Archive for the ‘Interlitq’ Category

Encontraron descuartizada y empalada a una joven de 22 años en Merlo

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La mamá de Noelia Micaela Altamiranda Paz la buscó durante más de un mes. Recorrió el barrio de Merlo con afiches con su cara, caminó las zonas vecinas, habló, preguntó, era como si se la hubiera tragado la tierra. El único lugar al que no había ido era la morgue, hasta que la llamaron para reconocer un cuerpo y todo su mundo se desmoronó.

“El psicoanálisis no busca que estés bien, sino que seas tú mismo”

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Luis Condon entrevista a Gabriel Rolón:
Quizás uno de los componentes que alarga el sufrimiento sea la depresión.
La depresión tiene que ver con eso. Somos concientes de nuestra propia finitud, decía don Miguel de Unamuno. Y se preguntaba cómo hacemos para no vivir angustiados, sabiendo que tarde o temprano nos vamos a morir. La manera en que logramos vivir, sin tanta angustia, es poniendo cosas ante nosotros. Esas cosas son los proyectos, los sueños. El depresivo es aquel que ha perdido esos velos que oculta la muerte.
En el libro dices que te gustaría salvarles la vida a tus pacientes, pero no puedes. ¿Cómo los ayudas?
Lo más importante es tener una libertad de escucha, como para descubrir qué es lo que este paciente quiere de verdad. El psicoanálisis no busca que estés bien. Busca que seas tú mismo. En ese sentido, uno no se va de un análisis diciendo “qué bien que me siento”. Se van de un análisis diciendo “yo soy otro”.

“La afirmación de que Borges era un paranoico es un tanto arriesgada”

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David Gonzalez escribe:

La afirmación de que Borges era un paranoico es un tanto arriesgada. Sus mitómanos no perdonarían la infamia y sus detractores la sumarían al desprecio de recordar su célebre frase que unía como sinónimos democracia, superstición y estadística.Anotar en una biografía del autor de Ficciones, El Aleph o El libro de Arena ciertas obsesiones -complejos de inferioridad o de Edipo, celos fraternos de Norah Borges, dependencia de su madre Leonor o conducta narcisista defensiva- sería algo simplista (¿o apócrifo?). Porque si de verdad existía una obsesión para Borges, según se desprende de sus palabras y escritos, era única e irrenunciable. Borges –y esto puede admitirse también como suposición- deseaba ser BORGES, con mayúsculas. Borges no quería que leyéramos sus libros, sino a Borges. Para ello, irremediablemente, tuvo que espiarse a sí mismo. Ya en una de sus célebres sentencias puede resumirse su vida: “Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca”.Así sea: un deseo hecho biografía, puesto que Borges, hijo de un abogado con expectativas frustradas de escritor, crió sus inquietudes bajo el bilingüismo (hablaba inglés y castellano). Aprendió francés, latín, alemán y, a lo largo de su vida, otros tantos idiomas. Enuncian sus biógrafos que a los 10 años tradujo a Oscar Wilde y, posteriormente, son codiciadas sus traducciones de Chesterton, Poe, Wolf, etc. Borges, por tanto, suponemos que optó por una vida quijotesca de vivir en los libros lo no vivido en su día a día. De nuevo rescatamos palabras de Jorge Luis Borges. Fueron pronunciadas en una conferencia de 1971, en Londres: “Yo tenía, de niño, tres espejos enormes en mi habitación, y sentía por ellos un miedo profundo porque (…) me veía a mí mismo triplicado, y tenía mucho miedo al pensar que tal vez las tres formas comenzaran a moverse por su cuenta”. Así, el sueño se hizo realidad. Borges primero vigiló a los clásicos en versión original, tradujo sus palabras y, finalmente, cuando el Borges lector se convirtió en escritor, un día el reconocimiento internacional le tocó en el hombro –aunque a su pesar no le otorgaran el Premio Nobel-. Renegó entonces de sus primeras obras y revisó concienzudamente sus múltiples reediciones. Espía de sí mismoLlegó, entonces a un espionaje de sí mismo inigualable. Incluso cuando sus ojos se apagaron a causa de una ceguera heredada de su padre, Borges seguía escuchando su Literatura bajo el cobijo de las lecturas de su madre y luego bajo la atención de su viuda María Kodama. Espiar, perfeccionar, espiar. El perfeccionismo aplicado a uno mismo es un defecto que los acérrimos de Borges lo extreman hacia la virtud. Por eso, quizás, el texto más indicativo de su peculiar delirio, en el que desde el propio título nos enseña qué postula, sea Borges y yo: “Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra”.Borges, el hombre, narra sobre Borges, el escritor. ¿Estilo u obsesión? ¿Originalidad o influencia cervantina? Difícil responder, puesto que la literatura de Borges es miniatura, juega con su propio juego, sueña lo soñado, incluye en la brevedad un universo o el infinito de todas las literaturas. ¿No sería que Borges, vigilante de sí mismo -“de un modo vanidoso”, como cita en Borges y yo– conocía sus propios límites? ¿Y no son los géneros el límite más óptimo para crear una sólida estructura narrativa?¿Quién era Borges?Borges ocultaba a Borges bajo un sutil disfraz. El escritor argentino –además de la poesía y el ensayo- se universalizó por sus cuentos fantásticos, en los que introducía inalcanzable erudición: metafísica, matemáticas, filosofía… El género fantástico tiene algo de fronterizo, en el que a un lado y a otro, lo cotidiano y la posibilidad (o la locura) convergen. Borges nunca escribió una novela. Ese fue su límite. Su obsesión era otra. Porque a quién no le hubiera gustado contemplar a Borges en su infinita biblioteca. Y no releyendo a los clásicos, sino revisando, por ejemplo, su texto Agosto, 25, 1983, en el que Borges entra en un hotel y se descubre a sí mismo, más viejo y a punto de suicidarse. Quizás la revisión de esta narración por parte de Borges –la escena en su biblioteca- fuera la mejor metáfora que describiría al escritor que se siente autovigilado: espiaba al Borges escritor, al Borges narrador de dicha historia, al otro Borges personaje que se suicidaba ante su propio yo, a los dos Borges que se soñaban… ¿Paranoia o genialidad? Imposible responder, quizás lo supiera Miguel Khoan Miller, psicoanalista que lo trató durante tres años, según detalla el amor imposible de Borges, Estela Castro, en su polémico libroBorges a contraluz. De esas sesiones se podría haber extraído muchas huellas de lo que posteriormente plasmó en su obra. Sin embargo, el secreto de que Borges se sometía a psicoterapia contrasta con otras afirmaciones. “Muchos críticos se empeñan en que Borges era un obsesivo”, nos comentaba su viuda y albacea María Kodama a un grupo de periodistas recientemente. “Borges era muy lúcido, muy crítico. Corregía continuamente. Su obra nunca era definitiva”, decía Kodama.

