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Los 10 libros de Sigmund Freud más importantes

Los libros más importantes e influyentes de Sigmund Freud.

Es por eso que, aún décadas después de su muerte, la obra del padre del psicoanálisis sigue siendo de interés general. 

A continuación puedes ver un pequeño listado con los libros de Freud más importantes, para que puedas profundizar en sus ideas y valorarlas con sentido crítico. El orden en el que están listados es cronológico, según su año de publicación.

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Sigmund Freud, Análisis De Una Mente/ Video

Sigmund Freud, Análisis De Una Mente/ Video.

“Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”: Sigmund Freud

Sigmund Freud escribe:

En resumen: nuestro inconsciente es tan inaccesible a la idea de la muerte propia, tan sanguinario contra los extraños y tan ambivalente en cuanto a las personas queridas, como lo fue el hombre primordial. ¡Pero cuánto nos hemos alejado de este estado primitivo en nuestra actitud cultural y convencional ante la muerte! No es difícil determinar la actuación de la guerra sobre esta dicotomía. Nos despoja de las superposiciones posteriores de la civilización y deja de nuevo al descubierto al hombre primitivo que en nosotros alienta. Nos obliga de nuevo a ser héroes que no pueden creer en su propia muerte; presenta a los extraños como enemigos a los que debemos dar o desear la muerte, y nos aconseja sobreponernos a la muerte de las personas queridas. Pero acabar con la guerra es imposible; mientras las condiciones de existencia de los pueblos sean tan distintas, y tan violentas las repulsiones entre ellos, tendrá que haber guerras. Y entonces surge la interrogación. ¿No deberemos acaso ser nosotros los que cedamos y nos adaptemos a ella? ¿No habremos de confesar que con nuestra actitud civilizada ante la muerte nos hemos elevado una vez más muy por encima de nuestra condición y deberemos, por tanto, renunciar a la mentira y declarar la verdad? ¿No sería mejor dar a la muerte, en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que le corresponde y dejar volver a la superficie nuestra actitud inconsciente ante la muerte, que hasta ahora hemos reprimido tan cuidadosamente?

Esto no parece constituir un progreso, sino más bien, en algunos aspectos, una regresión; pero ofrece la ventaja de tener más en cuenta la verdad y hacer de nuevo más soportable la vida. Soportar la vida es, y será siempre, el deber primero de todos los vivientes. La ilusión pierde todo valor cuando nos lo estorba. Recordamos la antigua sentencia si vis pacem, para bellum. Si quieres conservar la paz, prepárate para la guerra. Sería de actualidad modificarlo así: si vis vitam, para morten. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.

De Guerra y Muerte

“…en Freud no es menos fuerte el entusiasmo indefectible por el diablo…”

Jean Laplanche escribe:

¿Por qué escogí este título que aparentemente nos hace volver a tiempos oscurantistas: los tiempos oscuros de la Inquisición,  en los que se quemaba a personas y obras? Ello no sin antes haber intentado que el poseído confesase una verdad que él mismo ignoraba: el diablo estaba dentro de él.

Comenzaré señalando hasta qué punto las imágenes de demonios, de brujas y de posesiones son corrientes no solo en la clínica sino también en la teoría psicoanalítica. Una tesis sobre Freud y el diablo (1), llevada a su conclusión por una de mis alumnas, mostraba recientemente hasta qué punto esas imagos son coextensivas al pensamiento freudiano y a su evolución. Seguramente una visión racionalista, emparentada a la llamada filosofía de las «Luces», es otro aspecto del pensamiento de Freud: ahí donde la razón se hace luz, los demonios nocturnos desaparecen por siempre: Afflavit et disipati sunt.

