Archive for the ‘Criticism’ Category

“Pizarnik escribió para la mujer desde el cadáver presentido…”

Alejandra Pizarnik

Carolina A. Navarrete González escribe:

Alejandra Pizarnik y su Obra Poética

Alejandra Pizarnik, nacida en Buenos Aires en 1936, comienza a publicar sus poemas ya a los 20 años. Sus cinco libros poéticos fundamentales son: Árbol de Diana (1962); Los Trabajos y las noches (1965); Extracción de la piedra de Locura (1968); El Infierno musical (1971); y Textos de sombra y Últimos poemas, que contiene una recopilación de poemas y textos dispersos, no publicados antes y que aparece recién el año 1982. Alejandra Pizarnik se suicidó en Buenos Aires en septiembre de 1972. Cercana al surrealismo, admiradora del romanticismo alemán, los poetas malditos. Amiga y admirada por Cortazar, Octavio Paz, Manuel Mujica Lainez y gran parte de la intelectualidad argentina de la época, su muerte dejó un gran vacío, pues era considerada la voz poética de su generación.

En los poemas de Pizarnik se puede seguir las imágenes que describió Lacan como la fragmentación del sujeto, la búsqueda de unidad (que para ella se lograría en el silencio), el desplazamiento del significado frente al mar profundo y ambiguo de significantes, la dificultad de encontrar la palabra verdadera, la manifestación del deseo en el texto, el intento de plasmar y de conjugar cuerpo y texto, la angustia ante el desencuentro y la desesperanza.

 

Análisis de “Contemplación” y “Caminos del espejo”

He querido traer a escena los poemas “Contemplación” y “Caminos del espejo” con el fin de trazar ciertos rasgos que develan la presencia de una relación entre escritura – cuerpo – lenguaje. Esta relación pondría de manifiesto al cuerpo (de mujer) que ha perdido la experiencia de sí (ha sido secuestrado, anulado, borrado) y que en la escritura se recupera, intenta palparse, re-conocerse. Ambos poemas comparten, a través de la conjugación cuerpo y texto, una polifonía que permite a la palabra “significar algo totalmente diferente de lo que ella dice”, hacer “oír otra cosa”.

Te atraviesan graznidos. Te martillean con pájaros negros. Colores enemigos se unen en la tragedia. ( “Contemplación”)

Alejandra Pizarnik estaría develando esta relación escritura-cuerpo-lenguaje que en Latinoamérica está dominada por el signo de la violencia: descuartizamiento e inscripción de la máquina en el cuerpo. Basta recordar los mecanismos de tortura y secuestro institucional del cuerpo en las diferentes etapas del capitalismo, mecanismos expuestos por Michel Foucault en La verdad y las formas jurídicas (1973); Vigilar y Castigar 81975); y Microfísica del Poder (1971-1977).

Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro. (“Caminos del espejo”)

Si bien Pizarnik parece participar de esos rasgos generales, a la vez parece hablar de una manera particular sobre otra cosa: máscara dentro de la máscara, desdoblamiento y desterritorialización, suplemento que resiste (Muschietti, 1989)

Pizarnik habla desde una lengua que crece apegada al silencio y aunque le teme como amenaza constituye su punto de partida, silencio que es hueco, tachadura, ya que la constituye históricamente. Nacer mujer ha sido nacer para ser mantenida por los hombres dentro de un espacio limitado y previamente asignado. La presencia social de la mujer se ha desarrollado como resultado de su ingenio para vivir sometida a esa tutela y dentro de un limitado espacio. Pero ello ha sido posible a costa de partir en dos al ser de la mujer. Una mujer debe contemplarse continuamente. Ha de ir acompañada casi constantemente por la imagen que tiene de sí misma. Desde su más temprana infancia se le ha enseñado a examinarse continuamente.

Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo
súbitamente borrada por la lluvia.

Pizarnik se mueve en el espacio de la borradura, la escisión constitutiva del sujeto femenino la conduce contra el Edipo, de cara a la niña como pura potencia y posibilidad, construir en contra del silencio de la otra: la máscara (la de la boca y los párpados cosidos) que opone el yeso a la carne. Escribir es construir el otro silencio como iluminación.

