Archive for the ‘Argentina’ Category

“Tres de cada cuatro chicos, entre los 2 y 4 años, sufren maltrato físico o psicológico”

El Dia:

Tres de cada cuatro niños de entre 2 y 4 años sufren maltrato psicológico y castigos físicos, como el grito, el menosprecio, el zamarreo, el chirlo, la cachetada y golpes por parte de sus cuidadores, según un estudio que realizó Unicef y que incluye a la Argentina.

El informe difundido ayer por la organización compara “la violencia en las vidas de los niños y adolescentes” registrada en la última década en 190 países, y en este marco ubica a la Argentina dentro de la media global.

En el país el castigo físico a niños de entre 2 y 4 años abarca a un 54,4 por ciento de esa franja etaria contra un 63% en el mundo; la agresión psicológica sube al 62,5 por ciento en Argentina mientras a nivel global es del 67%; y cualquier práctica de disciplina infantil violenta alcanza al 72,9% mientras que en el mundo llega a un 75 por ciento.

A su vez, 6 de cada 10 niños menores de un año están sometidos a algún tipo de violencia doméstica de manera sistemática.

Estas cifras fueron calificadas como “alarmantes” por especialistas consultados por este diario, quienes destacaron que uno de los principales peligros que conlleva es el de reproducir una y otra vez el modelo de vínculo violento.

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“Alejandra Pizarnik es la esencia misma del lenguaje…”

Alejandra Pizarnik

Héctor Freire escribe:

Alejandra Pizarnik es la esencia misma del lenguaje, el nudo original donde todo empieza y puede ser, el “Sancta Sanctorum” de la poesía, ese estado de asombro, de deslumbramiento y horrorosa verdad. Sus poemas tienen el poder de transportarnos a una zona sagrada, vedada, el lugar mismo del nacimiento y muerte de la infancia, un cerno donde el silencio tiene el poder conjuratorio del horror, y el amor, la sacralidad mítica de la muerte.

Su verdad es inefable y, si la palabra pudiera comunicarla lo haría apenas, todo lo que pueda decirse es poco, casi nada, porque la realidad de Pizarnik es difícil de comunicar.

Ni sombra,/ni nombre,/mi carencia./Todo se reduce/a un sol muerto.
Todo es el mundo/y la soledad/como dos animales muertos/
Tendidos en el desierto.

Penetrar en el mundo poético de Alejandra es ubicarnos en ese sector encarnado del verbo donde se produce la apertura hacia la realidad. Poesía del yo-pleno, significante y al mismo tiempo intransferible, cuya inmediata correlación es el silencio.

En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio.

Al mismo tiempo, su lenguaje es una misteriosa alquimia que extrae, de lo más íntimo del silencio, la palabra o el símbolo que lo nombre y lo haga comunicable; es un abrazo interior, pero también una profunda integración a la totalidad. Las palabras que componen sus poemas emergen de las tinieblas de la infancia perdida, y es como si necesitaran de poesía para seguir viviendo porque las mismas están sumergidas en un equivoco absoluto; por eso sus palabras son nombres para las cosas, continuas indagaciones en el problema del auto-conocimiento. Su yo, completamente separado de sus pseudo-yoes, ya no tiene alternativa, debe buscar su totalidad, su vacío y su final, pero entre el principio y el final su yo es consciente de su propia condición de paria. Alejandra es “una hija del ‘insomnio’”, “una desconocida con su mismo rostro” (como la definiera Enrique Molina en el prólogo al libro “La última inocencia” y “Las aventuras perdidas”), y este desgarrado desconocimiento es lo que da origen a sus poesías, a esa necesidad de socorro semántico”, como lo demuestra el primer poema del libro “El infierno Musical” (“Cold in Hand Blues”):

y qué es lo que vas a decir / voy a decir solamente algo / y qué es lo que vas a hacer / voy a ocultarme en el lenguaje / y por qué / tengo miedo.

Ese silencio final es bivalente, está tendido tensamente entre el absoluto de la muerte y la contingencia, sobre el abismo del No-ser.
Sin embargo, hay un deseo de dinamizar el lenguaje para que cumpla su misión de puente o nexo hacia la transmutación del yo en palabra. El repertorio de imágenes que se advierte en distintos pasajes de su poesía gira en torno al tratamiento especial, metafórico-visual, de varios elementos simbólicos, como lo son el viento, el lila, el pájaro, la música, el jardín y el muro:

Tú haces el silencio de las lilas que aletean/en mi tragedia del viento en el corazón. / Tú hiciste de mi vida un cuento para niños/en donde naufragios y muertes / son pretextos de ceremonias adorables. (del poema “Reconocimiento”).

El manejo poético de estos elementos realistas es, paradójicamente, al mismo tiempo plenitud y vaciamiento de conciencia. Son un destello repentino, una grieta en la conciencia, una especie de catástrofe que rompe con los poemas cargados de contenidos intelectuales y demostrativos. A partir de ellos se nos abre un nuevo cielo, y todo aparece vestido con un ropaje nuevo, sin falsas ilusiones.