Ruth Sharman, UK poet, gives 3 question interview to Interlitq

Ruth Sharman

Ruth Sharman

Ruth Sharman gives 3 question interview to Interlitq.

Interlitq: You refer in some of your poems to your childhood in India. Do you feel you need to travel to exotic places to gain a sense of wonderment?

I do feel a sense of wonderment – largely second hand – through my father’s experience of remote regions like the Amazon Rainforest and the evergreen jungles of South India. What could be more wonderful than seeing a cloud of lime blues, several thousand strong, rising from the banks of a stream in the Nagalapuram Hills? But I was lucky enough to develop a real passion for nature while walking with my father as a child in the English countryside. From early on, the tiny worlds that took hold on a rotten tree stump – the forests of moss, the clumps of wood sorrel – were as much a source of wonder as the iridescent wings of a morpho butterfly.

I think you just have to be open and still. You don’t have to look as far as the stars: we’re surrounded by so much that is small but intricate and extraordinary. And ordinary things can be invested with great mystery – an empty chair in an artist’s studio, a bowl of flowers, the way the light strikes a distant hill top. I’m not religious in any conventional sense – and this is a big word to use – but I sometimes get this sense of the numinous hovering just beyond things, just out of reach.

In Pride and Prejudice, Mrs Bennett says of her daughter Jane that she “couldn’t be so beautiful for nothing!” Of course Mrs B is being characteristically idiotic, but I think I’m getting at something a bit similar here. I may be wrong: perhaps the stars and the moss and the wood sorrel and my father’s butterflies can “be” for no purpose, totally arbitrary, signifying nothing beyond themselves, their in-this-moment existence. But I’m not convinced that everything is random – ultimately absurd and meaningless. Because we can never answer the fundamental how or why of existence, it seems to me there always has to be the possibility of purpose and meaning beyond anything we can decipher, and it’s worth living one’s life believing in that possibility, open and listening.

Interlitq: Time is obviously an important theme for many poets. How does one approach it in a fresh way?

“Fresh” would be good. I don’t know how one does that, really, other than to go as deeply as possible into one’s own experience. For me this links with what we’ve just been talking about – the sense of awe in the face of life’s extraordinariness. There’s a tension between wanting to celebrate this and being acutely aware of time passing – of things fading and dying, losing the people we love – and the poems attempt a balancing act between the two, between light and dark, both real and metaphorical.

I draw extensively on the natural world in my poems because that’s what I love. Butterflies and moths are a particular obsession, partly because they were my father’s obsession, and they form a means of communication between us which – in my imagination – bridges even death.

Perhaps because I left India at the age of not quite six and felt terribly uprooted, there’s a sense in which I am always searching for what might be our “real” home, since any feeling of being grounded in time and space is ultimately an illusion. This is a difficult thing to put into words, but it’s about trying to grasp a sense of some reality beyond what we know and experience. If the world as we know it had a beginning, then what existed before? Where are the limits of our universe? Even supposing Big Bang, where will we find the last Russian Doll?

Interlitq: Proper names recur frequently in your poems. The scarlet tiger moth of the title poem, for instance, keeps flitting in and out of your new collection. What is the importance of identification for you?