En este sentido, el silencio constituye el único lugar donde para ella sería posible la comunicación.

¿Y qué deseaba yo?
Deseaba un silencio perfecto
Por eso hablo.

El silencio constituye el lugar idílico, soñado, en que se liberaría de la búsqueda infinita, de la eterna cadena ansiosa de sustituciones que describía Lacan, en el que las palabras pueden reencontrar su significado perdido a través del paso por la cultura, por los distintos hombres, que al usarlas, las han cargado de significados que no les pertenecen y que las desvirtúan.

Si el lenguaje la apartaba del mundo, entonces, el único lugar donde se podía vivir en paz era el silencio.

Pero el silencio es cierto. Por eso escribo
Estoy sola y escribo. No, no estoy sola
Hay alguien aquí que tiembla.

La verdad, la palabra verdadera, perseguida con tanto anhelo, no es música que pueda ser escuchada. Esa música que por estar alojada en el inconsciente está separada de nosotros.

Podríamos decir que el sujeto de la escritura, entendiendo por sujeto a quien ha sido dividido por la acción del significante, tendría como sesgo conceptual a la alineación: encontrarse escindido.

Si la alineación del sujeto se liga a la constitución del sujeto en el campo del Otro en tanto operación que determina la captura del sujeto por el significante, en el sujeto femenino, este significante no mata, de ninguna manera, sino que inaugura una función: aquella denominada afánisis (el término es tomado por Ernest Jones) y que constituye un desvanecimiento, una desaparición, una petrificación.

Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quien me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.

Aquí, el efecto del significante es introducir una suerte de knock-out, donde el sujeto queda desvanecido. En la doctrina lacaniana la opción que procura buscar el sentido, se topa con el sin sentido. No hay sentido pleno en ningún ser hablante, por cuanto inevitablemente ocurre una pérdida que lo constituye, la cual, en la realización del sujeto, es lo inconsciente. Lo que queda, entonces, es una falta: ni uno ni otro. Esta es la acción del campo del Otro en la constitución del sujeto en su primer movimiento.

Ahora bien, esta falta en la constitución del sujeto femenino que devela Pizarnik guardaría relación con la normativización del deseo sexual femenino inserta dentro de la ideología patriarcal.

Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy.

Se trata de reescribirse con la voz apenas percibida del cadáver de la mujer. Se construye el territorio de la otra, la asesinada y se suspende allí la respiración del animal que presiente la aproximación de la muerte.

Su poesía es la búsqueda obsesiva de un cuerpo (el de la mujer) que ha sido normativizado bajo la forma del trabajo femenino como trabajo maternal y doméstico.

El deseo de saber (yo fui en busca de quien soy) acaso nos ofrece la posibilidad de dominar/ dominarnos a nuestro objeto /sujeto de conocimiento. Sin embargo, hay que tener en cuenta que existen limitaciones del supuesto de saber-para-ser con el cual las mujeres hemos tratado de configurarnos como sujetos existentes. Pareciera, no obstante, que es necesario transitar por los múltiples caminos que ofrece el deseo de saber a las mujeres, inclusive aquel que nos ofrece “sabernos existentes”, para intentar aportar desde allí, nuestro “saber de mujeres”, un “saber” que constituye parte de la conciencia de la pertenencia al género sexual femenino, a una cultura que ha relegado históricamente tal saber a la marginalidad y/o a la omisión.

Y la sed, mi memoria es de la sed,
Yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.

Quedaría, entonces, la labor de la mujer deconstructiva y reconstructiva en la resignificación de experiencias deseantes anteriores a la represión ejercida sobre ella (especialmente el deseo de saber y del deseo de poder)

El término resignificar (Laplache y Portalis) es una palabra utilizada frecuentemente por Freud en relación con su concepción de la temporalidad y de la causalidad psíquica: experiencias, impresiones y huellas mnémicas son modificadas ulteriormente en función de nuevas experiencias o del acceso a un nuevo grado de desarrollo. La resignificación permite tomar la historia del sujeto no con un determinismo lineal que sólo tendrá en cuenta la acción del pasado sobre el presente sino concebir como un sujeto elabora retroactivamente los acontecimientos pasados, y plantearnos que es esta elaboración lo que le confiere sentido.

Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.

La apelación al  constituye el llamado solidario de la escritura. Allí se vincula la historia de yo-ella con la historia de las otras. Lo que se tiene en común con las otras es la tachadura del deseo, por eso la memoria se vuelve terreno baldío, la memoria ha sido aniquilada desde la infancia por lo que lo único que quedaría sería apelar a una resignificación de la mujer a partir de la de-construcción del vacío.

La resignificación que se desprende de la escritura de Pizarnik obedece a la re-escritura en la máscara corpórea del lenguaje de otra máscara que hay que poner del reverso.

El lenguaje, lo decible es mentira, se encontraría del lado de la máscara que deviene espejo. Pizarnik habla, escribe con la otra lengua (la del cuerpo borrado, asesinado) escribir con la lengua desde y para un cuerpo de mujer. Estar atenta a las alas del deseo de una y no del otro.

Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos, en dueño, he de comprender lo que dice mi voz.

La resignificación deviene del reconocer-se que es reconstruir el lugar del crimen; desciframiento de esa voz antigua que habla en un murmullo discontinuo; es perseguir fragmentos perdidos con el lenguaje de los sueños. Es tensar-se entera para escuchar aquello que fluye desde el muro del silencio. Pizarnik intuye un puente ubicado sobre el lenguaje, más allá de él, al que si bien logra traspasarlo pareciera que la posibilidad de instalación en él no habría podido concretarse. Basta recordar el escrito que dejó sobre el pizarrón de su cuarto antes de suicidarse:

No quiero ir
Nada más
Que hasta el fondo
Oh vida
oh lenguaje
oh Isidoro.

Pizarnik escribió para la mujer desde el cadáver presentido de un cuerpo (¿el de ella?), intentando fijar en el presente aquello que su palabra instalada en el linde del silencio y al borde del des-territorio vislumbraba como el desprendimiento de la presencia de la ausencia.

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Martin Amis “is wedded to what he considers Romantic virtues: warmth, plenitude, levity, demotic command…”

Martin Amis

Reviewing “The Rub of Time: Bellow, Nabokov, Hitchens, Travolta, Trump and Other Pieces, 1986-2016” by Martin Amis, Leo Robson writes in The New Statesman:

In reality – that distant land – Eliot represents everything Amis dislikes: religious piety, modernist difficulty, analytic rigour, and, clearing the way for these, the critical assault on Romanticism; an exercise in canon-maintenance pursued more systematically by Amis’s bête noire, the irritable Cambridge don FR Leavis. If you studied at Downing College – or one or two other places – between about 1930 and 1965, chances are you would end up a Leavis disciple, with what Amis once called the Leavisite’s “pitifully denuded bookcase” (no Milton, no Shelley, and so on). But Amis studied at Oxford, where he was taught by Jonathan Wordsworth, a collateral descendant and prominent scholar of the poet, and took seminars with the key figure in the Romantic Revival, Northrop Frye – characterised further down page x as “a literary philosopher-king to whom I owe fealty”.

 In consequence, though the Amisian bookcase is marginally fuller, the omissions are similarly stark. His pantheon isn’t exclusively Romantic – that would be deranged – but he is wedded to what he considers Romantic virtues: warmth, plenitude, levity, demotic command, “sublime energy” (the book’s final words), and a hearty lust for life. The essays on writing that constitute the bulk of the collection include plausible acts of tribute to Jane Austen, Christopher Hitchens, and Iris Murdoch. Now and again, you scratch your head as Amis tries to fit his taste to his criteria. An obituary of JG Ballard ends on a note (“a man who loved life with such force”) that will befuddle readers not just of Ballard’s fiction but of all the words that come before it.

 

 

Gillian Beer shares a birthday with Lewis Carroll

Gillian Beer

Lewis Carroll

Claire Armitstead writes of Gillian Beer, a Consulting Editor for Interlitq:

By happy coincidence, Beer shares a birthday with Carroll. Her first encounter with him was through a copy of Alice in Wonderland that she was given as a sixth birthday present, which she didn’t much like. A year later, she read Through the Looking Glass and loved it: “I can’t quite explain the difference.”

