“…la maldad siempre tiene su contrapartida”: Maria Kodama

Kodama, madrina de Bullrich en su revancha.Foto:Maxie Amena

Kodama, madrina de Bullrich en su revancha.Foto:Maxie Amena

Matías Néspolo escribe:

La aventura comenzó “como una exploración de mi obra sobre un fondo de piedra, no sobre blanco”, explica Bullrich, que derivó al “homenaje” a esa “sabia mujer en su vejez”, para acabar en un franco ajuste de cuentas dirigido a Bioy, que en la conceptual instalación le regala a la dama con cruel malicia un juego de ajedrez sobre un tablero de backgammon y cuyo rostro ocupa el centro de una diana en la que hace blanco un dardo. “Además, soy abogado y me comporto como defensor frente al duro ataque de un fiscal”, se excusa Bullrich.

Y el ataque o la afrenta es evidente porque la musa de los “Dos poemas ingleses” es uno de los personajes más vapuleados del Borges de Bioy Casares, a la que describe “como una débil mental”, se queja su nieto, sin jamás haberla conocido, reproduciendo crueles supuestos comentarios de Georgie, el amigo en común de ambos, al estilo de que fuera “invulnerable a la realidad” o que al comer “balbuceaba vaga y babosamente con gran debilidad”. Además de añadir anécdotas sin gracia sobre accidentes domésticos o lapsos verbales u olvidos. Y el detalle que no menciona Bioy en ninguna de las 1500 páginas de su diario es el accidente cerebrovascular del que se repuso Beatriz de Bullrich y con el que convivió más de cinco décadas hasta su muerte, en 1992, a los 92 años. Un detalle que conocía por Borges, que le refería esas anécdotas y que al no consignarlo adultera el “tono de reírse con cariño” de su amigo. Una mancha más, quizás especialmente cruel, a “la traición del amigo”, como califica María Kodama, madrina de Bony Bullrich en la presentación de su instalación, porque la viuda del autor de El Aleph, al igual que el artista plástico, tampoco perdona a Bioy su Borges.

“Reírse así de alguien que tuvo un derrame me parece que no corresponde a un caballero”, fustiga el artista en una carta dirigida a su abuela en el más allá que funciona como justificación de la instalación. Carta en la que no ahorra dardos contra el amigo de Borges, que “parece Gasalla haciendo de Inesita” y en que con sus “tilinguerías misóginas del típico macho latino” se propuso “crear un nuevo género literario: la ficción doñarrósica o la doñarrositud especulativa”.

La cruel ofensa sobre el honor de aquella dama sigue abierta, aunque su nieto se empeñe en subsanarla con una instalación conceptual. Pero Kodama se encarga, sin embargo, de sacar un balance positivo porque “la maldad siempre tiene su contrapartida. Gracias a este libro de Bioy Casares tengo hoy la amistad de Bony Bullrich”.

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