Interlitq is delighted to publish its prose in Spanish for 20.01.12, an extract from the unpublished novel “Asedios” by the Chilean author, Eugenia Prado Bassi

An extract from Asedios, a novel

by

Eugenia Prado Bassi

Se nos presenta como ofrenda, una aparición, animal extraño, un animal que no puede ser clasificado desde su continente. Una bestia, la más hermosa, se nos ofrenda aquí sin que nos permita siquiera el entendimiento del instante en que siente la imperiosa necesidad de hacerlo, tal vez, su único pretexto sea permearse con nuestros deseos para desplazar ese “nada puede ser irremediablemente cambiado de su sitio” por otra aseveración esta vez irrefutable cuando ha estado en el cambio, cuando ve que todos los días la imagen, incluso su propia imagen, puede ser modificada.

Se nos presenta en un sistema de filudos quiebres, donde no existe método, tampoco una experiencia de otro que impida la reiteración del acto. Cito: “cuando el siglo recoge su mantel de huesos…” es momento ahora, de una última función de máscaras.

Registros poco confiables materializan extraños sujetos que desaparecen entre las sombras. Sus cuerpos, más que un atentado, buscan provocar irritación. Su furia nos remece. Orgánicos proliferan, desatando sus economías de todo tipo, cartografiados chocan bajo la presión de las incesantes máquinas.

Lejos de los delirios propios de una especie que pareció derrumbarse, pensaba en cuán precisos debieran ser esos registros de los acontecimientos previos a la posible hecatombe, para capturar, tal vez, los inesperados giros en que los durrumbes se volvieran lo contrario y la raza humana simplemente impredescible. Arraigados todos y gregarios de historias comunes y personajes comunes y a lo de siempre. El tiempo acumula sus tensiones.

Los cuerpos inactivos responden a una épica cuadrada en su estructura. Se respiran incertidumbres ancladas en la rabia. Los salidos a las calles nos imponen sus arrogancias. Melodramáticos, se instalan de revueltas y animosas creatividades justo donde las palabras se reducen a nada.

Como objetos, se desplazan reducidos a miserables escombros. Alertados unos contra otros se aborrecen. Adiestrados para un paisaje que veloz se modifica. Infinitamente, se modifica, como lo ha hecho a lo largo de los tiempos.

Hoy, es el miedo lo que alimenta la gran máquina.

Adiestradas las conductas, extintos y lejanos ya de intentos se desplazan torpes, inhabilitados cuando nada ha de pensarse sobre temas que a todos nos conciernen.

Interrogarse qué es primero, si las imágenes con que se proyectan los relatos, de sobrecargas, de desastres, de muertos, escaseces de todo tipo y hasta zombies, o un Apocalipsis real. 

Así y en definitiva, diversidades para todo y para todos se ofertan en las pantallas.

Emocionante se percibe el depurado más fino en sus aristas. Moverse a pequeños saltos es todo un espectáculo, hasta que en instantes las fibras y el cuerpo ya están en el otro hemisferio.

Amplificados los acontecimientos, incrustados de fechas y escrituras algunas ancestrales, y de todos los continentes, nos acontece la amenaza. Entonces, nos armamos de pesquisas y deseos por montones se descomponen enzimáticos, no de podridos enjambres, sino de modificaciones eléctricas que más que gestos de cariño extienden sus amenazas grandes sobre las gentes.

Historias de cuando el padre desataba furias extendidas en su manto bordado de azufres. –Hasta que se sobrecarguen o revienten los escenarios –decía, mientras otros clamaban histéricos cuidándose muy bien de donde poner la cola para poder articularse.

Eran épocas de apuestas, en que algunos corrían revoltosos.

Qué más nos queda en esta vida –decían, que jugar un poco y armarse de palabras, en lo posible y hasta los dientes, aun cuando siempre, ancladas de sonidos particulares permanezcan intactas.

Satelitales coordenadas activan el estado de amenaza.

Se percibe en el ambiente la furia, el odio. Extrañamientos y amuralladas formas de protección certifican nuestras posteriores erratas. Aturdidas las alertas aprendemos a agudizar nuestros sentidos más allá de toda forma. Uno que otro prejuicio, dicen, como voces en un espejo que furiosas olfatean, buscan cuando el enjambre crece.