She was living in Somerset at the time, the daughter of a divorced mother who had been posted away from the family home in the East End of London to work as a village schoolteacher. She recalls “a harmonious childhood”, happily billeted in the home of a bricklayer’s family, with Gillian attending the local primary school, until she excelled in her 11-plus and the local authority began to question their living conditions. She was sent off to board at Sunny Hill school in the Somerset town of Bruton. “It was a perfectly good convent boarding school, but I was used to being alongside my mother and having lots of conversation with her, so I didn’t enjoy it very much,” she says.

At 14, she fell down a flight of stairsin the steep grounds surrounding the school and was sent home for six months to recover from a serious back injury. By that time, her mother was being kept busy as headteacher of the local school. “I just started to read: Ibsen and Oscar Wilde. I got one thing, then my ma would go to the library and get everything else they had written. I remember being very struck by Ghosts, which I didn’t really understand because I didn’t know about venereal disease, but I knew about people going mad in a cloistered life.”

Read more about Gillian Beer, a Consulting Editor for Interlitq

Read “Imagining Posterity, then and now”, an essay by Gillian Beer published in Issue 5 of Interlitq

“Del temor de Borges por la áspera existencia real surgen dos actitudes…”

Ernesto Sábato

Ernesto Sábato-Borges y el destino de nuestra ficcion:
En uno de sus ensayos relata cómo un emperador mogol soñó con un palacio y lo hizo construir conforme a esa visión; siglos después, un poeta inglés, que ignoraba el origen onírico del palacio, sueña con él y escribe un poema. Borges se pregunta: «¿Qué explicación preferiremos? Quienes de antemano rechazan lo sobrenatural (yo trato siempre de pertenecer a ese gremio) juzgarán que la historia de los dos sueños es una coincidencia… Otros argüirán que el poeta supo de algún modo que el emperador iba a construir el palacio… Más encantadoras son las hipótesis que trascienden lo racional». En un par de páginas nos propone esas encantadoras variantes.
El ánimo lúdico conduce al eclecticismo, tal como se ve en ese mismo fragmento: hay varias interpretaciones, cada una de las cuales implica una metafísica diferente.
El mismo confiesa que rebusca en la filosofía por puro interés estético lo que en ella puede haber de singular, divertido o asombroso. Las paradojas lógicas, el regressus in infinitum, el solipsismo, son temas de hermosos cuentos. Y como hará un relato con el empirismo de Berkeley y no querrá perder la oportunidad de elaborar otro con la igualmente asombrosa esfera de Parménides, su eclecticismo es inevitable. Y por otra parte insignificante, ya que él no se propone la verdad. Y ese eclecticismo es ayudado por su irriguroso conocimiento, confundiendo, según las necesidades literarias, el deterninismo con el finalismo, el infinito con lo indefinido, el subjetivismo con el idealismo, el plano lógico con el plano ontológico. Recorre el mundo del pensamiento como un amateur  la tienda de un anticuario, y sus habitaciones literarias están amuebladas con el mismo exquisito gusto pero también con la misma disparatada mezcla que el hogar de ese dilettante. Borges lo sabe y hasta lo murmura. Pero esa clase de lector que con pavor sagrado se arrodilla apenas lee una palabra como aporía, toma como inquietud profunda lo que en general es un sofisticado pasatiempo. Y en lugar de retener al Borges válido admira al autor de esos ejercicios.
Del temor de Borges por la áspera existencia real surgen dos actitudes simultáneas y complementarias: juega en un mundo inventado y se adhiere a la tesis platónica, tesis intelectual por excelencia. El intelecto (limpio, transparente, ajeno al tumulto) lo fascina. Pero como por otra parte quiere seguir jugando, quiere no participar en el siempre duro proceso de la verdad, toma del intelecto lo que tomaría un sofista: no busca la verdad sino que discute por discutir, por el solo placer mental de la discusión, y, sobre todo, eso que tanto le gusta a un literato como a un sofista: la discusión con palabras sobre palabras. Lo fascina lo que la inteligencia tiene de móvil, de bipolar, de ajedrecístico. Juguetón, inteligente y curioso le atraen las sofistiquerías, lo subyuga la hipótesis de que todos pueden tener razón o, mejor todavía, que nadie tiene verdaderamente razón. En Sócrates admira al encantador verbal que había en él, al ingenioso dialoguista que podía demostrar una verdad y la contraria a un auditorio a la vez boquiabierto e incondicional. En este momento, para él la filosofía no puede proponerse la verdad (en otro, más serio, más culpable, diría lo contrario), y todo es confutable. Y aun cuando en el caso de la teología el problema es más grave, también allí todo será cosa verbal, todo literatura… Las herejías son variantes de la ortodoxia, tal como más apaciblemente sucede en la filosofía, puesto que aquí se paga con la cruz o con la hoguera: no con el tormento de Borges, que considera esas historias con ironía, con distancia, con moderado (e intelectual) asombro, como arte combinatoria: que el Demonio pueda ser Dios, que Judas pueda ser Cristo. Dice: «Durante los primeros siglos de nuestra era los gnósticos disputaron con los cristianos. Fueron aniquilados, pero no podemos representar su victoria imposible. De haber triunfado Alejandría y no Roma, las estrambóticas historias que he resumido aquí para solaz dominical del lector, serían coherentes, majestuosas y cotidianas».
En ningún relato como en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius se resume mejor ese esencial eclecticismo: allí están todas sus inclinaciones y hasta todas sus equivocaciones, y con cada una de ellas construye un ingenioso universo. Ni él cree en lo que allí dice ni nosotros creemos, aunque a todos nos encanta lo que tiene de posibilidad metafísica. Y así muchas veces: que el mundo sea un sueño, que sea reversible, que haya eterno retorno, que la inmortalidad se logre por la transmigración, que la inmortalidad se alcance en la memoria de los otros, que la inmortalidad no exista sino en la eternidad: todo es igualmente válido y nada en rigor vale. En un ensayo nos dirá, solemnemente, que «ni la venganza ni el perdón ni las cárceles ni siquiera el olvido pueden modificar el invulnerable pasado», pero en Pierre Menard nos muestra el presente alterando los rasgos de lo que fue. Y si nos preguntamos en cuáles de las dos variantes opuestas cree Borges tendremos que concluir que cree en ambas. O en ninguna.

