“Me quieren hacer ver como una bruja”: Maria Kodama

Maria Kodama

Laura Vilche entrevista a Maria Kodama:

Amada y odiada. María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges, se sabe criticada. Dice que ahora puede reírse de eso, pero que supo pasarla mal. Entre otras cosas se la acusa de haber decidido que el escritor pase los últimos días de su vida en Ginebra (Suiza). Allí yacen sus restos al pie de una estela funeraria en la que ella le escribió, en anglosajón e islandés: “De Ulrica a Javier Otola”, una despedida íntima que hace alusión a un relato que él le dedicó y a las lenguas por las que se conocieron. Kodama sale al cruce de todos los comentarios. “Me quieren hacer ver como una bruja, pero Borges estando en Italia y sabiendo que moriría fue quien me dijo que, si lo quería, no dejara que empapelaran Buenos Aires con fotos como las de (Ricardo) Balbín en cama, desnudo y lleno de tubos cuando estaba en terapia intensiva. Borges no era tonto, nadie le decía lo que tenía que hacer; no fui yo quien lo obligó a ir a Ginebra, sino muchos argentinos que no lo trataron bien”.

Kodama, como presidenta de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, estuvo en Rosario brindando la conferencia “Borges y yo”, ante 200 personas, en el teatro El Círculo, e invitada por los editores de la guía revista “Bienvenidos a Rosario” y el programa radial “Caramelos surtidos”.

—Los argentinos hablamos mucho de Borges, pero ¿no cree que se lo ha leído poco?

—Si puede circular por allí ese espantoso poema «Instantes» que dicen que es de él, no me caben dudas de que se lo lee poco. Borges no era melancólico, si se conociera su estilo se sabría que no podía decir cosas como que comería habas o que viajaba con una bolsa de agua caliente. ¡Por favor!

(El poema dice en algunos fragmentos: “Si volviera a nacer iría a más lugares adonde nunca he ido, comería mas helados y menos habas (..) Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas; si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano).

En la fundación organizan desde hace años certámenes de haikus (poemas japoneses) para alumnos adolescentes de todo el país. ¿Por dónde le sugeriría usted a un joven de entre 13 y 18 años que comience a abordar a Borges?

—Por cuentos como “El cautivo”, por algunas páginas de “Atlas” (1981), tal vez “El libro de arena” (1975) o “Los conjurados” (1985). Y a un adulto, también le diría que comience por allí, salvo que tenga una formación anterior; en ese caso que lo aborde por donde quiera.

—Usted también es escritora. ¿Cuándo divulgará su producción?

—Cuando tenga un año sabático, tal vez allí pueda publicar todas las conferencias y ensayos que he realizado sobre Borges. Estoy en permanente producción, pero sigo viviendo para él.

—¿Qué lee?

—Los trágicos griegos y obviamente a Borges.

—Usted sabe que la gente acude a sus charlas también para conocer a la mujer de un escritor universal. ¿Fue difícil amar a Borges?

—Para mí no.

—¿Y volver a amar después de su muerte?

—Eso sí es muy difícil, aunque sigo permanentemente enamorada de él y de muchas otras cosas.

—El la llamaba Ulrica (osita en anglosajón). ¿Por qué se trataban de usted?

—¿Por qué llama tanto la atención?

—Si le molesta la pregunta no me la responda.

—No es eso, sucede que cada pareja adopta una forma de relacionarse. Yo pertenezco a una generación donde se trataba a todos de «vos». Sólo usaba el «usted» con mi padre y con Borges; o sea, una forma que goza de una intimidad total. El me decía que nos mostrábamos como una vieja pareja criolla.

—Ha dicho que la maltrataron por su relación con él.

—Sí, eso proviene de bajezas extremas del ser humano: celos, envidias, deseos de protagonismo sin tener nada que lo sustente, y siempre por parte de las mismas personas. Antes me dolía, ahora, tras 21 años, no.

—¿Cómo se presenta usted, como “mujer de Borges”, “viuda de Borges” o simplemente “María Kodama”?

—La pregunta me recuerda a cuando Borges quería convencerme de que me casara con él (contrajeron matrimonio por poder en Paraguay). Me dijo: «Mire qué bien queda María Kodama de Borges». Y yo le respondí: «Borges, yo no soy de nadie. ¿Qué le parece a usted, Jorge Luis Borges de Kodama?». Se rió, dijo que sonaba bien, que no tenía problemas en firmar así. Y que por mi respuesta se daba cuenta de que padecía de neurosis de destino, porque ya una mujer que le había fascinado alguna vez (Cecilia Ingenieros) le había contestado: «Yo no soy hija de José Ingenieros, soy sólo Cecilia».

—¿Qué le parece que el programa de televisión de Mario Pergolini (“El gen argentino”) ponga en debate si fue más representantivo René Favaloro o Borges para el país?

—No deberían comparar a un hombre de ciencia con un escritor. Ambos fueron seres éticos y dieron lo mejor a la humanidad de distintas maneras.

—Borges estaba a favor de la revolución bolchevique cuando tenía 17 años, pero también tuvo expresiones en favor de la dictadura militar. ¿Cómo toma las críticas que se hacen de sus ideas políticas?

—El detestaba toda dictadura, basta leer los periódicos de los 70. Pero daba sus opiniones sin hipocresía y eso siempre molesta.

—En más de una oportunidad usted habló de su amor con Borges como algo “mágico”. Y dijo que vivió un “regalo de la vida” cuando en el Museo de El Prado los tuvo juntos, por unos minutos, a él y a Cortázar. ¿Puede contar esta anécdota?

—Yo estaba delante, nada menos que de “El perro semihundido” de Goya, uno de mis cuadros preferidos, y le conté a Borges que estaba Cortázar en la sala. El me preguntó si quería saludarlo y obviamente le dije que sí. Allí fuimos. Cortázar le recordó que le había llevado su primer cuento y le volvió a agradecer. Y Borges se sonrió y le dijo: «Bueno, no me equivoqué, fui profético». Un encuentro irrepetible.

—¿Se enamoraría de Borges en otra vida?

—Hablábamos de eso. Yo le decía que si volviera a nacer sería científica, así que si él quería unirse a mí otra vez debía buscarme en espacios de ciencia.

—¿Y él qué le decía que iba a ser en otra vida?

—No me pregunte eso, sería obviamente escritor.

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