Una bestia hermosa y cruel descansa en estas páginas aun antes que las palabras sellaran su metálica estructura. Su cuerpo arde a contraluz. Sus movimientos alimentan mi desesperación. A contraluz, siempre a contraluz, como si el sol nos tocara con las mismas ganas.

Intentas contra la letra, la voz y si morderte pudiera sería exquisito –dice. Un beso, sí, un beso. Untar mis labios con los tuyos cuando no hay día que pase de risas sin saber que cada pedazo de recuerdo, de piel, de saliva, de labio, aún resiste las viejas señas.

Una bestia iluminada de circuitos inalámbricos, programada y sin sentimientos ¿o los tiene? débiles sentimientos cruzados por una realidad brutal.

Nos acercamos a los otros para obtener reflejos de una vasta y generosa complacencia. Nada de lo que hacemos es realmente ingenuo, a menudo buscamos ciegos espejos que nos aprueben o nos hagan sentir algo, lo que sea. El deseo nos permite avanzar hacia la búsqueda de todas las cosas.

Visuales hoy las palabras son nada cuando aparecidas y discretas laten como reacios objetos de impulsos precarios. Pero nada está perdido cuando el goce es materia, trastocados los ingredientes al punto de la exterioridad, extraviadas las partes íntimas, confundidos esos planos nada funciona más con las ganas de seguridad que cuando se activan los deseos.

Una bestia revuelca sobre el pavimento su desesperación. Traslúcidas sus diminutas fibras, repartidas nuestras ganas, furiosos de asfixias jugábamos entonces a permitirnos de palabras todo, para verlas crecer, porque es justamente allí cuando sólo algunas son más que cualquier caricia, cuando sumergidas y atentas nos susurran sus mínimos intercambios.

Una sumatoria de engendros reproduce sus pulsiones extravagantes.

Los delirios crecen.

Ávidos de domesticación, dispuestos al roce, nos deslizamos por estas pendientes.

Ello se confunde con aquello, aun cuando jamás sepa como te sientes de tanto batallar a oscuras y el exceso de trabajo. El mismo plato, la misma gente. Sin embargo, su poder no reside allí sino anclado en la desconfianza, la falta de empatía y una brutal indiferencia.

Allá afuera no se está nada bien –dicen.

La realidad extendida late, se multiplica.

La tierra tiembla. El eje cruje. El organismo como está, va perdiendo consistencia. Enormes cantidades de otros se desplazan infinitas veces repartidos. Son mentes, cuerpos, cientos de esos otros como tribus dispersas o desesperados insectos bajo amenaza.

Expulsados de acontecimientos evitamos que la fuerza se concentre.

Copiar y pegar tejidos deslizándonos a expensas los unos de los otros, frenéticamente dispuestos como acoples cuando la furia y el miedo aun resisten las señales.

–Hay zonas donde ya no duele, –gritan– desde sus minúsculas esencias cuando el miedo acecha y es en presente el doble luto de esparcidas madres atrapadas de niños muertos y de territorios arrasados.

Una bestia acunada en la exasperación se entromete  por los costados, por los rincones entra.

La piel se deshidrata y hasta los dientes se pudren.

Su boca hiede.

HIPER estalla, se extrema, el quiebre es profundo.

Pobreza, furias, territorios desolados, gigantescas cifras de productos encallados se pudren en los puertos, amenazas, especulaciones, pronósticos fatales.  El desborde de los mares arranca gentes de las costas, mueren cientos, miles. Extenuados se quiebran, se agotan, desaparecen.

Cada vez más cómodamente sobre lo mismo, fluidos específicos flotan al interior del aparato.

–Allá afuera no se está nada bien –repiten.  Cuando una poderosa fuerza nos inclina, con devoción, hacia la pantalla, cuando infinitos otros domesticados saltan y asimilan nuevas formas de contacto.

A fuerza del estallido y la condición de atropellarse brutalmente las débiles arterias podrían devastar el pequeño estanque, hacer que el corazón sangre lento sus imágenes.

 

Cierra

círculos concéntricos

y helicoidales

 

 

Estereotipados

sus círculos se abren y cierran

entre ayer y hoy,

dibujados de páginas

y de límites.

 

 

Nuevas cruces en el cuerpo

y un vaivén alborotado

cuando nada nos complace.

 

 

 

 

Marta. Interior.

Al parecer es un buen comienzo. Piensa.