In memoriam: Geoffrey Hartman, renowned scholar helped found Yale’s Holocaust testimonies archive

Geoffrey Hartman

Geoffrey Hartman was a Consulting Editor for Interlitq.

Geoffrey Hartman, a renowned literary scholar and co-founder of the Fortunoff Video Archives for Holocaust Testimonies at Yale, died on March 14 at his home in Hamden. He was 86 years old.

Hartman, who was Sterling Professor Emeritus of English and Comparative Literature, also played a role in establishing Yale’s Judaic Studies Program.

In the 1970s Hartman joined with his colleagues Paul de Man and J. Hillis Miller to form the nucleus of the “Yale School” of criticism. The Yale Critics, with whom Harold Bloom and Jacques Derrida were also associated, focused on the instability of linguistic reference in literary and philosophical texts, as exemplified in the collection of essays that all five scholars published together, “Deconstruction and Criticism” (1979). Despite being linked with this group, Hartman himself was not himself a deconstructionist, and however much his earlier phenomenological criticism evolved, he always held to his conviction that texts have meaning and pathos beyond verbal play.

Langdon Hammer, current chair of Yale’s English Department, said: “Geoffrey combined Anglo-American close reading and a deep knowledge of English and French and German poetry with Continental philosophy and Jewish traditions of interpretation to become a distinctively new type of literary critic. He moved fluidly between poetry, psychoanalysis, ethics, and philosophy, as if literary creativity and intellectual argument were essentially one. After the narrowing of scope represented by the New Criticism, it was a great opening, raising the stakes of the enterprise for everyone involved in literary study. On the page and in person, he was playful, searching, and wise.”

