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“Del temor de Borges por la áspera existencia real surgen dos actitudes…”

Ernesto Sábato

Ernesto Sábato-Borges y el destino de nuestra ficcion:
En uno de sus ensayos relata cómo un emperador mogol soñó con un palacio y lo hizo construir conforme a esa visión; siglos después, un poeta inglés, que ignoraba el origen onírico del palacio, sueña con él y escribe un poema. Borges se pregunta: «¿Qué explicación preferiremos? Quienes de antemano rechazan lo sobrenatural (yo trato siempre de pertenecer a ese gremio) juzgarán que la historia de los dos sueños es una coincidencia… Otros argüirán que el poeta supo de algún modo que el emperador iba a construir el palacio… Más encantadoras son las hipótesis que trascienden lo racional». En un par de páginas nos propone esas encantadoras variantes.
El ánimo lúdico conduce al eclecticismo, tal como se ve en ese mismo fragmento: hay varias interpretaciones, cada una de las cuales implica una metafísica diferente.
El mismo confiesa que rebusca en la filosofía por puro interés estético lo que en ella puede haber de singular, divertido o asombroso. Las paradojas lógicas, el regressus in infinitum, el solipsismo, son temas de hermosos cuentos. Y como hará un relato con el empirismo de Berkeley y no querrá perder la oportunidad de elaborar otro con la igualmente asombrosa esfera de Parménides, su eclecticismo es inevitable. Y por otra parte insignificante, ya que él no se propone la verdad. Y ese eclecticismo es ayudado por su irriguroso conocimiento, confundiendo, según las necesidades literarias, el deterninismo con el finalismo, el infinito con lo indefinido, el subjetivismo con el idealismo, el plano lógico con el plano ontológico. Recorre el mundo del pensamiento como un amateur  la tienda de un anticuario, y sus habitaciones literarias están amuebladas con el mismo exquisito gusto pero también con la misma disparatada mezcla que el hogar de ese dilettante. Borges lo sabe y hasta lo murmura. Pero esa clase de lector que con pavor sagrado se arrodilla apenas lee una palabra como aporía, toma como inquietud profunda lo que en general es un sofisticado pasatiempo. Y en lugar de retener al Borges válido admira al autor de esos ejercicios.
Del temor de Borges por la áspera existencia real surgen dos actitudes simultáneas y complementarias: juega en un mundo inventado y se adhiere a la tesis platónica, tesis intelectual por excelencia. El intelecto (limpio, transparente, ajeno al tumulto) lo fascina. Pero como por otra parte quiere seguir jugando, quiere no participar en el siempre duro proceso de la verdad, toma del intelecto lo que tomaría un sofista: no busca la verdad sino que discute por discutir, por el solo placer mental de la discusión, y, sobre todo, eso que tanto le gusta a un literato como a un sofista: la discusión con palabras sobre palabras. Lo fascina lo que la inteligencia tiene de móvil, de bipolar, de ajedrecístico. Juguetón, inteligente y curioso le atraen las sofistiquerías, lo subyuga la hipótesis de que todos pueden tener razón o, mejor todavía, que nadie tiene verdaderamente razón. En Sócrates admira al encantador verbal que había en él, al ingenioso dialoguista que podía demostrar una verdad y la contraria a un auditorio a la vez boquiabierto e incondicional. En este momento, para él la filosofía no puede proponerse la verdad (en otro, más serio, más culpable, diría lo contrario), y todo es confutable. Y aun cuando en el caso de la teología el problema es más grave, también allí todo será cosa verbal, todo literatura… Las herejías son variantes de la ortodoxia, tal como más apaciblemente sucede en la filosofía, puesto que aquí se paga con la cruz o con la hoguera: no con el tormento de Borges, que considera esas historias con ironía, con distancia, con moderado (e intelectual) asombro, como arte combinatoria: que el Demonio pueda ser Dios, que Judas pueda ser Cristo. Dice: «Durante los primeros siglos de nuestra era los gnósticos disputaron con los cristianos. Fueron aniquilados, pero no podemos representar su victoria imposible. De haber triunfado Alejandría y no Roma, las estrambóticas historias que he resumido aquí para solaz dominical del lector, serían coherentes, majestuosas y cotidianas».
En ningún relato como en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius se resume mejor ese esencial eclecticismo: allí están todas sus inclinaciones y hasta todas sus equivocaciones, y con cada una de ellas construye un ingenioso universo. Ni él cree en lo que allí dice ni nosotros creemos, aunque a todos nos encanta lo que tiene de posibilidad metafísica. Y así muchas veces: que el mundo sea un sueño, que sea reversible, que haya eterno retorno, que la inmortalidad se logre por la transmigración, que la inmortalidad se alcance en la memoria de los otros, que la inmortalidad no exista sino en la eternidad: todo es igualmente válido y nada en rigor vale. En un ensayo nos dirá, solemnemente, que «ni la venganza ni el perdón ni las cárceles ni siquiera el olvido pueden modificar el invulnerable pasado», pero en Pierre Menard nos muestra el presente alterando los rasgos de lo que fue. Y si nos preguntamos en cuáles de las dos variantes opuestas cree Borges tendremos que concluir que cree en ambas. O en ninguna.