Piensa que pudiera ser ese día y no otro cuando regresa a su casa pegado el cuerpo a una brisa de noche y de caminatas, completamente adherida de lloviznas y de pensamientos inconclusos; es desde ese estado corporal específico que su personaje ha podido hacerlo, aun contra una realidad punzante que la incomoda todo el tiempo, Marta ha escrito.

Tal afirmación revelaría un sentimiento profundo que lo confirma a pesar de que a veces no logra concentrarse, ni menos fijar el punto lejos de ese movimiento.

Marta ejecuta a grandes trazos su composición imprecisa porque sabe que finalmente alcanza las primeras líneas de algo que grita y dibuja todas las palabras.

Su casa está vacía, completamente vacía y es noche, tan noche y en esa exquisita soledad sabe que aquello podría repetirse durante mucho tiempo de un modo irreparable. Piensa, irremediablemente lo hace. Mental se instala cada día frente a la pantalla y desde allí elabora sus retazos habilitando zonas para que algunas de sus musas brillen.

–Falta corazón –dicen.

–Condenadas tristezas las del querer, fríos aguaceros los del corazón, –tararea, empecinada en sus asuntos–, porque ella sabe que cuando el dolor cede hasta los huesos se componen.

Es lo que aprende.

Horas, días, años, su cuerpo maltratado. La cintura, los hombros. Las pésimas posturas. Maltratados los brazos y las piernas. Las angustias se pegan a la espalda.

Es por lo que Marta escribe.

Así como algunos van de un lado para otro, ella se pega a la máquina y con precisión repasa todo el tiempo un mismo documento. En ocasiones, un vago impulso por abortar la asfixia y casi se decide a dejarlo todo, al menos por un tiempo, pero ahí está otra vez.

Simplemente por contrariar enciende un cigarrillo.

Lo aprieta entre los labios. A medida que lo aspira va sintiendo como algo de vida suya se desvanece en esas brasas. Puede sentir como todo ese calor entra por su boca y acelera el curso de algo que la precipita.

Sabe que de tanto acumular, habría hecho lo imposible para que en el texto estuviese implícito al menos el mismo placer que sentía momentos antes de las primeras bocanadas.

Lo apaga. El cenicero repleto de colillas.

Se levanta. Va a la cocina. Se prepara un café.

Vuelve a la pantalla.

Es un exceso. Lo sabe. El humo impregna la habitación. Se pega en la ropa, los libros, las plantas. Se pega en el pelo, los dientes. Sabe que en algún momento tendrá que dejarlo. Será cuando cumpla los cincuenta –dice.

–Bajo riesgo de muerte –dirá el médico.

Tal como advirtiera su padre, antes de cumplir los dieciséis. El cigarrillo, será el único elemento de auténtica discordia, prohibido en extremo, a costa de lo que fuera. Aun así, fumar sigue siendo una delicia insuperable.

–Antes verte muerta –dijo, en medio de la furia.

–Entiende –gritó, el día de la última paliza, cuando aterrada por los golpes muy niña juró que nunca más.

Rebeldías y recuerdos se incrustan en una biología que fracasa. El humo inunda las branquias de un pez que se asfixia. El cuerpo habita sus certezas. Sus desánimos, las viejas sorpresas de cumpleaños. Los autitos, las bolitas, los dulces. Las comidas en la cama.

Es lo que Marta tiene, atrapar imposibles.

Ya se dibujarán todas las imágenes. Los cuadernos que ya no están. Los libros de inglés. Su colección de servilletas de los once. La bandeja de mimbre con canastos a ambos costados, escenario favorito de sus grandes batallas.

Ese pequeño muñeco envuelto en pañales, que al acunarlo abría y cerraba los ojos. Sobre sus párpados una diminuta línea se extendía delimitando las tupidas pestañas plásticas. Sus ojos celestes, siempre claros, siempre rubios, brillan sus promesas desde el Norte.

Recuerda sus urgencias por desmantelar el misterio de su andamiaje. Su porfía, contra retos y castigos. El elástico amarillo encaja perfecto entre sus dedos. Al tensarlo el mecanismo se activa. Al separar ambos brazos el elástico se corta. Fin del muñeco.

Es lo que Marta aprende. Día tras día respaldando la ira.

En aquellos paisajes animados, cuando los juguetes colapsan algo en ella se desordena. Los objetos se desplazan, flotan. Botones de camisa. Sonrisas. Ofrecimientos.

Tic-tac. Tic-tac. Una mujer, descorre y socava hurgando en el vacío de una casa que no ha podido completar.