Pero en Freud no es menos fuerte el entusiasmo indefectible por el diablo, rebelde a cualquier intento de reducirlo a una ilusión. Hasta el punto que la propia metapsicología, el aspecto más teórico de la obra, es a veces  comparada con una bruja. También les recuerdo el espléndido homenaje fúnebre a Charcot (2). Ahí Freud muestra que el descubrimiento psicoanalítico estaba cerca a partir del momento en que las histéricas comenzaron a tomarse en serio. Esa histérica que llora debe tener razón. Incluso cuando dice ignorar  por qué llora. Había que suponer, pues, un clivaje de su conciencia. Pero, ¿cómo aceptar esa cosa extraña de saber sin saber? ¿Qué modelo encontrarle al clivaje? Bastaría con recordar, dice Freud, que durante siglos o milenios la humanidad le daba plenamente su lugar a esa división y a ese sufrimiento con el nombre de posesión. Charcot más los exorcistas, y todo el psicoanálisis ya está listo

Llevado a este punto, el diablo deviene casi un concepto, o un pre-concepto. Como la histérica, también el poseído el exorcista deben tener en cierto modo razón. Y, evidentemente, es la alteridad absoluta del inconsciente, su extrañeza, lo que otorga una base a la idea de posesión, cuya forma apenas un poco más moderna será aquélla del «cuerpo extraño interno». En este fantasma de posesión –que es un avatar del fantasma de seducción-, Freud mismo no rechaza ocupar todos los lugares: el del exorcista, el del poseído, pero también el del diablo intrusivo.

Con este título, «¿Hay que quemar a Melanie Klein?», evidentemente lo que quisiera es rendir un gran homenaje a quien más de uno considera como la más grande creadora después de Freud. Es situarla en esa tradición resplandeciente (como se dice del gótico) que reconoce el carácter extraño, extranjero, hostil, angustiante de «nuestro mundo interno».

Se ha hablado, a propósito de Klein, de una «demoniología», y ello en un sentido peyorativo. La demoniología sería algo que se opone a la psicología al convertir nuestros fantasmas en entidades, en seres reales, atacantes, sádicos o terroríficos. Ya se había hablado del antropomorfismo de Freud para criticar la idea «pueril» (!) de que albergamos en nosotros a pequeños hombres que luchan entre sí. Y bien, los «objetos» kleinianos llevan ese realismo aún más al extremo y, en mi opinión, tanto el antropomorfismo como la demoniología nos indican la misma dirección fecunda, aquélla de la realidad psíquica.

¿Aún se quema a las brujas de nuestra época? En el medio psicoanalítico a veces no estamos lejos de ello. Otros han relatado ese ceremonial de exorcismo que continuaba en los sótanos de Londres durante el Blitzkrieg: se trataba de expulsar a Melanie Klein del movimiento psicoanalítico. Y la pasión puesta en ese ceremonial muestra que no se trataba en absoluto de la teoría, la conceptualización o la clínica. Actualmente, y en cierto modo lamentablemente, ya no se intenta quemar a Melanie Klein. Se la deja de lado, se la aísla. A veces se acepta su dogma, un poco como una receta. Quienes aíslan y marginan a Melanie Klein son aquéllos que mantienen un racionalismo estricto, aquéllos que desde hace mucho tiempo olvidaron la lección interpretativa de Freud; una lección que resuena siempre en los mismos términos: Melanie Klein debe tener en cierto modo razón.

Yo no me considero un defensor de la filosofía de las Luces, ni del racionalismo psicologizante que reina en una parte del mundo analítico. Pero tampoco soy un adepto del kleinismo, que como movimiento y como doctrina siempre suscitó mi desconfianza. Lo que caracteriza a ese movimiento es un verdadero proselitismo, la ausencia de cuestionamiento sobre los conceptos de base y, sobre todo, el retorno por otras vías a un hegemonismo; se trata de un nuevo intento de hacer del pensamiento psicoanalítico una explicación general, una psicología de conjunto: lo que, paradójicamente, me parece ser una forma de quitarle brillo al aporte kleiniano.

María Kodama, Borges y el Argentinosaurus/ Video

Argentinosaurus

María Kodama, Borges y el Argentinosaurus/ Video.