“En Jorge Luis Borges ceguera y poesía habían entablado una entrañable amistad”

Joseba Louzao

En “Borges y la ceguera”, Joseba Louzao escribe:

¿Y si el poeta realmente fuera un fingidor como pretendía Fernando Pessoa?  ¿Y si Borges fuera un impostor y no se hubiese quedado ciego? Esta duda me volvió a asaltar la semana pasada entre las casetas de la feria del libro viejo de Madrid. ¿Es posible que Borges hubiese podido engañar a todos?

En Jorge Luis Borges ceguera y poesía habían entablado una entrañable amistad. La ceguera era un don del destino para el argentino, quien llegó a afirmar que «el bien del cielo» también podía estar en la sombra. En la biografía borgiana es complicado, por no decir imposible, deslindar vida y literatura, realidad y artificio. Si pudo imaginar al escritor del Quijote Pierre Menard o la enciclopedia de Tlön, ¿por qué no iba a ser capaz de jugar con su literaria ceguera?

La sombra de la duda fue sembrada por Gabriel Cabrera Infante en su obra Infantería, pero detrás de él, y seguramente mucho antes también, han sido bastantes más los que no han creído en la ceguera del escritor argentino. Ante sus sospechas, Cabrera no se cortó en poner a prueba su hipótesis en las calles de Londres en 1971. Según narra el propio Cabrera, abandonó a Borges en una vía repleta de taxis manejados de forma violenta, quien ni se inmutó, jugando sin darse cuenta en la cuerda floja del atropello. A pesar de esta constatación en primera persona, el cubano siguió convencido de que la ceguera probablemente era una argucia de quien podía ver más allá del color amarillo.

Probablemente el impostor fuera en realidad Cabrera Infante, quien aburrido se le ocurrió utilizar los propios materiales que le ofrecía el poeta porteño. Piensen por un momento en un Borges convertido en su propio protagonista literario, emulando a Milton y Homero, también probables impostores que deberían acceder a la galería de la infamia. O quizá tampoco fuese una invención del escritor cubano, porque Andrés Trapiello también insinuó hace décadas que había visto al maestro en Madrid sorteando la muerte segura en una carretera frente al Palace cada vez que un coche se le acercaba y rozaba su silueta.

En realidad, hay muchos más indicios que parecen demostrar que Borges no se quedó ciego, al menos, en 1956. En una entrevista insinuó que veía cuando editó El Hacedor(1960) – “entonces podía ver, no estaba ciego”- y algunas de las obras que firmó mientras su ceguera era ya patente son tan perfectas que hacen dudar hasta a los más convencidos. Pero, por encima de cualquier otra prueba, está la transformación de la imagen de la ceguera en sus poemas, como puso de manifiesto Miguel Postigo.  En los primeros poemas en los que hizo referencia a la ceguera, Borges utilizó conceptos relacionados con una descripción convencional, como la oscuridad o la sombra, pero pasados los años, en sus últimos de vida, su acercamiento fue diferente. Entonces ansió volver a recuperar el rojo y el negro y describió la ceguera como un mundo de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa.

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