“Los hombres no escuchan a las mujeres”: Luciano Lutereau

Eleanora Lubich entrevista a Luciano Lutereau:

—Y de manera más concreta, ¿cómo piensa la relación entre varones y mujeres?

—Los hombres no escuchan a las mujeres. Sólo obedecen lo que dicen otros hombres. A lo sumo escuchan lo que dicen sus madres, pero porque no las consideran mujeres. Un hombre le cuenta a su mujer la intervención fabulosa de su analista esa semana y ella responde: “¿Vos pagás para que te digan eso? ¡Te lo digo desde el día en que nos conocimos!”. Habría que escribir alguna vez un tratado acerca de los modos en que la diferencia sexual incide en la posibilidad de escuchar la palabra del analista, pero éste es otro tema. La dominación masculina es, en última instancia, un modo de relación con la palabra. Los hombres no escuchan. La misoginia consiste en el desprecio que los hombres expresan a hacia la palabra femenina. “No podés quedarte callada”, “Querés hablar todo el tiempo”, “De cualquier cosa hacés un problema”, son frases habituales. En 1958, Lacan contaba el caso de un fin de análisis en un hombre, lo resume a partir de la relación con su esposa: “Ella le habla tan bien como lo haría un analista”. Hoy en día, la última mascarada del machismo es la del hombre que se llama “feminista” a sí mismo. Esta impostura revela la posición de quien no quiere escuchar nada, sino identificarse a una masa. Y toda identificación masificada es masculina. El varón misógino de nuestro tiempo es feminista, y es tan políticamente correcto que hasta juega al fútbol con las chicas. Se fascina con lo que dicen las mujeres, pero no las escucha; porque dice lo mismo y, por lo tanto, no responde.

—Este último punto es importante, ¿el feminista es el varón misógino de nuestro tiempo?

—Lo resumo con una anécdota. Hace poco conversaba con un amigo filósofo. No sólo es un escritor conocido, sino que también fue un alto funcionario de un gobierno anterior. Hablábamos de los últimos casos de femicidios. Entonces él dijo: “Aparentemente la piba era medio bardera”. Me quedé duro. No me iba a indignar, porque la indignación es una pasión facilista (y neurótica). Su comentario no tenía que ver con una pseudo-complicidad masculina, en la reunión estaba una amiga de ambos. Con sinceridad le dije: “Yo no creo que con ese comentario vos hayas querido decir que existe una justificación de su muerte”. Es obvio que no, pero entonces ¿por qué lo dice? ¿Por qué dice algo que no sabe que dice (justo él que, como filósofo, es especialista en saber). En 1923, Freud decía que el varón desmiente la diferencia sexual, y sólo la acepta con la condición de suponer la falta de pene como un castigo. El “desprecio por las mujeres”, entonces, tiene un fundamento psíquico. Eso explica por qué cada ser despreciado es “feminizado” en la lógica fálica. No es una cuestión cultural, sino que tiene un fundamento pulsional. Por eso el saber no alcanza para combatir la misoginia. Mi amigo no es un misógino: es un tipo muy culto, que como funcionario ha hecho mucho por minorías oprimidas, pero lo no sabido del inconsciente no se modifica estudiando ni con buenas intenciones. En el inconsciente, la mujer es culpable de su diferencia, y la fuerza pulsional con que los varones culpabilizan a las mujeres, en mi experiencia, sólo pude corroborar que el análisis la alcanza. Porque el reverso de esa culpabilización es otra figura igualmente renegatoria (y fálica): la victimización. Por eso, para concluir, mi apuesta para combatir la misoginia es a través de la práctica del psicoanálisis.

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