There are several aspects to naming things. In a way you’re honouring the thing, or place, by giving it a name. And in order to be authentic I think it’s also very important to be absolutely specific, to use the correct name, the correct technical term. But there’s also something much more fundamental going on here for me: names have a talismanic quality. They are a way of holding on to things, achieving a kind of anchorage in the face of chaos and flux. The same goes for the information that relates to the place or thing: it serves to build a storehouse of knowledge to set against oblivion and decay.

I know of course that what I’m talking about is completely illusory, but that doesn’t make the urge to do these things any less strong. And the deliberate echoes between poems – involving names but also certain words and phrases – are an attempt to weave together strands in order to create pattern and form and make something tangible out of life.

 

 

 

“…un marido genera 10 veces más stress que un hijo”

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Luciano Lutereau escribe:

Recientemente vi en la televisión un documental sobre fertilización, en el que una mujer comentaba la decisión de tener un hijo “sola”. No le faltaba una pareja. No le faltaba nada. Pero era algo que no quería compartir. Literalmente, dijo que le “daba paja” la vida familiar con un hombre. En última instancia, así se reservaba la última palabra. Nadie le puede decir nada sobre su hijo. Su autoridad es absoluta…

 ¿Quién podría juzgarla? No está ni bien ni mal. Es una elección. Hacia el final ofrecía un detalle cuyo valor clínico es precioso (y preciso): antes del embarazo, se compró un perro para practicar. Un hijo puede sustituir al falo, también a una mascota. El niño como “Tamagotchi” es parte de lo que hace tiempo vengo llamando “clínica del soltero”, es decir, una descripción de las posiciones de aquellos que bien pueden no rechazar la pareja, pero sí la realización subjetiva a través del encuentro con el otro sexo (en Otro).

 Veámoslo con otro caso. Esta vez más general. Todo varón conoce la dificultad de sacar a bailar a una chica. El corto de Martín Piroyansky “Un juego absurdo” (2009) lo demuestra: por un lado están los muchachos, por el otro las mujeres y, en el medio, el deseo. La iniciación sexual está mediada por esa tensión que hace del encuentro algo contingente, que requiere la puesta a prueba de la potencia y, eventualmente, la precipitación de un síntoma (como la vergüenza).

Ahora bien, en “El baile de los solteros” (2004), Pierre Bourdieu se ocupa de la posición de aquellos hombres que no bailan, y se quedan al margen, que miran. Son “incasables”, dice. Están excluidos del “mercado matrimonial”, agrega. Es atractiva la idea del matrimonio como un “mercado”. El sociólogo advierte que en Bearne son los primogénitos los que ocupan ese lugar. En otro tiempo, hubieran sido candidatos inmejorables. No obstante, los tiempos cambiaron con el desarrollo de las ciudades y las industrias, y a los hombres “arraigados” les bajaron el precio, porque el matrimonio ya no vale como alianza en el contexto de la modernidad desarrollada.

Es valiosa la ecuación que se produce: el que queda nombrado por una herencia, en tiempos de la decadencia del patriarcado, sintomatiza el matrimonio. Los solteros no bailan porque, como dice una canción de Café Tacuba: “El amor es bailar”.

Consideremos un último punto. Según un estudio de la Universidad de Michigan, tener un marido genera una carga extra de 7 horas semanales de trabajo. La Organización Mundial del Trabajo, en el 2016, afirmó que un marido genera 10 veces más stress que un hijo. Estamos hablando siempre de un marido “normal”, porque si a esto le agregamos que podría tratarse de un vicioso (alcohólico, fanático de Racing, lacaniano) las cifras se disparan. Sin duda, esto hace del matrimonio (única manera de consagrar la unión con un marido) una elección poco conveniente. Podríamos bromear y decir que es preferible el giro neoliberal y tercerizar el servicio, flexibilizar el modo de contratación, anular el convenio colectivo del amor conyugal.

De acuerdo con cierta orientación contemporánea, es importante avanzar en el cuestionamiento del patriarcado, pero no de manera ingenua, dado que en nombre del deseo podemos realizar el sueño del individualismo burgués y capitalista. Si el deseo no destituye al sujeto, es mero cálculo, la más básica de las formas masculinas de sexualidad: la “paja colectiva” del adolescente varón. Desde mi punto de vista, no se trata de liberarse sino de buscar otras formas de compromiso con el otro.

Para concluir, si la Organización Mundial del Trabajo sostiene que un marido causa 10 veces más stress que un hijo, es porque se supone que un marido es comparable con un hijo. En efecto, sólo para una madre vale esta suposición, lo que demuestra el carácter machista del informe (a pesar de su intención progresista), que sólo piensa a la mujer a partir de la demanda. Pero no sólo es machista, sino también normativo, ya que reprime el deseo que podría llevar a una mujer a “adoptar” a un hombre. ¿Qué prejuicio menosprecia que un hombre pueda reencontrar en una mujer algunas huellas maternas? Eso es la histeria y su queja: “Soy tu mujer, no tu mamá”, que absolutiza lo femenino como algo opuesto a la maternidad. Esta cuestión nos devuelve al caso del principio.