Alejandro Rozitchner recomienda “El erotismo” de George Bataille

Alejandro Rozitchner recomienda la lectura del libro El erotismo, de George Bataille.

Borges: “Entrego esa dialéctica fecal a los apologistas de la viveza…”

Daniel Balderston

Daniel Balderston

In his essay The “Fecal Dialectic”: Homosexual Panic and the Origin of Writing in Borges, Daniel Balderston begins:

Near the end of a 1931 essay on the defects of the Argentine character, “Nuestras imposibilidades” [Our Impossibilities] in which he discusses the Argentine penchant for taking pride in putting one over on someone else (“la viveza criolla”), Borges writes:

Añadir é otro ejemplo curioso: el de la sodomía. En todos los países de la tierra, una indivisible reprobación recae sobre los dos ejecutores del inimaginable contacto. Abominación hicieron los dos; su sangre sobre ellos, dice el Levítico. No así entre el malevaje de Buenos Aires, que reclama una especie de veneración para el agente activo–porque lo embromó al compañero. Entrego esa dial éctica fecal a los apologistas de la viveza, del alacraneo y de la cachada, que tanto infierno encubren. (Discusión 17-18)(1)
[I’ll add another strange example: that of sodomy. In all of the countries of the earth, an indivisible reproof falls on both partners in the unimaginable contact. “both of them committed an abomination, their blood shall be upon them,” says Leviticus. Not so in the Buenos Aires underworld, which showers the active partner with a sort of veneration–because he put something over on his companion. I leave that fecal dialectic to the apologists of trickery, backbiting and mockery, who conceal so much of hell.]

But of course he does not, and cannot, leave this “fecal dialectic” alone (though he does remove the reference to the matter from subsequent editions of Discusión and hence from the so-calledObras completas). What I will examine here is his phobic treatment of a theme that evidently fascinated him.(2) I will not, for now, speculate on the enigmas of Borges’s sexual nature,(3)though it is worth noting that his failed relationships with a variety of women have been the focus of literary gossip for many years in Buenos Aires, and that the recent publication of some love letters to Estela Canto, and the revelation that Borges sought psychiatric help for impotence for several years in the 1940s, show the currency of that gossip.(4) Instead, I will discuss first Borges’s treatment in a series of essays of the homosexuality of two eminent nineteenth century men of letters whose works and lives he mentions often, Oscar Wilde and Walt Whitman, and then discuss the treatment of sexual preference in a variety of stories, especially in “La intrusa” (El informe de Brodie, 1970) and “La secta del f énix” (1952, later included in the second edition ofFicciones).

“¿y Freud? Su actitud frente a la sexualidad humana fue totalmente contraria a la de Borges”

 

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En su ensayo, “Freud, Borges y El Secreto”, Carme García Gomila afirma:

Vamos a suponer que un hombre de tan vasta cultura como Borges conocía la obra de Freud. Vamos a suponer que de forma consciente o inconsciente tomara como punto de partida algunos de los conocimientos psicoanalíticos para inspirarse en la escritura del relato que nos ocupa. Pero también podemos suponer que por ser un Hombre del Secreto podía saber de qué iba la cosa. Pero cuando acaba el relato concluyendo con la frase: “Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo”. ¿Se refería con ese “alguien” quizá a Freud? A mí me gusta pensar que sí, aunque también pudiera ser que no, y que la imaginación juguetona de Borges junto con su erudición inmensa le hubieran permitido un acercamiento tan acertado al tema de la sexualidad humana. Lo que sí sabemos es que Freud no pudo leer a Borges, pero me gusta imaginar que, juntos, hubieran pasado buenos ratos hablando del Secreto. Pero, ¿y Freud? Su actitud frente a la sexualidad humana fue totalmente contraria a la de Borges. Freud no quiso ser sugerente, vacilante y gradual, ni usar alegorías ni subterfugios; por contra, se dedicó al estudio de la sexualidad humana y a su divulgación, con prudencia y valentía a la vez, intentando que el Secreto dejara de serlo, en tiempos donde precisamente esta tarea no era fácil. Esa es sencillamente la diferencia entre este literato y este científico.

Essay, “In Pursuit of Tom Carter and Ezra Pound” by Jeff Barry published in Interlitq

Jeff Barry

Jeff Barry

The essay, “In Pursuit of Tom Carter and Ezra Pound” by Jeff Barry, a Deputy General Editor of Interlitq, and who contributed fiction to Issue 21 of Interlitq, has been published in Interlitq.