Tic-tac. Tic-tac. Sigue con atención las manecillas del reloj.

Marta puede verla traspasando las débiles señales.

Son quiebres, cortes. Antiguos lugares de infancia donde nada tiene que ver con nada salvo en su pequeño mundo.

Su casa está vacía. Su cuerpo. Su noche.

No debiera ser importante, tampoco afectarle demasiado; aun así, un leve cosquilleo la perturba, como si una suerte de abandono infantil se apoderara de todos los rincones.

Su casa siempre ha estado vacía.

Es confortable. Tiene puertas y ventanas que se modifican a sus anchas. No tiene trabajo estable pero tiene un gato. No tiene padre pero sí una madre caída por la gracia del cielo y otras en las que apoyarse. Tiene una bicicleta y algunas ideas. Café a los veinte y su primer computador a los veintitrés. Tabaco, botellas de licor y copas, muchas de ellas aún con el licor de la noche anterior y la anterior a la anterior pasados los treinta.

Coincidimos en algunas cuentas impagas.

La mujer se detiene en ese punto.

Enciende otro cigarrillo y lo aspira lento, luego lo deja en el cenicero, ahora colillas y cenizas están por todas partes.

Sobrepasada por la incapacidad de descifrar las variables que se le escapan, Marta puede verse con el rostro pegado a la pantalla del computador, y reconocer el cuerpo mediatizado por la máquina.

Su rostro podría ser el de otra, en cualquier otro lugar, pero la mujer fuma casi todo el tiempo, por lo que tiene la certeza de que no es otro rostro, sino el suyo iluminado de vez en cuando por las brasas encendidas de un cigarrillo que aspira a través de un cuerpo que se malgasta irremediable.

A contraluz las partículas de polvo se confunden formando figuras hermosas. Moleculares estelas flotan entre tules y velos. El paladar quema. El humo avanza; expandido irrumpe, un calor seco inunda laringe, traquea, por el esófago avanza. Los alvéolos se agitan como peces, impregnados los pulmones vive el borde de la asfixia.

–Aspíralo, fúmatelo intensamente –dice. Así como destruyes muchas cosas, te equivocas y perjudicas, o te pones tan alegre, siente el calor seco que entra por tu boca y se desenvuelve a destajo. Has el recorrido completo –dice.

Un silbido en el pecho obliga al cuerpo que tose, Marta se tapa la boca con las manos.

Desde el cuerpo, siempre desde el cuerpo se habita el pequeño porcentaje. Afectados en las largas cadenas de ADN predispuestos genéticamente a metabolismos que colapsan. Piensa buscar el punto donde se perpetúan las diferencias, los desencajes y desajustes.

Marta aspira a que la misma fuerza con que se desvanece la historia le permita ir agudizando sus alertas, el punto donde la lengua se almacena y que el pensamiento digite sus enjambres.

Imagina circuitos invisibles combinados en un programa perfecto que va desalojando frases. Son espacios donde proliferan y se activan todo tipo de sujetos en crisis, pulverizados por el Apocalipsis.

Muy lejos de trastocar nuestra quietud, la de todos, una máquina incierta y peligrosa nos separa del mundo.

Una vez adentro, jamás abandonas el sistema.

Los fármacos de los cuarenta.

Cipramil, Tentavil, Ravotril. Las mentiras.

Sus rebeldías.

Más allá de las traviesas opciones, las pildoritas aparecen y se instalan destruyendo un colchón confortable.

Distímica y activada frente a esa pantalla, una mujer elabora una herencia de frases cuando no existe forma de retener sus fugas.

Su descalabro, dicen, se reduce a los inoficiosos excesos en el consumo de substancias, cuando cansado el cuerpo se abandona al deterioro y periférico merodea entre los diversos planos ¿Quién puede contra la punzante violencia de algunos episodios y la inutilidad en el derroche de toda esa energía?

El pensamiento atrapa de los otros atención. Aun cuando no tenga idea dónde se encuentra finalmente alojado el órgano aquel que tan bien dibujan los adolescentes al momento del romance, y mucho menos el temple de los que se dedican al oficio, tendrá al menos esa furia.

Decidida a negarlo todo, sus malas decisiones, su contacto con la violencia, Marta siente que hay una zona donde aquello transita con propiedad, pero no entiende, nunca entiende dónde se alojarían todas esas cifras que la sitúan a tan poca distancia de una conveniente ventaja.

