” …el amor al prójimo es bastante endeble…”

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Lucia Rangel escribe:

En suma, el amor al prójimo es bastante endeble y las leyes sociales son insuficientes para normar la convivencia con el semejante, pues en el fondo está la maldad constitutiva del humano que persigue el reencuentro con la muerte. La pulsión de muerte pone en marcha la repetición del evento traumático y con ello una fuerza pulsional que no alcanza nunca su objeto y por ende tampoco su satisfacción. Se llegará a pensar que el goce es masoquista en la medida en que se repite una y otra vez la misma forma insatisfactoria de alcanzar a un objeto inexistente; el eterno retorno de lo igual, que nunca será idéntico. Freud coloca a la pulsión agresiva como un sustituto de la pulsión de muerte que tiende a la destrucción y a la disolución, a diferencia de Eros cuya intención es la fusión.

 En lo que corresponde entonces al desarrollo libidinal tenemos una parte de esta pulsión de muerte que tuerce a su favor la meta erótica y conforma lo que llamamos las pulsiones sádicas presentes en la neurosis obsesiva. Se trata de una tendencia a la destrucción con fuerte liga de erotismo, en donde existe una mezcla de ambas pulsiones: de vida y de muerte. Admite asimismo que los componentes sádicos de la pulsión sexual a lo largo de la organización pregenital se conforman también como una mezcla de ambas pulsiones. Aun no sabe bien qué lugar o qué estatuto se jugaría para las pulsiones de muerte, sin embargo, en Malestar en la Cultura, propone y sostiene que debe de haber otra disposición pulsional originaria que funciona de manera autónoma sin ligarse al erotismo. Esta pulsión originaria vendría a ser un subrogado de la pulsión de muerte sin carga erótica. Entonces quedan delimitados dos campos en torno a la destrucción: el campo de la violencia erótica como una mezcla de pulsiones y otra original, que sólo tendría que ver con la destrucción o aniquilación del objeto como producto de la tendencia a la disolución previa a toda diferenciación del yo.

 Desde la lectura de Lacan también, habrá que distinguir la agresividad y los actos violentos como substrato de la estructuración narcisista del yo; y otra muy diferente, la del sadismo en tanto sería una pulsión no configurada a partir de la imagen narcisista del otro, de la víctima como objeto total, sino con el goce que proporciona la promulgación del derecho a usar el cuerpo del otro, conforme a mi deseo, entrando en juego el objeto parcial. Por tanto, el odio es correlativo del amor en lo que al registro imaginario se refiere, mientras que la pulsión de destrucción con fines eróticos se dirige a un objeto parcial no narcisista por lo mismo el objeto al que se dirige ya no está en el imaginario totalizante del otro, sino que está en relación directa con ese más allá del placer.

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