“Jorge Luis Borges solía decir que el sitio de uno es aquél en el que se pasó la adolescencia”

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Eduardo Parise escribe:

Su fama creció junto con el sonido brillante que lograba con su violín. Fue su faceta más conocida. Pero también podía lucirse tocando el piano, como buen cantor de tangos, como gran fotógrafo (tenía equipos muy completos) o como animador de cualquier reunión en la que hubiera buena comida y buena bebida. Es decir: era el bohemio perfecto, ése que ganaba mucho y gastaba mucho, siempre con alegría. Se llamaba Enrique Mario Francini y si no fuera porque su corazón le hizo una zancadilla mortal cuando tenía sólo 62, hoy hubiera cumplido gloriosos cien años.

La ficha biográfica dice que nació el 14 de enero de 1916 en el viejo barrio Crisol, en la zona de Victoria, partido de San Fernando. Tiempos en los que cada vez que el río Luján desbordaba, el barrio con alma de pueblo hacía evocar a Venecia. Sin embargo, la familia Francini tendría otro destino. El papá de Enrique, que era ferroviario, fue designado como jefe de la estación en Campana, un lugar importante en el esquema de la empresa. Y allá fueron. Jorge Luis Borges solía decir que el sitio de uno es aquél en el que se pasó la adolescencia. Para él eso fue clave: a los 10 años estudiaba violín con Arturo Biondi. Y unos años después, junto con su gran amigo Héctor “Chupita” Stamponi, un muchacho de Campana, pasaban las tardes haciendo música en la Farmacia Vandiol, donde el boticario tenía un piano.

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