Ella no espera en sí misma. Nada de sí misma. Demasiado ensimismada. Sólo vine a ver el jardín donde alguien moría por culpa de algo que no pasó o de alguien que no vino.
Ella es un interior. Todo ha sido demasiado y ella se irá.
Y yo me iré. (1972)

Los poemas de Alejandra Pizarnik nombran y poseen, nos obligan a descifrar y a entrar en los ritos dialécticos de la realidad, que es destructiva y constructiva a la vez. Son juegos cognoscitivos y mágicos, donde la palabra siempre termina buscándose a sí misma, y Alejandra siempre se pierde. Pero este juego siempre desprende un goce, como cualquier juego, y termina agrandando los límites de la sugestión y connotación de las palabras que se habían perdido y que se vuelven a encontrar para alejarse totalmente de la percepción habitual. Es como si sus poemas finalmente fueran un adecuado tipo de silencio.

Había que escribir sin para qué, sin para quién. / El cuerpo se acuerda de un amor como encender la lámpara. / El silencio es tentación y promesa. (del poema “Fuga en lila”)

En casi todos sus textos Alejandra habla de sí misma como si hablara de otra. Y, en tanto estructura impresa por la escritura, son actos muertos, siempre y cuando no sean re-actualizados por la visión interna del lector. Por eso se hace más que necesaria la ruptura con una “lectura lineal”, para que el lector sea capaz de re-vivir los nódulos de intuición y emoción del poema y cerrar, así, el circuito de comunicación de su poesía. Quizás, ésta sea una de las claves más significativas para comprender la oración final de Alejandra Pizarnik:

“Y que de mí no quede más que la alegría de quien pidió entrar y le fue concedido”. 

“Jacques Lacan afirmaba que el ‘Don Juan’ era una fantasía femenina…”

Luciano Lutereau escribe:

Jacques Lacan afirmaba que el “Don Juan” era una fantasía femenina, en la medida en que este personaje sería una suerte de “varón universal”, es decir, ¡que no existe! Dicho de otro modo, un hombre que no esté afectado por un deseo que divida a las mujeres es una contradicción. En definitiva, el hombre ideal (el “príncipe azul”) es una fantasía que, quizá, deberíamos pensar más bien como histérica antes que femenina.

Por esta vía, la noción de “envidia del pene” (penisneid) también podría ser matizada como un rasgo propio de la histeria en las mujeres. Esta posición, lo que permite cernirla en un análisis, no radica en que la mujer quiera tener un pene, sino en la actitud de denuncia en que se sitúa para reclamar que ella también debería tenerlo. Dicho de otra forma, esa actitud envidiosa implica una posición de queja, cuyo carácter contradictorio estriba en que se pide algo que, en sentido estricto, es dispensable, porque la demanda se sostiene por sí misma. De manera concreta, alcanza con un simple ejercicio para demostrar el carácter histérico de una reivindicación semejante: dar lo que se pide, y que la respuesta sea “no es eso”.

Sin embargo, a expensas de este rodeo por la posición histérica en las mujeres, interesa ubicar otra cara de esta fantasía de reclamo, esta suerte de afán justiciero, en los varones: lo que podría llamarse la fantasía de “Robin Hood”, y que encontramos en muchos sujetos histéricos que, desde una posición heroica, apuntan contra el poder de turno… sin acceder nunca a ese poder.

La oposición constante, que sólo puede ser oposición, porque su actitud se sostiene en desconocer el lugar desde el cual ataca a ese Otro que, como en toda fantasía histérica, es el seductor que nos robó traumáticamente el paraíso perdido. El estatus neurótico de esta posición se manifiesta en que también se funda en una contradicción: Robin Hood roba a los ricos, es decir, es un ladrón que roba a otro ladrón y que, por lo tanto, justifica su acto en que no es él quien está detrás de semejante realización (el ladrón ¡es el otro!).

Asimismo, el carácter incestuoso de su deseo se expresa en que está destinado a irrealizarse (porque la culpa sería insoportable): es el caso de aquellos que son grandes especialistas en “remarla”, pero que con una mano bracean y con la otra se hunden. Esta idea no es para nada novedosa; es lo propio de la actuación histérica, tal como Freud entreviera en el caso de la muchacha que con una mano se sube la pollera y con otra se la baja.

Para el contexto que aquí concierne, esta circunstancia clínica podría permitir entender muchas de las actuales presentaciones que en la consulta se nombran como “autoboicot” en muchos varones. Sin embargo, una fantasía histérica no alcanza para definir un tipo clínico. Para eso es preciso dar un paso más.

Lee la entrevistado con Luciano Lutereau por Yamila Musa.

Histeria masculina: detectala a tiempo y huí

Walter Ghedin escribe:

Existe un grupo de hombres que exacerba la expansión social, la seducción como objetivo de la conquista (donjuanismo) y una fuerte tendencia a huir una vez logrado su propósito, dejando en el oído de las damas la clásica frase: “Yo no te prometí nada”. Es la histeria masculina o estilo histriónico de la personalidad.

