“El analista deshumanizado había espantado a la gente”

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Gabriel Rolón entrevistado por Emanuel Respighi:

¿Cómo influye un proceso tan opresivo y sangriento como lo fue la dictadura con la explosión que tuvo el psicoanálisis en el país? ¿Existe una relación?

–Por supuesto. La dictadura generó que se impusiera la teoría lacaniana, simplemente porque los militares no la entendían. Los militares no prohibieron a Lacan porque no lo entendieron. Prohibir a Freud, que hablaba de sexo y niños erotizados, le era más fácil de censurar desde el punto de vista religioso y moral. ¿Cómo un chico se iba a enamorar de su madre? Pero a Lacan no lo entendieron y le dieron vía libre, lo que ayudó al psicoanálisis, dada la profundidad del pensamiento lacaniano. Durante la dictadura, de hecho, no estaba bien visto que la gente se analizara porque los militares no querían que la gente contara lo que le estaba pasando. No tenían ganas de que las aberraciones que hacían se supieran. Por eso persiguieron, secuestraron y torturaron a muchos psicoanalistas. Claro que la dictadura fue tremenda y que la democracia, con todos sus errores, es el más maravilloso de todos los sistemas. Incluso, porque permite que vivan en él hasta a aquellos que no les gusta la democracia, cosa que no pasa en la dictadura. La gente que dice eso de que “estábamos mejor con los milicos”, puede vivir en democracia. Si en la dictadura hubiéramos dicho que “estábamos mejor sin los milicos”, nos hubieran secuestrado. La democracia es tan generosa que contiene hasta a los que no les gusta la democracia. La democracia es el sistema político más fértil para todas las libertades de pensamiento.

–Entre los aspectos positivos de la mediatización del psicoanálisis está el hecho de que cada vez más gente comprende cómo funciona la mente y las emociones. Pero ese mismo proceso tuvo un aspecto negativo, en cuanto a que en ciertos sectores socioculturales se puso de moda. ¿Está de acuerdo?

–Sí. Hoy analizarse está bien visto. Es muy común que en Argentina te pregunten con sorpresa si te analizás o no. En España, en cambio, no está bien visto ir al psicólogo. De hecho, me contaba un amigo que van pero que no lo cuentan. Les da vergüenza, porque está asociado todavía a la debilidad. ¿Qué pasa? ¿No te la aguantás solo? ¿Tenés que ir a llorar adelante de alguien? O está asociado a la locura. Y a nadie le gusta ser ni débil ni loco. En Argentina hemos logrado entender que no tiene que ver con eso. Así como si te duele la muela vas al dentista, si te duelen las emociones vas a un profesional a que te ayude. Si uno no deja que se le caigan los dientes, ¿por qué vas a dejar que se te parta el alma? Eso fue muy bueno. La maravilla que tiene el psicoanálisis es que si alguien quisiera hacerlo sólo como acto de snobismo, va a durar muy poco. Podrá ir tres o cuatro veces, pero va a dejar porque tiene que invertir tiempo, dinero, esfuerzo… Y además, los analistas tenemos la posibilidad de decirle a alguien que no venga más.

–¿Esos pacientes son fácilmente reconocibles por los analistas?

–Sí, lo percibo. De hecho, yo me tomo entre cuatro o cinco entrevistas con la persona para decir si empiezo el tratamiento. Y cuando no encuentro motivo, le digo que no le veo razón para que se analice, ya sea porque no veo una pregunta, no lo veo angustiado, o no lo veo dentro de un proceso emocional. Nosotros somos profesionales de la salud. Del mismo modo que el dentista no te saca una muela sana aunque uno se lo pida, un psicólogo no analiza a alguien que no tiene una pregunta que no lo deja en paz. Siempre los profesionales tenemos la potestad de tomar o no a un paciente que se acerca como un acto de moda.

–¿Y a usted no lo afectó su imagen pública a la hora de atender a un paciente? ¿Cómo le escapa al cholulismo que rodea a la figura pública? Usted no es un psicólogo cualquiera: es el que sale en la tele, el que publica libros, el que actúa en el teatro…

–Es una dificultad extra, pero cada psicólogo tiene su dificultad. Uno será demasiado bello y las pacientes pueden hacer una transferencia. Otro será demasiado bajito, uno muy joven, otro muy grande… En mi caso, cargo con la dificultad de cierta popularidad mediática. Aprendí a dejarles a los pacientes cuatro o cinco minutos para que me hagan cualquier comentario sobre mi incursión mediática, se los permito. Y como lo traen a análisis, les pregunto qué de todo eso que dije les quedó resonando. Como una manera de ponerlo a trabajar para que se involucre con el análisis.

–¿Pero eso no afecta su relación profesional?

–Para nada. Eso ya lo manejo yo y mis pacientes también. La gente también se tiene que acostumbrar a vérsela con esa dificultad, porque el psicólogo de su pareja es el mismo que habla en la radio o en la tele y puede cuestionarme. Los que eligen trabajar conmigo saben que tiene esa dificultad.

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