Speaking at the memorial service for Hartman on March 16, Leslie Brisman, the Karl Young Professor of English, said: “My first conversation with Geoffrey Hartman, when I arrived at Yale in 1969, was about his recently published magnificent essay, ‘The Voice of the Shuttle.’  He had written, ‘Interpretation is like a football game. You spot a hole and you go through. But first you may have to induce the opening.’ … [What] has stuck with me all these years, is that if interpretation is like a football game, the other team is not ‘other interpreters,’ to be beaten, but the text itself, to be played with, in good spirit and without agonistic violence. ‘Think touch football,’ he gently suggested. And in his hands, a most touching intellectual sport indeed.”

Although his interest in poetry extended from the Renaissance to the contemporary (including his own), Hartman always returned to his favorite poet: William Wordsworth. These interests — and his pioneering work in Judaic studies, trauma studies, and studies of the Holocaust — are reflected in his many publications, which include “Wordsworth’s Poetry “(1964), “Beyond Formalism” (1970), “Criticism in the Wilderness” (1980), “The Fate of Reading (1975), “The Longest Shadow: In the Aftermath of the Holocaust” (1996), and “The Geoffrey Hartman Reader” (2004).

Aside from his book of poems, “The Eighth Day” (2013), Hartman’s last book was a memoir titled “A Scholar’s Tale: Intellectual Journey of a Displaced Child of Europe”(2007). In it, he describes how his career was influenced by his experience, at the age of 9, as one of the Kindertransport children who were sent away by their parents to escape the atrocities against Jews in Nazi Germany. Hartman spent the next six years at school in England, where he developed his love of English literature and the English countryside. He joined his mother in America in 1948 and later became a U.S. citizen. He graduated from Queens College and earned a doctorate in comparative literature at Yale in 1953. He was a member of the Yale faculty for almost 40 years, retiring in 2009.

The Fortunoff Video Archives for Holocaust Testimonies at Yale, for which Hartman was the first director and faculty adviser, had its roots in a grassroots organization called the Holocaust Survivors Film Project, initiated by local television interviewer and producer Laurel Vlock in association with Dori Laub, an associate professor of clinical psychiatry at Yale and a child survivor of the Holocaust. Hartman’s wife, Renée, was one of the first people interviewed. In 1979 the project organizers began videotaping testimony from survivors and witnesses in the New Haven area; when they decided to expand the scope of the project to include testimonies from across the nation, Hartman, one of its board members, urged the university to assist the project. The archive became part of the collections at Yale’s Sterling Memorial Library in 1981. A grant from the Charles H. Revson Foundation supported the transfer and cataloging of the testimonies, and made it possible for Yale to extend the collection’s reach to a national and international level. The archive became accessible to the public in 1982, and in 1987, the late Alan M. Fortunoff, president of Fortunoff specialty stores, provided endowment funding. Eventually the testimonies were moved from video to digital format.

“I think we were the first to systematically interview Holocaust survivors,” said Hartman in a 2014 interview in the Connecticut Jewish Ledger. “We had to invent the whole structure of doing this, had to make sure that the survivors were properly questioned, that they had enough time to answer, and so we had to train quite a few helpers in that direction.” A decade later, when Steven Spielberg and the Shoah Foundation prepared to launch a more extensive Holocaust testimony archive, the Fortunoff staff helped train the new interviewers.

A year after the establishment of the Fortunoff archive, President A. Bartlett Giamatti asked Hartman to help raise funds for a Judaic Studies Program at Yale. While the establishment of the new major was challenging, Hartman said in the Connecticut Jewish Ledger interview, “Judaic Studies at Yale is flourishing, even more than I expected.”

Hartman delivered hundreds of lectures during his career, and held visiting professorships or fellowships at more than 20 institutions. His numerous honors included fellowships in the Guggenheim Foundation, the American Academy of Arts and Sciences, and the Academy of Literary Studies. In 1997, the French government awarded him the Chevalier, Ordre des Arts et Lettres, which honors significant contributions to the arts and literature. His book “The Geoffrey Hartman Reader” received the Truman Capote Award for Literary Criticism in 2006.

In addition to his wife, Renée, Hartman is survived by his daughter, Liz Hartman of New Haven; his son, David Hartman, also of New Haven; and his grandson, Shel Mizrahi.

Memorial contributions may be sent to the Fortunoff Video Archives for Holocaust Testimonies at Yale University.