Si tan sólo aprendiera a convivir con esa mente, si tan sólo aprendiera a disfrutarlo, el cigarrillo habría dejado de ser un problema. Entonces, piensa en la descomposición clásica del personaje a partir de su condición exacta, un escenario para la que escribe.

¿Cómo haría ella para mantener su cruenta vitalidad contra aquello que trastoca su quietud justificándolo todo en nombre de las palabras?

¿Desde qué lugar lo hace?

¿Desde dónde obtiene ella su repertorio de imágenes?

¿Cómo saberlo?

En cada construcción se concentran acertijos más profundos, son aromas arcaicos, capas y más capas de superposiciones que originan nuevos pliegues donde su mujer asciende y trepa.

Marta miente, lo hace todo el tiempo, buscando un inicio a modo de pretexto para saciarse, justificando su performática representación. 

Piensa entonces que todo ese tiempo su mujer habría estado allí detenida y mental frente a la pantalla del computador, en interface con un organismo ajeno y a la vez indispensable, buscando acoplarse con esos circuitos.

–Adormécete aquí solo un rato, –me dice. Hagamos la fusión de todas esas partes y que el cigarrillo deje de ser un problema.

Dadas las libertades del habla y su supuesta imaginación, el inacabado personaje confirma que la realidad se nos presenta como una carrera demente hacia lo imposible. Como si en los límites entre cordura y ficción existiese una insignificante línea, que al tensarse, pudiera cambiar violentamente el curso de las cosas. Trozos de cuerpos sin retorno en que ella irá buscando desesperadamente habilitar zonas donde el espacio le gana al tiempo y que las interfaces se acoplen en un estallido formidable.

Momentos en que se enfrenta al desorden de papeles cuando su cabeza casi estalla golpeándose la cara, hurgando sobre los pasajes oscuros de una historia que no se completará jamás. En la extensión de ese tejido, cuando el tiempo se acumula todo el cuerpo duele. Piensa entonces cómo no ha sido capaz de dejar el cigarrillo cuando el daño es evidente. Una misma idéntica historia se despliega como en un mapa, extendidos sus fragmentos, a distancias imposibles cuando enormes cantidades de otros transitan como en un diminuto enjambre.

Siempre habrá alguien intentando escribir desde una mínima coherencia. Quién no ha querido hacerlo, escribir la historia de su vida.

 

About Eugenia Prado Bassi:

Nace en 1962 en Santiago de Chile.

En 1987 se titula como diseñadora gráfica en la Pontificia Universidad Católica de Chile con la creación de La prisionera del bosque, cuento infantil ilustrado que incorpora a través de ilustraciones, pliegues y troqueles, nuevas formas de incentivar la lectura en los niños. Ese mismo año, publica su primer libro El cofre en Ediciones Caja Negra.

En 1996 publica su libro Cierta femenina oscuridad y en 1998 la novela Lóbulo, ambas en Editorial Cuarto Propio.

En 2000 reedita El cofre, Surada Gestión Editorial, incorporando el diseño y la gráfica en una re-escritura del texto original, evidenciando las posibilidades que se abren para los libros con la aparición de las nuevas tecnologías.

En 2004 obtiene Beca Fondart / Artes Integradas, con Hembros: Asedios a lo Post Humano, instalación escénica plástica que propone la lectura de una novela desde otros soportes, sacándola del formato convencional de libro, y que explora en la interacción de los oficios y las máquinas tecnológicas actuales. La novela instalación se estrenó en el Galpón Víctor Jara.

En 2005 obtiene Beca Fondart / Teatro, con Desórdenes Mentales. Estreno en Santiago.

En 2007 publica la novela Objetos del silencio, secretos de infancia, Editorial Cuarto Propio. La novela indaga en secretos sexuales de infancia, tema muy poco explorado, donde “sus personajes, víctimas y cómplices se instalan como resistencia contra el horror de volver a enmudecer”.

En 2011 publica una nueva versión de Objetos del silencio, secretos sexuales de infancia, en EMOOBY formato Kindle Edition para ebook. 

En 2011 publica Dices miedo, en Ceibo Ediciones. Una novela que a partir del collage y utilizando diversos formatos de escrituras: tipografías, imágenes visuales y fotográficas, reconstruye la experiencia del matrimonio en diálogo con una historia fragmentaria narrada en torno a un crimen pasional.

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