Humor cambiante, caprichos, celos, necesidad permanente de ser el centro de atención, frivolidad, “labia” atractiva, insinuante, cuerpo grácil que atrapa la mirada de los otros, poca disposición a la reflexión, facilidad para amoldarse a los demás para obtener el cuidado, son todas características de los hombres histéricos.

Con frecuencia creen tener “dones” o “capacidades especiales” (inteligencia, creatividad, altruismo, etc.) que las personas “no suelen ver en ellos” y únicamente se fijan en lo que su cuerpo sugiere.

En el área emocional creen brindar mucho amor, cuando en realidad hacen una exhibición “teatral” de los afectos. Una entrega y prodigalidad de la que esperan ser correspondidos con creces, aunque las parejas nunca logran saciar sus demandas, siempre insatisfechas.

La vida sexual de los histéricos

En el área sexual observamos un sinnúmero de conductas conflictivas que favorecen la aparición de disfunciones sexuales: preocupación por el rendimiento sexual, torpeza para el juego previo, actitud “pasiva”, escaso registro de sus sensaciones eróticas, etc.

No están a la altura de lo que prometen. “Mucho ruido, pocas nueces”, “me prometió un manjar y me hizo comer migajas”, dirán las damas decepcionadas.

No hay histeria sin cuerpo. El cuerpo ocupa un lugar privilegiado en la manifestación del estilo de personalidad. Resulta paradójico que tanta movilización corporal sólo sea una fachada preparada inconscientemente para los demás, una especie de “pantalla” en la que se proyecta un mundo ilusorio que capta la atención y el afecto ajeno.

La fragilidad del mecanismo es tal que ante mínimos fracasos la “pantalla” se quiebra y  queda al descubierto la inseguridad encubierta. Tanta muestra corpórea “para afuera” merecería un contrapeso, un anclaje interno, que, en caso de existir, “sanaría” la conducta.

Los hombres histéricos son dependientes: necesitan imperiosamente de los otros, seducen a “todas y todos”, son irresponsables en el compromiso, se aburren fácilmente y son impredecibles en sus emociones.

Para Freud el motivo distintivo que gobierna el comportamiento de los histéricos es el “temor a la pérdida del amor”, a partir del cual se vuelven  extremadamente dependientes de las personas.

Histeria masculina: detectala a tiempo y huí

Walter Ghedin escribe:

Existe un grupo de hombres que exacerba la expansión social, la seducción como objetivo de la conquista (donjuanismo) y una fuerte tendencia a huir una vez logrado su propósito, dejando en el oído de las damas la clásica frase: “Yo no te prometí nada”. Es la histeria masculina o estilo histriónico de la personalidad.

Humor cambiante, caprichos, celos, necesidad permanente de ser el centro de atención, frivolidad, “labia” atractiva, insinuante, cuerpo grácil que atrapa la mirada de los otros, poca disposición a la reflexión, facilidad para amoldarse a los demás para obtener el cuidado, son todas características de los hombres histéricos.

Con frecuencia creen tener “dones” o “capacidades especiales” (inteligencia, creatividad, altruismo, etc.) que las personas “no suelen ver en ellos” y únicamente se fijan en lo que su cuerpo sugiere.

En el área emocional creen brindar mucho amor, cuando en realidad hacen una exhibición “teatral” de los afectos. Una entrega y prodigalidad de la que esperan ser correspondidos con creces, aunque las parejas nunca logran saciar sus demandas, siempre insatisfechas.

La vida sexual de los histéricos

En el área sexual observamos un sinnúmero de conductas conflictivas que favorecen la aparición de disfunciones sexuales: preocupación por el rendimiento sexual, torpeza para el juego previo, actitud “pasiva”, escaso registro de sus sensaciones eróticas, etc.

No están a la altura de lo que prometen. “Mucho ruido, pocas nueces”, “me prometió un manjar y me hizo comer migajas”, dirán las damas decepcionadas.

No hay histeria sin cuerpo. El cuerpo ocupa un lugar privilegiado en la manifestación del estilo de personalidad. Resulta paradójico que tanta movilización corporal sólo sea una fachada preparada inconscientemente para los demás, una especie de “pantalla” en la que se proyecta un mundo ilusorio que capta la atención y el afecto ajeno.

La fragilidad del mecanismo es tal que ante mínimos fracasos la “pantalla” se quiebra y  queda al descubierto la inseguridad encubierta. Tanta muestra corpórea “para afuera” merecería un contrapeso, un anclaje interno, que, en caso de existir, “sanaría” la conducta.

Los hombres histéricos son dependientes: necesitan imperiosamente de los otros, seducen a “todas y todos”, son irresponsables en el compromiso, se aburren fácilmente y son impredecibles en sus emociones.

Para Freud el motivo distintivo que gobierna el comportamiento de los histéricos es el “temor a la pérdida del amor”, a partir del cual se vuelven  extremadamente dependientes de las personas.