en el hotel Castelar, allá por la avenida de Mayo. “Era un exhibicionista insoportable”, decía Borges. “Se dirigía a nosotros en un tono jocoso que a mí me incomodaba. Era un actor que sobreactuaba”. Lorca llegó a vacilarle al padre del Aleph. Le dijo que toda su preocupación -más que la poesía, más que el teatro- estaba puesta en ese momento en el personaje que él consideraba el más importante del siglo.

“¿Cuál es ese personaje?”, preguntó Borges. Y él le respondió que se trataba de alguien en quien se podía leer toda la tragedia de Estados Unidos. Le pidió que arriesgara. “No sé”, titubeó. “Melville, Whitman, Twain, Poe…”. “No, mucho más importante que esos: Mickey Mouse”. Aquella tomadura de pelo no le sentó nada bien a Borges, que diría de Lorca que “se esforzaba todo el tiempo por agradar a los demás” y que era “un amanerado insoportable”. De su poesía dijo que estaba llena de “pintoresquismo”, que intenta “ser visual”, pero que “parece hecha en broma”. Del teatro ni hablemos. Una vez acompañó a una amiga a ver La casa de Bernarda Albay a la mitad se aburrió tanto que salió de la obra.

«La depresión es muy rentable para la industria»

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La psiquiatra y psicoanalista Chus Gómez ofrece una conferencia en León.

por ANA GAITERO | LEÓN

Dejarse sorprender es el título de la conferencia que pronuncia hoy en León, a las 19.00 horas en el salón de actos del Ayuntamiento (calle Alfonso V), la psiquiatra y psicoanalista Chus Gómez como broche final a los actos del Día Mundial de la Salud Mental ha tenido que suspenderse por un asunto familiar grave, según han comunicado a este medio fuentes cercanas a la psiquiatra y psicoanalista.

«León se ha dejado sorprender», señala, por las experiencias participativas y creativas de personas con enfermedad mental que en los últimos años «se han ganado un espacio en la ciudad y han contagiado a la trama social y cultural de la ciudad».

Con estas palabras de elogio y admiración por los proyectos llevados a cabo en la provincia en los últimos años, que dan un mayor protagonismo a los pacientes, se adentrará en la historia del Día Mundial de la Salud Mental que se celebra el 10 de octubre. Cada año, sea cual sea el eslogan, «se acaba reivindicando la dignidad» de las personas afectadas. Espera que se extiendan iniciativas como la leonesa y «los pacientes tomen más la palabra».

«Si en la ciencia los avances son los descubrimientos, en salud mental las iniciativas son las que están dando mejores resultados», señala. En el caso de León, «hay un deseo muy decidido que da cabida a población hasta ahora marginada

Chus Gómez, que es jefa de sección en el hospital de Ourense y miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, se encuadra en la tendencia de la Otra Psiquiatría partidaria de una mayor participación de la persona afectada en su proceso de sanación, un trabajo «menos paternalista y más codo con codo y humanizante, más de la cercanía y del acompañamiento», explica.

Con más de 25 años de experiencia, Gómez pertenece a la generación de psiquiatras que se alzaron contra el enclaustramiento de las personas con enfermedad mental en los manicomios. No niega que exista la locura, sino al contrario, «la locura es consuntancial a lo humano».

Lejos de considerarlo un término peyorativo, porque históricamente ha tenido un uso estigmatizante, «la locura da una posibilidad al individuo de responsabilidad, de poder hacer algo» frente al cientifismo y biologicismo imperantes que no dejan «opción de maniobra» a los pacientes porque «todo de depende de subidas y bajadas de sustancias».

Gómez no se muestra contraria los medicamentos para tratar la enfermedad mental, «soy psiquiatra y los uso todos los días», pero aboga por su uso «sensato», sabiendo que «no son etiológicos, sino sintomáticos y utilizamos los mismos para diferentes cosas».

La locura no fue considerada enfermedad hasta el siglo XVIII, a raíz de conflictos jurídico-legales. «Cada época tiene su discurso, ahora no se habla de endemoniados». Las etiquetas son depresión, trastorno bipolar, tdah, etcétera, aunque actualmente «la burbuja de la depresión está dando paso a otra burbuja, la del trastorno bipolar», apunta.

«El malestar contemporáneo, vestido de depresión es muy rentable para la industria farmacéutica», asegura. «Son los malestares del vivir, antes estábamos acostumbrados a poder soportar cierto grado de sufrimiento», añade. Muchas veces un «deprimido» es alguien que necesitaría «ir a reivindicar a su sindicato».

Bob Dylan no es Borges

Ilustración: Tomás Serrano

Ilustración: Tomás Serrano

J. A. Montano escribe:

El Premio Nobel sigue cumpliendo su función conmigo: descubrirme autores que desconocía. Así Bob Dylan. Por supuesto, sabía quién era: como para no saberlo. Me he pasado la vida metiéndome con él –soltando que era “el Ramoncín de la armónica” y cosas peores– para reírme de los dylanitas, que como buenos devotos son muy agradecidos de epatar. Pero nunca me había interesado mucho por su obra. Ahora, empujado por la Academia Sueca y las masas, y haciendo un alarde de falta de personalidad, he empezado a oírlo en serio y me gusta. Soy, pues, el dylanita más reciente: ese tipo de advenedizo que solo le presta atención a un autor cuando le dan el Nobel. (Supongo que de algún modo redondeo el asunto).

Al Nobel, por otra parte, hay que contextualizarlo: un premio literario que no supo encumbrarse a sí mismo al no darse al mayor escritor de su tiempo, Jorge Luis Borges (“no darme el Nobel se ha convertido en una tradición escandinava”, bromeaba el argentino), es ya un premio necesariamente menor. Pese al bombo mediático, hay que restarle importancia. En último extremo, la Academia Sueca no ha hecho más que señalar que Dylan no es Borges.

Pero, aunque sea un premio devaluado, ¿se merece Dylan el Nobel de Literatura? No sé calibrar la calidad de sus letras, pero por otras letras que sí sé calibrar (las del brasileño Chico Buarque, por ejemplo; quien, por cierto, aparte escribe novelas), afirmo rotundamente que un letrista sí puede llevarse un premio literario. Y con más merecimiento, si es bueno, que muchos escritores mediocres. La literatura es el arte de las palabras, y no son menos palabras porque vayan en una canción. Por otro lado, este Nobel a Dylan, que parece el más moderno, es en realidad el más antiguo de los que se han otorgado nunca, puesto que enlaza con las fuentes mismas de la lírica (cuyo propio nombre, derivado de “lira”, delata su origen musical).

Curiosamente, Borges tiene algo que ver con el premiado de este año, porque –además de considerar que nuestra mejor poesía era la del romancero y la lírica tradicional, géneros orales y musicales, según recuerda el poeta y cantautor Alejandro González Terriza–, él mismo compuso letras de milongas. En el prólogo al libro que las recoge, ‘Para las seis cuerdas’, escribe: “el lector debe suplir la música ausente por la imagen de un hombre que canturrea, en el umbral de su zaguán o en un almacén, acompañándose con la guitarra”. Y en alguna ocasión hasta se lanzó a canturrear.

Así que al final, por este giro inesperado de las asociaciones, vamos a considerar el Nobel a Dylan como un modo indirecto de premiar (¡de una vez!) a Borges. Este, por lo demás, siempre tuvo en materia literaria muy pocos prejuicios.