” …las opiniones de Lacan se encuentran…más cerca de Ratzinger que de Freud”

Jacques Lacan

Jacques Lacan

Fernando Mires escribe:

Si pensamos de acuerdo a los cánones de la lógica freudiana, el populismo implicaría un traslado de energías libidinosas hacia objetos sustitutivos del amor sexual. De acuerdo al primer Freud —algo puritano— el populismo sería entonces una perversión: amor depositado en objetos situados al margen de la relación genital, perversión comparada al amor necrológico o al amor fetichista.

De acuerdo a un Freud más maduro, en cambio, el amor del pueblo al líder sería más bien una expresión de la polimorfía sexual. Por supuesto, la polimorfía según Freud alude a diferentes objetos corporales extragenitales en los cuales se invierte la energía libidinosa (boca, vista, oídos). En el caso del amor populista se trataría en cambio de una polimorfía no solo extragenital sino, además, extracorporal. En cierto modo el amor a un líder sería un sentimiento comparado con el amor a Dios. Dicho otra vez en el lenguaje del Freud joven: una sublimación.

Hay en ese sentido una polémica indirecta entre Freud, el teólogo Joseph Ratzinger (alias Benedicto XVl) y el post-freudiano Jacques Lacan. Mientras para el primero el origen de la líbido es sexual, y por lo mismo el amor no sexual es una desviación respecto al sexual, para Ratzinger, el amor originario es el amor a (y de) Dios y el amor a un ser humano un derivado del primero. En ese punto las opiniones de Lacan se encuentran —si borramos la palabra Dios— más cerca de Ratzinger que de Freud.

Si partimos de una clásica premisa lacaniana —”el deseo precede al objeto del deseo”— será posible deducir que el amor al líder populista surge como resultado de un deseo indeterminado, sin objeto, desarticulado. Y si llevamos la lógica lacaniana más allá de Lacan podríamos incluso deducir que el líder populista cumple la función articulativa del deseo colectivo. El líder, visto así, se nos ofrecería como eje articulador de ese deseo. O para decirlo de otro modo: el líder convierte al deseo colectivo en un pueblo, un pueblo que solo puede representarse en el espejo del líder a la vez que el líder se contempla en el espejo del pueblo. El populismo, no necesitamos pruebas para demostrarlo, es un espejo de dos caras donde cada uno cree ver el rostro del otro contemplándose a sí mismo. El amor populista es, como todo amor, radicalmente narcisista.

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